Bienvenidos a Delhi

DELHI

-Hola, Lucas, bienvenido a Delhi. Mi nombre es Anil.

-Muchas gracias. ¿Sos del hotel, no?

-Ah ¡sí! Ya te doy mi tarjeta. Un segundo…aquí está.

-Perfecto, gracias.

-Delhi es una locura. Este fin de semana viene Ravi Shankar y todos los hoteles están ocupados, desde los de cinco estrellas hasta los de una.

Él ya tiene su estrategia planeada. Primero, transmite tranquilidad. Muestra, además de la tarjeta, un cartel con el logo del hotel y mi nombre: “Mr. Bertellotti”. Da señales de seguridad y profesionalismo. Va a distraer, a hacer que todo está bien, a relajar. Pero Anil conoce su juego como nadie. Lo sabe todo en el arte del engaño.

 

Es como si estuvieran por llegar los Rolling Stones o los Beatles. Pero no. Ese día, como casi todos los días, no habrá más que turistas anónimos o empresarios que llegan para hacer algún negocio. La salida del aeropuesto de Delhi, la capital de India, es sólo el avance de lo que va a venir.

Como al aeropuerto sólo pueden entrar los que tienen pasajes para viajar, por una cuestión de seguridad que funciona en todo el país, una multitud se agolpa en la salida. Hay unas vallas que dan un poco de aire para los pasajeros que recién llegan, pero el paisaje resulta algo abrumador. Hay gente que lucha entre los fierros para cazar a algún turista desprevenido. Hay representantes de hoteles con carteles que llevan el nombre de sus huéspedes. Hay curiosos que no tienen nada mejor que hacer. Hay demasiada gente entre un calor que aprieta.

En esa multitud aparece Anil. Luce bueno, educado y maneja un correcto inglés. Usa bigote, pelo morocho con algunas canas. Debe tener unos 55 años. Vamos en un auto chico pero bien cuidado. Anil no maneja. De esa función se ocupa un conductor barbudo, con un turbante violeta, que tiene buen criterio al volante y parece preocupado por ayudar. Es el único que toca la bocina sólo un par de veces como forma de prevención. Mientras avanzamos por una autopista repleta de autos, señala algunas cosas que podrían llegar a ser interesantes para alguien que recién llega a la ciudad. “¡Subte!”, y apunta con el dedo. “Policía”, sin tanto entusiasmo. “Comida”, con los ojos bien abiertos.

Cada tanto, quedamos frenados totalmente entre el tráfico. “¡Ey! ¡Acá hay turistas!”, parece decir nuestro auto. Cada vez que paramos, aparece algún tipo de vendedor ambulante. Aviones de juguete de plástico. Mapamundis. Frutas, papas fritas, paneer paratha, una especie de pan indio.

Delhi no da descanso. En cada semáforo hay algún chico que estampa la cara contra las ventanas de atrás del auto. Y no se rinden nunca. Hacen gestos para que le den plata. Es una situación rara: Anil y el conductor hacen como si no existieran, los ignoran.

¿Le doy plata? ¿Bajo la ventanilla y le ofrezco una barrita de cereal? ¿No hago nada?

Anil no abandona su juego. El viaje es un sermón de consejos. Una especie de guía para sobrevivir en Delhi. Casi todo resulta bastante obvio: no entregar el pasaporte a nadie, comer bananas, no dar la mano, evitar ceder la cámara. Hasta me invita a comer a la casa de su familia.

Cada tanto, habla en indio por celular. Anil empieza a tejer su red.

Después de unos 30 minutos, el hombre del turbante, el conductor, estaciona. No sabe muy bien a dónde parar. “Hotel Javi”, le dice Anil y señala hacia adelante. Entonces, arranca el auto unos metros más y se mete en un estacionamiento de lo que parece ser un hotel, sobre una avenida de mucho tránsito.

-Este no es el hotel, Anil.

-No, pero en el otro no hay más lugar. Lucas, no hay más lugar. Estas habitaciones son mejores.

Desde el auto, Anil preparó todo. En el hotel (¿hotel?), ya esperan dos hombres, listos para bajar las valijas del baúl.

Pero no me bajo del auto.

-Anil, ¿por qué no me dijiste antes que no íbamos a ir a nuestro hotel?

-¡Te lo dije, Lucas! ¡Te dije que todos los hoteles estaban llenos!

Anil, el actor, demuestra impotencia. Refunfuña, hace que se siente mal por mi falta de confianza, se muestra de malhumor por una situación que él mismo orquestó.

Del auto no se baja nadie.

-Vamos a la policía, Anil. Si no me llevás a esta dirección (mientras le muestro el papel impreso del hotel), vamos a la policía…

-¿Quieres llamar a la policía? Bueno…

Agarra su celular, marca algunos números y hace que pretende comunicarse con alguien. Después de algunos segundos, se da por vencido.

Los dos tipos que salieron de la supuesta recepción del hotel todavía están parados en la parte de atrás del auto, listos para bajar las valijas. El conductor barbudo, también, pero luce algo más nervioso. Cada tanto le habla a Anil y mira hacia adentro del auto. Y Anil no se cansa. Entra al hotel, habla con todos, ingresa al auto, quiere hacer todo para que esa sea la parada final.

