Las tradiciones se manchan (parte II)

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Para leer la primera parte, click acá.

El río Ganges, el Ganga, como le dicen todos en Varanasi, es un purificador de pecados, un baño, un cementerio, un lavadero.

Los hindúes se tiran agua como si fuera refrescante, como si limpiara, como si se tratara de un elemento puro. Se hacen buches, se lavan los dientes. En realidad, es uno de los ríos más contaminados del mundo. El color es demasiado oscuro y no se puede ver más allá de un centímetro. Flotan bolsas, comida, deshechos, cuerpos.

Sobre las callecitas que desembocan en los gaths de Varanasi aparecen grupos de hindués que cargan con un cuerpo que descansa sobre maderas. Cantan, gritan, caminan a paso firme. Viven un momento único. Forman parte de la ceremonia en la que su ser querido, que llegó a la ciudad para terminar de morirse o fue transportado desde miles y miles de kilómetros en tren, le dará fin al proceso de reencarnación. Al fin, llegó su turno del paraíso.

Hay sólo dos zonas en las que se permite el proceso de incineración de los cuerpos, separados por unos 800 metros. Muy cerca del agua, entre vacas, cerdos y ratas, el ritual no tiene principio ni fin. El fuego nunca se apaga y los cuerpos no dejan de llegar. Las piras se mantienen encendidas. Primero, lo hacen recorrer el agua sobre las maderas. Después de ese recorrido, Luego, sí, las llamas lo consumen. El último paso es tirar las cenizas al río.

Los turistas están advertidos: no se puede sacar fotos ni filmar videos en esa zona de los gaths. Pero, ante cada ceremonia, sobran los familiares que se desligan de todo y graban lo que pasa con sus celulares. Cerca de esos lugares hay algunas personas que dan vueltas -locales- dispuestos a dar un permiso temporario a los extranjeros por algunas rupias.

Hay dos grandes momentos de celebración en el Ganga. Uno, bien temprano, a la mañana. Los parlantes con los rezos suenan y le anuncian a la ciudad que el día no puede empezar sin pensar en la religión, sin creer que el mundo se rige en lo que dictan los dioses. Otro, en el atardecer, el más popular.

Las escaleras, gigantes, se llenan de gente. Es como si fuera un partido de fútbol. Algunos parecen tener una especie de palcos, balcones con asientos que dan al río. Otros, en la primera fila. El resto, sentados en los escalones. Uno al lado de otro. Los que no entran, deciden ver la ceremonia desde el lado del río, en pequeños botes que se estacionan y se chocan entre sí para mantener la estabilidad.

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En el centro de los gaths Dasashwamedh y Man Mandir, hay grandes escenarios, bien cuidados y adornados. Durante el ritual se ofrecen flores y luces al río. En la ceremonia, los curas toman las lámparas y las sacuden hacia arriba y abajo al ritmo de los tambores, las campanas, el gong. Se supone que en esas secuencias están presentes el espacio, el viento, la luz, el agua y la tierra. El humo del incienso vuela: el aire se hace todavía más espeso.

Alrededor pasa de todo. Fotógrafos que relatan a los locales que viajaron de diferentes partes de India para llegar a ese lugar, ese momento único. Vuelven corriendo a sus puestos, imprimen las imágenes y pasan a cobrar. Comerciantes que venden té o juguetes. Chicos que juran que las flores salen 50 rupias y después piden 200. Curas que dan vueltas entre la multitud y le pintan la frente a los turistas. “Es gratis, no te preocupes, puedes relajarte”. Siempre sonríen y se mueven sin parar. Tienen, como el cura del templo de Shiva, una túnica naranja. Un par de minutos después de marcarles la cabeza a los desprevenidos, vuelven por la misma zona. Ya no parecen tan espirituales: ahora piden una contribución.

Las luces no paran de girar, la música no se agota. Es algo más de una hora de intensidad plena. Hay gente que mira hipnotizada y se deja llevar, en silencio. Otra que acompaña con rezos, como para ayudar a los curas a que su ceremonia sea más potente. Y una gran mayoría no termina de concentrarse. Miran alrededor, caminan, se ríen. Parecen conversar de cuestiones que no tienen que ver con lo que pasa, como si el objetivo estuviera cumplido: estar en el lugar sagrado. Nada más.

En los templos que están alrededor de esa zona, profundos y oscuros, el clima es más o menos similar. Hay curas que rezan compenetrados hasta que ven a un turista. Ahí, se detienen, abren bien los ojos…y piden plata. O guías que muestran los diferentes monumentos, explican como pueden las diferentes costumbres, enseñan de qué se trata su vida, su religión. No dejarán escapar a nadie que no haya dejado algunas rupias en el camino.

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Al final de los gaths, donde hay menos movimiento,  todavía está Amil. Termina su día: junta las pinturas que tenía exhibidas sobre el empedrado.

-Bueno, ¿entonces me vendés ese dibujo por 2.000 rupias?

-Ah, no…no puedo. Tienen que ser 2.5000.

-Bueno, lo compro.

Él no habla del todo bien inglés, yo estoy algo desconcertado, como en el aire. Pero tengo ganas de abrazarlo. Darle un apretón de manos, por lo menos. Explicarle que es el único de todo ese lugar, el más sagrado, el espiritual, el celestial, que no se torció por nada. Que creyó que lo suyo valía de verdad. Que su palabra era genuina. Y que su arte -su vida- no se negociaba.

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