Amor clasificado en el diario

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“Familia de Delhi busca hombre de clase alta, bien asentado para mujer hermosa, nacida en 1989. Mandar perfil con foto a shatanusharman@gmail.com”

No termina de quedar claro si en realidad se quiere hacer el vivo o simplemente no se da cuenta. Pero el hombre, de unos 50 años, barba desprolija y con una bolsa blanca sobre los hombros, se sube al primer vagón del subte de Delhi. El vagón de las mujeres. Y una señora hindú, vestida con un elegante sari violeta, lo advierte. Entonces, no duda en enfrentarlo. Levanta la cabeza, pega un par de gritos y agita la mano derecha en su dirección, como si quisiera sacarse de encima a una mosca que da vueltas a su alrededor. El señor obedece. Camina hacia el segundo vagón desde adentro de la formación.

“Se busca una joven, flaca y educada chica de una familia adinerada y educada de Gurgeon. Padre trabaja como director de compañía. punasharma024@gmail”. 

India parece una sociedad que se divide. Hindúes y musulmanes. Ricos y pobres. Educados y analfabetos. Castas altas y bajas. Pero no hay ninguna separación más grande que los hombres y las mujeres. Parecen ver la vida con otros ojos. El primer vagón del subte reservado para las mujeres es una señal de la derrota de ellas, que necesitan la posibilidad de resguardarse, de escapar a las miradas, los toqueteos o abusos (según la Agencia Nacional de Registro de Crímenes, en el 2015 hubo 36.735 casos de violación. Las cifras van en aumento y se supone que no representan la realidad: la gran mayoría ni siquiera se anima a hacer las denuncias por la agresión). Ese subte es otra foto perfecta: en el primer vagón, hay espacio y comodidad, aire para respirar y facilidad para bajar y subir. En todos los vagones de atrás, asedio. Quizás por eso el señor, con cara de buen tipo, pretendió pasar desapercibido entre ellas. Pero no.

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“Se busca profesional para inteligente hombre ingeniero, trabaja en Intel, en Estados Unidos. Padre, hombre de negocios educado en Rajasthán. El chico visitará India en marzo del 2016”.

Las miradas a las mujeres, especialmente a las occidentales, son una costumbre a la que resulta complicado acostumbrarse. Para los hombres indios, una mujer con los brazos descubiertos ya es llamativo. Con un pantalón más o menos apretado, mucho más. La lista de elementos que levantan la atención podría ser infinita: color de piel, formas del pelo, maneras de caminar, estilos de hablar. Entonces, ellos miran como si fuera el último día, como si fuera la primera vez.

“Padres de la casta Brahmin esperan una propuesta para su hija de 31 años. Padre retirado, buena presencia, madre ama de casa y trabajadora social. Se busca de familia igualmente respetada un hombre de Mumbai, de entre 32 y 36 años, preferentemente de Benghali. Responder a chakb2012@gmail.com”

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A Catalina nunca le hablan, la ignoran. Cuando ella se levanta para ir al baño de un restaurante o en un tren, los que estaban alrededor aprovechan para hablarme, como si en presencia de ella no fuera posible. Cuando les comento que ella es médica, simplemente no reaccionan. ¿Una mujer médica? No hay forma (según un estudio de la ONU, las mujeres perciben un 78% menos de salario que los hombres para los mismos puestos). En los lugares de servicio, salvo para los que tienen mucho roce con turistas, casi siempre es marginada. “Good morning, sir”. “What can I get you, sir”.

“SE BUSCA. Mujer bella, de buena presencia y educada para un hombre Brahmin, de 28 años, piloto en una aerolínea de India. Padre es director de una empresa. Madre, profesora de una escuela gubernamental”

En las calles de las grandes ciudades (Mumbai, Delhi), los hombres van de la mano, se abrazan, se tocan. Un símbolo de su amistad y respeto. El contacto físico con las mujeres, en cambio, casi no se ve. Ellas atraviesan los lugares como fantasmas que no quieren ser vistos ni llamar la atención. En grupo, siempre en grupo.

“Inteligente y bello hombre trabajando en Estados Unidos. Forma parte de una familia moderada, padre trabaja para el Estado. Se aceptan todas las castas superiores”.

El paisaje del campo se vuelve monótono. Grandes terrenos secos y vacas a las que se les nota las costillas. En algún lugar de esos gigantes espacios, mujeres que trabajan la tierra con sus manos. Ni una herramienta, ni una facilidad. Se agachan, como si su espalda fuera de plástico, como si sus rodillas fueran de goma, y empiezan a hacer agujeros, pilas, surcos. No se ven hombres que ayuden. Los trabajos de fuerza son para ellas. Los de la casa, también.

“Ingeniero que se va a Estados Unidos con visa H1B en 15 días. Familia busca emparejamiento, boda temprana”.

La sección clasificados de The Times of India no tiene lugar para autos, departamentos ni puestos de trabajo. En una de las últimas páginas de la edición, se ofrecen novios y novias. Se podría escribir un libro de mil páginas con los requisitos que imponen las familias, se podría imaginar mil años sobre cómo serán esas personas que están a punto de ser casadas por sus padres. Soñar con enamorarse está prohibido, pero no es mucho más que un detalle. Al fin y al cabo, el amor clasificado en el diario podría ser el menor de los problemas, sólo una sección de las menos leídas del diario.




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