Hitchcock/Truffaut: dibujen, maestros

1401×788-Truffaut.Hitchcock_Photo.by.Philippe.Halsman.Courtesyof.CohenMediaGroup.1

Hay personas inteligentes, lúcidas, talentosas, soberbias, apasionadas, extraordinarias, con un genio imposible de igualar. Están destinados a brillar, a hacer cosas diferentes, a diferenciarse del resto.

Y después está Alfred Hitchcock.

Hitchcock está por encima de todos los mortales. Hoy, casi nadie discute esa sentencia. Pero, en 1962, la historia era otra: en Estados Unidos, el director británico ya había hecho sus grandes obras, pero sólo era reconocido como el “maestro del suspense” en un tono más bien burlesco. Así lo sintió Francois Truffaut cuando llegó a Estados Unidos. Percibió que no había demasiado prestigio en el autor de VértigoPsicosis y otras grandes películas. ¿Cómo era posible? Sensible y justiciero, el director francés, que en ese momento era una joven promesa que había hecho tres joyas que representaban a la perfección a la nouvelle vague (Los 400 golpes, su film central, su corazón, Disparen sobre el pianista y Jules y Jim), decidió exponerlo.

Por unos meses, el objetivo de Truffaut fue Hitchcock. Primero, lo estudió. Saboreó toda su filmografía y la desglosó. Después, entró en confianza. Le envió algunas cartas, lo trató como se merecía, le hizo saber su admiración. Luego, lo entrevistó. No fue un mano a mano corto y sin interés: se trató de un intercambio de más de una semana, de cruces de opiniones y sentimientos, de mezclas de admiración, celos y sabiduría. Por último, lo desnudó en un libro que se convirtió en una biblia cinéfila, El cine según Hitchcock.

La historia de ese mítico libro se cuenta en Hitchcock/Truffaut, un documental de Kent Jones que se proyectó en el Bafici 2016.

La película tiene un extraordinario material de archivo. Se escuchan buena parte de las grabaciones de la entrevista, en la que Hitchcock se luce. Probablemente porque era más grande, más sabio y más lúcido, parece dominar en la charla a Truffaut. En algún momento, hasta le recrimina una secuencia de Los 400 golpes, en la que Antoine Doinel ve a su mamá con otro hombre, en plena infidelidad. “Ojalá no los hubieras hecho hablar”, le dice.

El foco está puesto adentro de la entrevista, pero alrededor de eso juegan otros elementos. Algunos directores (Martin Scorsese, Wes Anderson, David Fincher) se dedican a elogiar a Hitchcock y dar algunos detalles sobre lo especial que fue para el cine. Pero lo más lindo está en el ingenio del director para mezclar los diferentes relatos con las imágenes de las películas de Hitch. Cuando una voz experta habla en off y la imagen comprueba lo que dice, todo cierra.

Hitchcock era un Dios de los espacios. Entendía de una extraña manera cuáles eran las mejores formas de ubicar a los actores, los objetos, los paisajes. El que más elogia esa condición es, justamente, Wes Anderson, un obsesivo del cine-maqueta, pensado y estudiado como si fuera una cuestión matemática.

Fue un director extraordinario, ¿también hubiera sido un gran actor? Porque lo más divertido de Hitchcock está en su voz, su interpretación del discurso, su tono y su ritmo. Hace reír en casi todas las participaciones, sabe entretener. Y, lo más lindo de todo: no le importa nada de nada. ¿Los actores? Sólo son juguetes a disposición de él. Si no están de acuerdo con lo que él dice, no sirven.

Truffaut, con la esencia del crítico y periodista que fue en Cahiers Du Cinema, logra sacar lo mejor de su entrevistado. Porque conoce su obra y porque, entre las preguntas, hay un análisis honesto.

Aunque el relato, bien clásico y rígido, podría haberse ahorrado algunas fuentes que no aportan demasiado y deja con ganas de escuchar más sobre el encuentro de Hitch y Truffaut, tiene buen ritmo.

La película es imprescindible, un homenaje necesario. El relato termina emocionando: ahí están ellos, siempre admirados y míticos. Se sienten vivos, se sienten cerca. Se siente lo mucho que amaban al cine.




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