El marginal: cuando la calle se mezcla con la novelita

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Con los pibes de la Sub 21 no se jode. Son picantes de verdad. Nada que perder: viven en el peor lugar de una cárcel que se cae a pedazos. Afuera, no tienen casi nada. Ahí, en ese patio, en esa villa que es la más miserable de todas, queda sobrevivir. De cualquier forma. César, el líder, es el único que se para un segundo a pensar. El resto, sin cadenas. El grupo tiene el poder de los que no les importa nada. Meten miedo.

Ema es asistenta social. Ayuda a los presos desde una posición precaria. Como puede, los escucha, busca contenerlos. Hace un tiempo, no sabe por qué, empezó a sentir cosas por uno: Pastor. Es distinto al resto. Por cómo se expresa, cómo se mueve, cómo la mira. Él también siente cosas. No lo pueden evitar. Arranca una historia de amor.

El marginal, unitario argentino producido por Sebastián Ortega, que se vio en la TV Pública y está disponible en Netflix, tiene dos caras que no conviven del todo bien.

Por un lado, el costado de la calle. Son los pibes de la Sub 21, una banda de rebeldes que hacen lo que pueden para aguantar en la cárcel. Son los Borges, una familia con larga tradición en el delito que maneja todo adentro y afuera del penal. Son los tipos que están alrededor de esos dos grandes grupos enemigos. Morcilla, el buche que controla lo que se consume en el patio y distribuye a cambio de favores. Los que toman mate. Los secretos de Diosito (Nicolás Furtado, brillante), la dentadura destrozada, la inseguridad hecha brutalidad. Los que toman merca. Borges y el hartazgo de ser un líder que se pudre en la cárcel. Los que se fuman un porro. Pedro, el enano, y los paseos en triciclo. Los que toman el fernet desde la botella de plástico cortada. Los que sueñan con la libertad.

Por el otro lado, la cara de la novela. La historieta de amor. La necesidad de contar situaciones con algún tipo de atadura a lo convencional (el bueno que está en la cárcel, la mujer enamorada, la sensación de que el protagonista jamás puede desaparecer de la historia). Los finales abruptos.

Pastor está en esa cárcel por un mandado de un juez. A Lunati le secuestraron a la hija, pero está tan sucio que no lo puede hacer público. Entonces, Pastor, un ex policía, necesita resolver dónde está la chica a partir de su acercamiento con los Borges. En ese contexto, el relato se toma todo el tiempo para mostrar la vida carcelaria: y lo hace muy bien. Casi todo lo que pasa en ese lugar resulta verosímil. La ropa, los cantos que usan los pibes, la cumbia que escuchan, las formas de hablar. Es la calle adentro de la cárcel, corrupta y sucia.

La serie, una especie de heredera de Okupas y Tumberos, tiene 13 capítulos de una hora cada uno que cumplen con el primer requisito de un producto de calidad: entretener. La primera secuencia de la historia lo dice todo. Pastor atiende un teléfono, recibe las sugerencias del juez y comienza a correr por los techos y pasillos de una villa. Si se hiciera una radiografía de esos primeros minutos, el diagnóstico sería perfecto. Una dirección sólida, una actuación de muy buen nivel, una evidente virtud en saber transmitir diferentes tipos de energías: lo marginal del personaje, lo solitario, lo desesperado.

Pero, sobre el final, la historia comienza a girar. El mundo de la cárcel, ese gigante enchastrado y que se cae a pedazos, parece quedar en segundo plano. Y lo que se empieza a llevar la atención son otro tipo de conflictos, especialmente por el costado de Ema y su relación con Pastor. Ahí, todo se vuelve mucho más aburrido y predecible.

Las situaciones empiezan a resolverse de manera un poco abrupta y, el último capítulo, la sentencia queda confirmada: el apuro por cerrar la historia es evidente.

¿Se vendrá una segunda temporada? En un principio, no parece tener mucho sentido (por lo exitosa que resultó y la repercusión que tuvo a partir de su exposición en Netflix, todo indica que habrá una segunda parte). Vale la pena usar el ejemplo de Prison Break (con muchas similitudes a El marginal). Cómo esa primera temporada fascinante se convirtió en nada cuando los que estaban adentro ahora se muestran afuera de la cárcel, su contexto necesario. Mostrar a este tipo de personajes lejos de su hábitat sería la peor estocada. Alejarse mucho más de la calle y acercarse mucho más a la novela sería darle la espalda a lo que hace diferente a este muy buen relato.




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  1. Matías

    Un poco tarde. La vi, en 5 días la consumi. La empecé por el post y coincido en varios puntos. Lo buena y entretenida, lo brillante de la actuación de Furtado. También lo apresurado del desenlace y lo convencional de la historia de amor. Cumple y por momentos mucho. Saludos.

    • Lucas Bertellotti

      Hola, Matías. Me alegra que te hayas mandado a ver El marginal después de leer el post. Sobre la serie, parece que no hay mucho para discutir entre nosotros, coincidimos en casi todo. ¡Abrazo y gracias!


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