Bone Tomahawk: ni Tarantino se animó a tanto

bone

Es imposible no trazar paralelismos: el primer punto es bastante básico. Kurt Russell, uno de los actores con más protagonismo en Los 8 más odiados, la última película de Quentin Tarantino, también tiene un papel grande en Bone Tomahawk. Y está vestido de la misma manera: lleva gorro, botas, pantalones apretados, armas. Son dos personajes que viven en el mismo mundo, el mundo del western. Como no hay distancia temporal de salida entre las películas -las dos son del 2015- es difícil que no llame la atención.

Y empieza el juego de las diferencias: en Los 8 más odiados, Russell era un cazarecompensas. En Bone Tomahawk, un sheriff. En la película de Tarantino, hay nieve y montañas. En la de Craigh Zahler, sol ardiente y desierto. En las dos hay locura, violencia y muertes. Pero hay una que va un paso más allá.

Bone Tomahawk, película que se proyectó en el Bafici 2016, tiene lo que Tarantino, tan gigante como caprichoso, no pudo lograr. El western, ya lo enseñó Sergio Leone, se trata de ritmo. Y esta película lo tiene todo. No hay nada que sobre, no hay nada que falte.

La esencia es básica y simple, como lo pide el género: una introducción que plantea un panorama sin resolver, un secuestro como nudo y un intento de rescate como intento de resolución. Es todo tan básico que es bueno.

El sheriff Hunt (Russell) se siente responsable del secuestro de uno de sus colaboradores y la médica del pueblo. Entonces, emprende viaje. En su misión estarán Arthur (Patrick Wilson, el de Ángeles en América y Fargo 2), el marido de la doctora, Brooder (Matthew Fox, el famoso Jack de Lost), un solterón seducido por la aventura, y Chicory (Richard Jenkins), otro de los ayudantes del sheriff. El elenco es perfecto.

Los diálogos son filosos y las imágenes enamoran. Los colores resultan atrapantes, hipnotizan. El tono del relato es más bien ligero. Sobran las risas y los chistes. Hasta un punto. La película tiene un quiebre brutal cuando da a conocer quiénes son los secuestradores. Ahí, todo cambia para siempre. Todo se vuelve de una brutalidad y salvajismo difíciles de explicar. Por momentos, todo resulta hasta algo exagerado. Pero, por alguna razón, el efecto no es de risa ni comedia, sino de miedo. El relato pasa a ser un combo: western, a lo John Ford, y terror, a lo Wes Craven.

Sí, los secuestradores dan miedo. No parecen humanos, lucen capaces de cualquier cosa. Entonces, todo el esfuerzo de la misión parece una estupidez, porque estos villanos, si se los puede llamar así, son demasiado crudos. Hay un tono clásico que se mezcla con un toque bizarro o exagerado que funciona muy bien.

Ni Tarantino se animó a ir a tanto.




There are no comments

Add yours