Fidel no es como tú y yo

santaclara

Ay, qué difícil bienvenida.

Me espera en la puerta de su casa, marca su juego y deja establecida la relación. Brazos adelante del cuerpo, rígida, seriedad plena.

En Cuba suelen faltar muchas cosas, pero casi nunca una cálida sonrisa y ganas de hablar.

Pero Mirta es diferente.

Llego a su casa en uno de esos típicos taxis, autos viejos -gigantes- que quedaron de los 30 o 40 (¿Cadillac? ¿Chevrolet? ¿Pontiac?) de Estados Unidos. El ruido del motor se anuncia una cuadra antes.

El saludo es frío y no deja lugar a dudas: hasta ese momento, para ella no soy más que un cliente extranjero que pretende alquilarle un cuarto de su casa de Santa Clara, la ciudad del mausoleo del Che Guevara. El lugar está ordenado y limpio. En el living hay portaretratos con diferentes fotos de lo que parece ser su familia, también un televisor chico y viejo sobre una de las esquinas, enfrente del sillón.

-¿Va a comer aquí a la noche?

-Eh…sí. Sí, como acá, duermo un rato y me voy a la estación. A la noche parto a Santiago de Cuba.

-¿Le pido un taxi para ir? Una compañera puede llevarte…

-Eh, sí…gracias.

¿Por qué no sonríe? ¿Por qué tan seria? ¿Qué le pasa a esta señora?

Santa Clara es tan gris como Mirta. Calurosa, sin el carisma de otras ciudades cubanas (la mística de La Habana, el toque caribeño de Santiago, lo pintoresco de Trinidad, lo tranquilo de Cienfuegos), carente de cualquier tipo de comodidad. No hay restaurantes para un mojito ni paladares para unos buenos frijoles.

La gente se reúne en la plaza central y ahí pasa su vida. Hay una exposición de algún colegio primario. Los alumnos hacen un acto de baile. Las chicas tiran unos pasos de salsa, los nenes las rodean. Los padres, orgullosos. Parecen felices. Alrededor, en el mismo espacio, otras nenas saltan la soga y miran el acto de reojo, el resto de los chicos corren para un lado y otro, los mayores juegan al dominó, los viejos hablan sobre el tiempo. El día a día es así.

El mausoleo del Che Guevara, en las afueras, debe ser uno de los edificios más modernos de Cuba. Imponente, detallista, con luces de alta tecnología que cambian las formas de percibir los diferentes ambientes y un aire acondicionado que congela a cualquiera. El lugar podría ser parte de la contradicción cubana: adentro, un espacio gratuito, avanzado y que no desentonaría en ningún país del primer mundo. Afuera, una ciudad atrasada, estancada en el pasado que no tiene forma de avanzar sin el empujón del Estado. Pero el Estado hace bastante que no parece tener fuerza.

A la noche, Mirta -unos 65 años, pelo negro, usa anteojos, un pantalón de vestir  y una camisa manga corta blanca- me da las mismas señales de frialdad. No pretende transmitirme nada bueno. Cuando me siento en la mesa, deja una porción de cerdo con arroz y se retira a la cocina.

-¿Pero no se quiere sentar conmigo, Mirta?

-Ah, no. Tengo cosas que hacer.

Cuando termino la comida y retira los platos, me ofrece el postre. Una banana. La acepto. Ella vuelve a la mesa, ahora sí se sienta. Y empieza a hablar sin que le haga ni una pregunta:

-El problema es que ya no crecimos, que nos quedamos, que no somos más parte. Yo no quería ser Las Vegas. Yo fui parte de los compañeros, me alisté a la Revolución, trabajé para mejorarla, fui maestra de un colegio secundario, tuve mucha ilusión…pero ya no, ya no.

-¿Por qué ya no?

-Porque ya no somos nada, no valemos nada. Nos quedamos recibiendo órdenes de este señor. Este señor que enamoró a todos con sus palabras, con sus ideales…este señor que no hizo nada por mí ni por mi familia.

-¿Fidel?

No contesta.

-Mi hijo, Miguel, vive en Miami hace 12 años. ¡12 años! Y, sí. Tuvo que irse de aquí. Tú no sabes lo que fue el Período. Yo tenía que guardar la comida que nos daban y distribuirla muy de a poco para no quedarnos sin nada. ¡Como si estuviéramos en guerra! Aquí no hay oportunidades, no hay manera de crecer. Hace más de dos meses que no puedo hablar con él, que no sé cómo está. Él formó a su familia allí, tiene dos hijas. Ni sé si estará bien…

-¿Quiere que intente comunicarme con él?

-¿Puedes?…

Es la primera vez que me mira con algo de interés. Con los ojos bien abiertos y la cara levantada. Como alguien más o menos importante para ella.

Volví al cuarto a agarrar mi celular. Cuando regresé al living, Mirta anotaba algunas cosas sobre un papel.

-Aquí, aquí su número de Miami.

Pero era imposible. La llamada no se comunicaba, aún desde mi celular con un número extranjero.