Desde adentro del auto, cierro las dos puertas de atrás. Y demando: “¡Arriba los dos!”. El conductor del turbante no duda. Corre hacia su asiento y cierra la puerta. Anil, de malhumor, se acerca lentamente.

“Lucas, el otro hotel no te va a gustar”. Es la única vez en la que no va a mentir.

El viaje se vuelve tenso. Es obvio: Anil no es un tipo de confianza. Agarro la hoja del hotel, miro el pequeño mapa, destacado sobre un recuadro arriba a la derecha, y hago como que sé que ahora vamos al lugar correcto. Pero, en realidad, no hay mucho para hacer: podrían llevarme a la policía, a otro hotel desconocido, a sus casas. A cualquier lado.

Hasta que, unos 15 minutos después, empiezo a reconocer algunos lugares que figuran en el mapita: un hospital y una escuela. Sí, llegamos. Otra vez, una avenida ruidosa y con mucho tráfico. Las bocinas no paran nunca, como si no quedara más que eso. Circular por la calle y hacer ruido como forma de vida.

Al fin, el cartel del hotel: FFOUR. Un camino ruinoso, repleto de piedras, me hace dudar. Bajo las valijas porque estoy seguro que si voy a registrar el lugar con mis cosas adentro del auto, van a desaparecer. La primera imagen es la del ascensor. Una faja amarilla de clausura. La planta baja es sólo una masa de cemento. Un gris que lo dice todo: el hotel no es un hotel, sino una obra en construcción.

“¡Te dije Lucas que te iban a gustar más las habitaciones del otro lugar!”.

Hace demasiado calor. Mi camisa está empapada, mi espalda no para de transpirar, mi cabeza late un poco más de la cuenta.

-¡Esto no es un hotel, Anil, esto es una obra en construcción! ¿Dónde está el lobby?

-En el tercer piso.

Segundo piso.

Nada.

Tercer piso.

Una mesa de madera recubierta con mimbre. Un joven sentado que no parece tener idea lo que está haciendo ahí. Dos tipos tirados sobre unos sillones que miran la tele ahora se paran. Justo atrás de la mesa de la recepción, una cocina. Se ven algunas ollas sucias. Hay un hombre que termina de colar arroz.

-¿Esto es un hotel, Anil? ¡No hay ni una computadora! ¿Dónde vas a hacer el check in?

-En el cuarto piso, Lucas. Ahí está mi habitación con una computadora.

-No, Anil, me voy.

Escapo. Anil me persigue. Salgo a la calle y recuerdo que, unos metros hacia atrás, había algunos hoteles que lucían más o menos decentes. El hombre del turbante está apoyado sobre el auto. Me mira con vergüenza.

En la calle, justo sobre el cordón, hay unos 20 conductores de rick shaws que no tienen nada mejor que hacer que apreciar el espectáculo, mi espectáculo: un hombre en camisa, jean y zapatos carga con valijas mientras lo persigue un indio, supuesto manager de un hotel que no existe.

Camino unos 50 metros. Entro a otro hotel. El joven que está en la recepción me ve y le pide algo a una empleada del lugar. A los segundos, llega con un vaso de agua. Debía tener la cara desencajada.

-¿Ustedes conocen a Anil, el del hotel de al lado?

-No, no lo conocemos.

-Bueno, me estafó.

Queda una habitación libre. La paso a ver. Una cama grande, un televisor, el baño decente. El piso algo sucio, pero nada grave.

Mientras termino de pagar en la recepción, llega Anil.

-Lucas, te conseguí una habitación en otro hotel. No vas a tener que pagar, no te preocupes.

-No, Anil, no confío en vos.

Anil se acerca al encargado del hotel en el que estoy por instalarme. Intercambian algunas palabras en indio. Los dos parecen enojados. En algún momento, se escucha la palabra “police” en el medio de la discusión. Anil huye.

Me acuesto en la cama de la habitación. ¿Habrá cámaras ocultas? ¿Querrán espiar dónde llevo la plata? ¿Habrá un agujero en alguna pared? El ataque de paranoia me dura un par de minutos.

A la calle, nomás.

No, no tomes el subte porque está lleno de pick pockets y es peligroso, me advierten desde el hotel antes de salir hacia la ciudad. ¿Tiene sentido hacerles caso? No. Ya nada puede salir peor que el viaje con Anil.

Bienvenidos a Delhi.




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  1. Fer Massa

    Gran crónica. Me hiciste reír de tu desgracia. A todo esto, ¿como habían contratado el hotel de Anil? ¿Ya habían pagado algo desde acá? Lo que me quedé pensando es que Anil se debe haber comido una puteada del hombre del turbante.

    • Lucas Bertellotti

      ¡Gracias, Massa! El hotel lo sacamos desde Buenos Aires, ¡por Despegar! En realidad, Booking nos derivó a Despegar (tanto en Booking como en Trip Advisor, el hotel tenía buenas fotos y comentarios aceptables. Todo trucho, por supuesto). Pagamos todo desde acá. Despegar nos devolvió la mitad de la plata cuando volvimos (no fue toda porque no les pude mostrar fotos del hotel, entre otras cosas que pedían).
      Lo del señor de turbante…muy difícil de entender, Massa. Como la mayoría de las cosas de este viaje.
      ¡Abrazo!


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