The Get Down: ¡empalagoso!

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Hay algunos cajones tirados en el piso. El cemento, sucio, deja relucir el desgaste, la falta de mantenimiento. Las tiendas, cubiertas por pinturas de diferentes colores. Verde, rojo, azul. En la vereda, las chicas negras juegan a la soga. Los chicos destapan las bocas de incendio, inundan la calle para combatir el calor. La música que sale de los autos hace vibrar los vidrios de los negocios.

Mylene Cruz, Regina y Yolanda caminan como si alguien las estuviera filmando, como si no fueran parte de ese lugar, sólo invitadas momentáneas. Bailan y cantan vestidas con ropa variada, llamativa y no demasiada barata mientras el barrio las contempla.

En The Get Down, la serie más cara en la historia de Netflix que tiene asegurada una segunda temporada en el 2017, todo luce prolijamente desordenado. Las imágenes que regala la serie sobre el Bronx en la década del 70 parecen fotos pensadas por alguna revista de moda. “Las nenitas con los rulos que vayan por allá”. “El señor de la musculosa que aparezca fumando un habano”. “Hagan un rayón en ese auto, que luce muy nuevo”.

El cine de Baz Luhrmann, el creador de la serie, es así. Moulin Rouge, El gran Gatsby. Más allá de los gustos, todo tiene un poco más de sentido cuando el mundo que se describe tiene que ver con el estilo en el que se cuenta el relato. Sí, el Moulin Rouge de París tiene su glamour, su encanto, su magia. Sí, El gran Gatsby es un mundo de ricos de fiesta. Pero el Bronx no. El Bronx es otra cosa.

El Bronx es la calle, la picardía, la pobreza, la marginalidad. Y nada de eso se percibe en The Get Down (la sentencia tiene algo de lógica: Baz Luhrmann es un australiano blanco que del Bronx sólo puede meterse a través de libros, videos o lo que otros le cuentan. Cuando David Simon creó The Wire tenía más de diez años encima como periodista del diario local de Baltimore, donde transcurre la serie).

Ezekiel tiene talento. En la escuela, donde el grupo de chicos sólo parece destinado a morir en ese mismo lugar, se destaca. Su maestra se da cuenta de su capacidad. Escribe bien, leyó un montón, tiene cabeza. Y le plantean salir. Ir a una universidad, ampliar su panorama. Pero él no puede despegarse de su barrio. Él tiene a la calle impregnada. Sueña más con enloquecer a la gente con sus rimas de hip-hop que con estudiar una carrera.

The Get Down, de seis capítulos de una hora, va a amagarse por la doble vida de Ezekiel (el joven talentoso con futuro de empresario contra el creativo callejero), aunque el foco no termina de ser ese. Por ahí figuran también los sueños de Mylene, una joven que se ilusiona con ser cantante. Alrededor de esos dos grandes personajes (una especie de nueva versión de Romeo y Julieta) figuran sus amigos, su familia, su entorno. En el medio, las señales de una vida en el Bronx. La delincuencia, la violencia, la corrupción, los estereotipos.

Las imágenes grandilocuentes se mezclan con secuencias del Bronx de los 70. Las distancias entre la ficción y lo real no hacen más que evidenciar las distancias. Salvo secuencias aisladas (sobre el final de la serie, hay unos minutos fantásticos en los que uno de los amigos de Ezekiel va a una fiesta en la que vale todo) algunos momentos en los que se genera verdadera empatía con la música (en la que aparecen míticos DJ’s que cambiaron un poco las reglas), la serie es una foto poco convicente. Todo luce muy artificial. Simplemente demasiado empalagoso.




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