-Y no…

Volví a mi cuarto resignado. Hasta ese momento, los cubanos eran los que me regalaban su toque de distinción. Porque son cálidos por esencia, buenos por naturaleza. Pero a Mirta no le interesaba transmitir nada de eso. No lo tenía adentro. Yo quería conquistar a Mirta, pero era imposible.

Un último intento. Le mandé un mensaje de texto a mi papá, que estaba en Buenos Aires:

“Viejo, la señora de Santa Clara no habla con su hijo hace dos meses. Se llama Miguel, vive en Miami. ¿Podés probar de llamarlo”.

Unos diez minutos después, me respondió:

“Hablé con Miguel. Decile que está todo bien, que le manda un beso y se va a comunicar con ella en los próximos días”.

Mirta miraba la televisión en el living. Un noticiero cubano. Me miró de reojo, pero su atención no se iba de la TV. Le leí el mensaje textual. Se puso a llorar. Eran lágrimas silenciosas. Se secaba con un pañuelo que sacó del bolsillo del pantalón. Me repitió tres veces lo mismo: “¿Y dijo que me va a llamar?”.

-Sí, Mirta, dijo que la va a llamar.

-Muchas gracias…muchas gracias.

Me dio la espalda y caminó hasta el teléfono de su casa.

-Gladys…mira…hemos podido comunicarnos con Miguel. Dijo que está todo bien…que va a llamarme en los próximos días…sí, el muchacho argentino que está en casa…gracias a Dios…luego hablamos, Gladys.

El relato oficial del país se explica para los cubanos entre malos y buenos, como si se tratara de una película para chicos en la que rápidamente debe distinguirse entre héroes y villanos. El capitalismo es malo, el comunismo es bueno. Cuba es buena, Estados Unidos es malo. Fidel Castro es bueno, Fulgencio Batista no. Y así, las dicotomías se plantean en cada esquina, en cada pared pintada con propaganda, en los colegios, en cada persona con la que se habla.

Cada cubano tiene una versión diferente de Fidel Castro.

“Vive en una casa humilde, en Santiago de Cuba”. “Tiene una mansión de cuatro pisos llena de lujos y riquezas”. “Por seguridad, no tiene vecinos y toda la manzana de su casa le pertenece”. “Nadie sabe dónde vive”. “Se cambia todo el tiempo de casa por cuestiones de seguridad”.

Hay una atracción hacia él difícil de explicar. El librero del local de la estación de trenes de La Habana jura que ya no quedan más. Su último libro, “Fidel Castro Ruiz, guerrillero del tiempo (Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana)”, está agotado y sólo resta esperar unos diez días para volver a conseguirlo. Está mintiendo: abajo de su escritorio, en un par de cajas, guarda un par de ejemplares, pero sólo son para sus amigos, los clientes regulares que en su biblioteca no falta ningún libro de Fidel.

“Por lo menos somos cultos. Hasta las prostitutas son cultas”, dice Alberto mientras ríe y mira al piso, como si aceptara que su sentencia es una exageración. Es un librero de unos 60 años de Santiago de Cuba, la segunda ciudad más importante del país. En voz baja y mirando hacia afuera del local, comenta, divertido y con tono irónico: “Yo aquí tengo un pichoncito de capitalismo. Este es mi negocio. Compro y vendo libros. Lo que gano me lo quedo todo yo. Al Estado sólo le pago impuestos”.

Cuando tenía 25 años fue a Mozambique a dar clases de historia, como parte de la ayuda internacional que brindaba (y aún brinda) el país. No se arrepiente. Ama a su país. Odia a su país. Su generación, de más de 50 años, creyó en la Revolución e hizo verdaderos sacrificios para ayudar a llevar adelante lo que creían (o creen) que era una causa justa y digna. Hay una frase que no puede olvidar y que todavía resuena en su cabeza cada tanto. Es de Raúl Castro, que a mediados de los 70 dijo: “De África no traeremos más que los cuerpos de nuestros muertos”.  Dice que se siente orgulloso de haber formado parte de esa lucha y no se arrepiente. Pero está angustiado. Lo que él había soñado para su país cuando decidió ir a Mozambique todavía no se cumplió. A esta altura, un poco perdió las esperanzas.

“Si aquí protestas contra Fidel, los vecinos saldrán con palos, te pegarán y te gritarán gusano”, dice Elías, otro propietario de una casa para extranjeros, en Cienfuegos. Se trata, según él, de un pueblo orgulloso de su líder. Él también admite su admiración por Castro, aunque reconoce con amargura que le gustaría saber muchas cosas que se mantienen en silencio. “Nunca se supo nada de su vida privada. Todo lo que sé es por la televisión estadounidense”, dice. Es la isla de las contradicciones. Los cubanos se las arreglan para ver canales “del enemigo” para enterarse de cosas que en su país están vedadas.

Pero Mirta, tan diferente a todos, elabora su propia teoría. Ya no llora. Volvió a transmitir esa frialdad, ese rencor del principio, esa lejanía. “Yo ahora lo critico, pero sé que si lo tuviera al lado, si fuera a un acto en el que es orador, volvería a enamorarme. Él empezaría a hablar y…la cabeza de la gente cambia. Tú no lo entiendes. Fidel no es como tú y yo”.

(# foto de alain sojourner)




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