La larga noche de Francisco Sanctis: un tipo común en Dictadura

DSF130416LARGANOCHEGRANCISCO3

Francisco no está seguro si puede ser algo malo. No sabe de qué se trata. No entiende del todo qué es lo que está pasando.

Pero percibe.

No deben ser más de las 8 de la mañana. Hace frío. Camino a la escuela y el trabajo, está subido al colectivo junto a su hijo de unos diez años y su hija, de ocho o algo menos. Y, cuando mira por la ventana, llega a reconocer que en la vereda hay algo raro: a un hombre de unos 40 años se le acercan dos ¿policías de civil?: parecen pedirle documentos, le cierran el paso. Francisco aprecia la secuencia un par de segundos, advierte la situación. Y se preocupa. No por el tipo que está ahí afuera que podría llegar a vivir una situación complicada, sino por su hija. Él no quiere que su hija mire por la ventana. La quiere aislar de ese momento, enfrascar: pretende que ni siquiera sospeche que en el mundo -su mundo- puede haber algo de maldad, un toque de inseguridad, una sensación de miedo.

Francisco Sanctis es un tipo común. Clase media, oficinista, perseguidor del ascenso que nunca llega. Está casado, tiene dos hijos, desayuna café a las apuradas mientras prepara algunas tostadas con manteca y dulce de leche. Es un hombre gris al que no le desagradaría vivir enfrascado, como lo que pretende de su hija.

Pero todo cambia cuando llega un personaje de su pasado. Se le mueve todo a Francisco. Aparecen la poesía, la escritura, los años de militancia, los de dejarse llevar, los de soñar, los de enamorarse todos los días. Un dato de una ex novia le destruye la tranquilidad: una pareja va a ser secuestrada esa noche. Ella necesita que él les avise, que él haga algo.

El dilema moral no dura demasiado en La larga noche de Francisco Sanctis, una película argentina dirigida por Francisco Márquez y Andrea Testa que ganó el Bafici 2016 y tendrá un lugar en la edición de este año de Cannes. Sí, al principio duda. Está convencido que no vale arriesgar, seguro que lo mejor que puede hacer es mirar hacia otro lado, como hizo en el colectivo esa mañana.

Pero Francisco percibe.

Sabe que necesita hacer algo, que no se lo puede guardar, que tiene que aparecer. En ese momento comienza una película con una potencia arrolladora. Francisco se mueve por la calle, habla a través de teléfonos públicos, recorre calles desiertas, escucha cómo los zapatos retumban contra el empedrado. Tiene miedo. No está seguro qué hacer, cómo reaccionar.

El tono es perfecto, el ritmo acompaña. La larga noche de Francisco Sanctis, basada en la novela de Humberto Constantini (¿no valdrá la pena una reedición de este libro?) analiza las reacciones de un tipo común en plena Dictadura argentina. La película es sutil. No recurre a lo violento ni a lo explícito. No está Galtieri, la Guerra de Malvinas ni el Mundial 78, pero da señales que funcionan mejor que cualquier otro recurso.

La película transmite terror, sensación de desprotección, abandono. Francisco recorre una ciudad imposible de reconocer. Aunque la forma en la que está recreada la época es una virtud, lo verdaderamente fuerte está puesto en el punto de vista del personaje.

La historia oficial generaba ruido del bueno, pero no demasiada empatía. En La noche de los lápices todo era muy explícito.

Pero con Francisco es distinto. Él es el oficinista gris, pero también el taxista, el diarero, el periodista, el médico. Es todos. Y ahí está la fuerza del film: en silencio, con tacto, “todos” es una figura que no existe. En la larga noche de Francisco sólo va a haber lugar para “nadie” y “solo”. Suena la música de Roberto Carlos, el tema “Yo quiero tener un millón de amigos“. Y todo queda claro: en esos tiempos, no parecía haber lugar para otra cosa.




There are no comments

Add yours