Las tradiciones se manchan (parte I)

india

-1500 rupias.

-No, esto vale 2500. Me tomó mucho tiempo, es un trabajo sacrificado…

-Bueno, 2000.

-No, lo lamento. No lo puedo vender por eso. Lo lamento.

-Bueno, gracias igual…

Orgulloso y cerrado, Amil no cede. Como si no tuviera ninguna necesidad, como si la plata fuera lo de menos. Como si no hubiera nada más importante que defender lo suyo. Como si en el mundo no existiera nada más trascendente que su pintura, un retrato colorido, sútil y con un toque nostálgico de los gaths de Varanasi, una de las ciudades más poderosas de India.

La ciudad le da la espalda al río Ganges. Los edificios que lo bordean son altos y con terrazas. Desde lo alto de las construcciones -la mayoría hoteles o templos- se puede ver hacia la otra orilla, del otro lado, donde no hay más que arena. Cada una de las construcciones tienen desembocaduras en los gaths: escaleras que derivan en alguna zona del río, el más sagrado del mundo, donde los hindúes precisan ir por lo menos una vez en la vida. El agua -espesa, casi sólida, de un color demasiado oscuro- donde los muertos flotan con la garantía que se terminó la reencarnación, que es la hora del paraíso, que es momento del logro más grande. En las escaleras, gente que va y viene. Comerciantes, pescadores, curas, religiosos. Cuerpos que se descomponen sobre el fuego de las maderas, justo a las orillas del río.

Con los bolsillos vacíos pero con una parte del empedrado tapado por sus obras, Amil, de unos 20 años, vestido con una bermuda de jean, una remera negra y unas sandalias, vuelve a su posición. La cola en el piso con las rodillas flexionadas. Abajo de un techito de plástico sobre un par de maderas, bajo la sombra. Casi nadie mira sus pinturas.

Es como si las paredes de Varanasi fueran capaces de acercarse cada vez más entre sí y hacer más chica la calle, finita, repleta de pasadizos y caminos curvos. Laberintos sin fin. Como si el aire pudiera agotarse. Asfixia. El viento no existe y el oxígeno parece que no alcanza. El cielo nunca se ve claro. Hay una bruma que da vueltas, que sale del río y se esparce por el resto de la ciudad.

Una cola que no termina. Gente amontonada que carga con flores, velas y todo tipo de ofrendas. Cantos que acompañan la espera. Para llegar al templo Kashi Vishwanath hay que meterse entre las callecitas, zigzaguear Varanasi. La entrada principal está custodiada por un duro control policial. Tres o cuatro efectivos con armas largas colgadas. Un cacheo demasiado intenso. Caras serias y nada de inglés: transmiten tensión. A esa zona no se puede llegar con cámaras de fotos ni celulares. Una vez que se atraviesa el detector de metales, queda un pasillo de unos 50 metros donde el tránsito se hace algo más lento. Alrededor, tiendas que venden ofrendas.

En la puerta del templo, un cartel que dice en inglés: “Prohibida la entrada a personas que no practiquen la religión hindú”. No es un lugar más. Se supone que ahí Shiva apareció como una ardiente columna de luz. Así, el santuario se convirtió en jyotirlinga, la suprema realidad sin partes de la cual Shiva -uno de los dioses más poderosos, que guía a las personas en los tiempos de cambio- aparece parcialmente.

Cada hindú tiene su dios favorito. Shiva es el más nombrado. Sólo Ganesha (uno de los hijos de Shiva, de cuerpo humano y cabeza de elefante) parece tener más seguidores.

“No tourist, no tourist”, dice un hombre que parece encargado de la seguridad. Es lógico: un turista no puede entrar a uno de los lugares más sagrados del mundo hindú. ¿O sí?

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“Por 500 rupias puedes ingresar”.

No se dice en voz baja, como si fuera algo ilegal. Se ventila como una cosa de todos los días. 500 rupias (unos 8 dólares, lo que valdría una cena para cuatro personas en un restaurante medio) para eludir las barreras. Lo ofrece un guía que merodea las zonas de los hoteles del centro antiguo de Varanasi, donde se supone que los musulmanes no son bienvenidos, las vacas revuelven la basura sin ningún apuro y los vagabundos se instalan para siempre sobre las puertas de los templos.

Con el guía, las trabas para acceder ya no existen. Los policías ahora son amables, casi ni registran. El guía, claro, tiene su contacto: un “Holy priest”, un cura sagrado. Se acerca con una sonrisa. Está vestido con una túnica naranja envuelta alrededor del cuerpo. Tendrá 50 años. Pelado, con la cara arrugada. De ahí, a un local de ofrendas, donde habrá que comprar una canastita por 200 rupias. Ellos guardan la mochila en un locker, todo extrañamente ordenado. Luego, sí, a la puerta.  Otra vez, el cartel: “Prohibida la entrada a personas que no practiquen la religión hindú”. Pero el cura sagrado maneja todo: “Anda ahí enfrente y anotate en el libro de visitas”.

Es como una casa abierta, sin puerta ni paredes frontales. Hay que subir un par de escalones para encontrarse con una mesa gigante de madera. Ahí, otro cura se hace cargo de un libro de visitas gigante, con tapa dura roja y renglones en cada una de las hojas. Nombre, país, hotel, hacia dónde se dirige. La religión no se pregunta: los que llegan a esa etapa se dan por hindúes.

El cura de la túnica naranja ignora a las cientos de personas que hacen la cola. Antes de entrar al templo, pronuncia algunas palabras y me pinta la frente de blanco. No pide permiso, no mira si hay alguien al lado a punto de entrar, no repara en el otro. Luego, se queda con mis zapatos. Ingreso descalzo. Cruzo la primera puerta: un piso en el que corre agua de un lado a otro, como para limpiarse. En el templo no se entiende demasiado. Gente concentrada, demasiado compenetrada, que canta, reza, llora, se queda en silencio. Sobre una especie de roca en la que se supone que está Shiva dejo un ramo de flores, algunas velas y algo de arroz. Doy una vuelta de derecha a izquierda. El cura me saca del lugar con velocidad, como si adentro de ese lugar hubiera perdido el poder y la seguridad que mostraba afuera: “Come on, come on”.

-¿Te gustó?

-¿Ya está?

-Sí, ya está…acabas de recibir a Shiva en el corazón.

Siempre sonriente, el cura deja de guiarme, se adelanta unos pasos y sigo por mi cuenta al local de las ofrendas. Un rato después, el holy priest aparece y se acerca al guía que me llevó hasta ese lugar. Se dicen algunas palabras en indio y él se despide. La pesca de turistas recién acaba de empezar. El templo de Shiva, en realidad, no le niega el paso a nadie.




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