La vida después de Miyazaki

1027984-tokyo-intl-film-festival-spotlight-mamoru-hosoda

“Creo que trabajar en Studio Ghibi sería una pérdida de talento para alguien como vos”, Hayao Miyazaki

El toque. Esos mundos que corrompen la imaginación, la hacen más grande. Esos lugares que inventan colores. Esas piezas que recuerdan a algo, que traen un condimento a la memoria, que generan un no sé qué. Esa idea de que los sentidos quedan conquistados. Esa sensibilidad que abraza a la parte estética. Para saber contar de verdad, no alcanza con lo lindo o diferente. No. Alrededor tiene que haber sabiduría.

Cuando era chico, en 1979, fue con su mamá a ver El castillo de Cagliostro, la primera película de Hayao Miyazaki. Quedó enamorado. Captó el llamado de su naturaleza.

Unos años más tarde, después de la universidad, presentó su candidatura para ser parte del equipo de formación de Studio Ghibli. Pero lo rechazaron. Todavía guarda la carta, firmada por Miyazaki. “Una pérdida de talento”. Nunca lo terminó de entender, mucho menos en ese momento. Se deprimió. Lloró. Se frustró. Pensó en dejar todo.

Pero la esencia no se puede abandonar.

¿Qué sentido tiene decir que Mamoru Hosoda puede ser el gran heredero de Hayao Miyazaki? Si el creador de Ghibli coquetea con el retiro pero también con la posibilidad de no colgar los pinceles (“Soy libre, la libertad significa poder decidir hacer algo o no hacer nada”). No hace falta imprimirle ese cartel. La responsabilidad que sí puede tomar es la de ser una especie de digno defensor de las formas.

Hay varios puntos en común entre Miyazaki y Hosoda. Ambos juegan mucho con los dos mundos: el real y el supuestamente imaginario. Los dos se muestran empáticos ante lo que pasa alrededor. La naturaleza, la forma de reaccionar del hombre, las costumbres de hoy. Los dos dibujan a mano, claro.

Pero hay diferencias esenciales. La principal es que pertenecen a generaciones que tienen poco que ver entre sí. Entonces, Hosoda es igual de desafiante a lo establecido, pero con otras armas. “Soy un hombre del siglo XX, no quiero lidiar con el XXI”, dijo alguna vez Miyazaki. Con Hosoda pasa todo lo contrario: no le da la espalda a cómo se vive en el presente. Es un hombre de hoy. Un toque más de practicidad a cambio de algo de romanticismo. Ven el mundo con ojos distintos.

Este año, Hosoda le demostró al mundo con El niño y la bestia que no le tiene miedo a nada.  A los 49 años, su filmografía -corta pero de calidad- le asegura al mundo del cine de animación que sí, es posible: hay vida después de Miyazaki.

La chica que saltaba a través del tiempo (2006). Probablemente su película más confusa y menos lograda. La historia juega con un elemento no del todo original y bastante tratado, el tiempo. Pero el relato no termina de definirse entre la cuestión amorosa del personaje principal, Makoto, del suspenso que significa poder manejar los períodos en los que se puede estar o, también, sobre la valorización de la vida ante un estímulo tan poderoso como el de poder cambiar las cosas. Quizás no es nada de eso. O todo. Lo cierto es que la película se pierde un poco, más allá de algunos buenos momentos.

chica-saltaba-tiempo

Summer Wars (2009). El mundo ya no es uno. Ahora, las cosas están divididas en dos: el real y el de las redes sociales. Son escenarios que se rozan todo el tiempo, que no pueden vivir separados. Ryu, el protagonista de esta historia, es muy bueno para organizar a usuarios, programar códigos y ser parte de un lugar en el que las representaciones físicas son diseñadas como si fueran un videojuego: pelo corto, largo, negro, blanco, alto, bajo. En la vida, se le complica todo. Es tímido, no se relaciona demasiado. Hasta que Nanami, una compañera del colegio, lo obliga a ir a la casa de verano de su familia para pretender que él es su novio. Ahí, él descubre, además de un grupo de personas que forman parte de una larga tradición japonesa, el concepto de familia y unión. Por supuesto, tendrá que hacer de héroe cuando el mundo virtual colapse. Una maravilla por mensaje, entretenimiento y espectacularidad de las imágenes.

summer-wars-201

Wolf Children (2012). Uno de los cuentos más mágicos de la historia del cine de animación. Hana tiene una atracción impensable con Takao, un estudiante que va y viene, misterioso. Después de enamorarse, él le confiesa su secreto. ¿Y qué le va importar a ella? Nada. Está ciega de amor. Tienen hijos con las características del papá. Diferentes al resto. La película regala algunas secuencias imborrables. La del camión de basura es muy particular. Todas las que que muestran a los dos chicos corriendo en la naturaleza, también. El relato transmite un encantamiento difícil de explicar. La historia lo tiene todo. Habla de lo particular de las personas, de los hermanos que no se parecen, de lo necesario que es tomar el camino que impone el destino, de lo duro de vivir en un mundo ajeno. Una verdadera obra maestra.

wolf

El niño y la bestia (2015). Probablemente la película más salvaje y brutal de Hosoda. Un relato en el que no hay tanto mensaje interior ni sutilezas (aunque hay lugar para mostrar buena parte de la tradición japonesa), pero sí acción. Pura aventura, adrenalina y entretenimento. En ese sentido, podría evaluarse como un paso atrás de Wolf Children, pero nada de eso. El film apunta a otro lado y es una verdadera belleza estética. En esta historia aparece como en ninguna otra la teoría de los mundos: a Kyuta le viene muy bien encontrarse en una calle de Tokio con Kumatetsu, un hombre-oso bastante misterioso. Es su excusa perfecta para escapar de la realidad. Ahí, en el otro mundo, todo resultado menos doloroso, aún con los palos en la cabeza que le regala a cada momento su entrenador-maestro. Su guía en la vida. La forma en la que se genera el vínculo entre estos dos grandes personajes es brillante. Al final, uno los termina por querer mucho.

maxresdefault




There are no comments

Add yours