The Crown: la perfecta prolijidad británica

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Los sirvientes no paran de moverse hacia un lado y otro. Atraviesan pasillos sin importar quién está por ahí. Despliegan los mejores manteles y miden la simetría de las mesas y sillas con paciencia. Levantan las copas hacia el sol y perciben la limpieza pura. Preparan un menú sofisticado y calculado con estúpida obsesión.

Es idea de la reina Isabel II: Dwight Eisenhower, presidente de Estados Unidos, es invitado a una cena al palacio de Buckingham donde, atrás de una ceremonia tradicional, protocolar y fría, habrá una manera de empezar a hacer política exterior.

Las secuencias de la preparación se mezclan con las situaciones que viven los personajes en el día a día. Mientras la Reina se viste para salir al mundo en su habitación, gigante y solitaria, se escuchan los ruidos de las rueditas desgastadas de las mesas que trasladan la vajilla.

Las imágenes son espectaculares. Hipnotizan. El despliegue resulta tan grande que sólo se puede pensar en la verosimilitud. Sí, ahí es donde vive la reina y su familia. Sí, es uno de los lugares occidentales con más historia. Sí, ahí reside el poder. Esa muestra de importancia, esa mano de obra inabarcable, es la tradición de la corona británica. The Crown, la serie que estrenó Netflix en noviembre del 2016 y ya tiene asegurada al menos una segunda temporada, está prolijamente creada para ser perfecta. Y lo consigue.

No hay sexo sucio. No hay planos desorbitados. No hay insultos graves. No hay brutalidad. Y, es verdad, tampoco hay sensaciones fuertes. No es una serie para llorar. Pero probablemente esa haya sido la idea del guionista, Peter Morgan (el mismo que The Queen, por la que Helen Mirren ganó un Oscar). Para describir la historia de Isabel II, la reina que tomó el poder de manos de su papá Eduardo VIII un poco después de la Segunda Guerra Mundial, eligió la fina prolijidad británica, la construcción paciente de los personajes y un ritmo crucero. El resultado es espectacular.

The Crown usa un punto de vista que parte desde la neutralidad y logra lo más difícil: humanizar a figuras que parecen de ficción. Isabel (Claire Foy, buenísima) asume que es una ignorante. No sabe más que seguir los protocolos. Entonces, se plantea la necesidad de estudiar. El relato no tiene miedo de mostrar su falta de preparación, en burlarse de lo bruto de la monarquía, además de la necesidad de enseñar la cuestión de lo que supuestamente significa un “rey” en un mundo más o menos moderno. La figura de la corona está puesta en discusión todo el tiempo (se insiste varias veces en el concepto de que la gente, el pueblo, necesita creer en algo superior para poder vivir, como si la monarquía fuera un suplemento de la religión), así como el rol de la mujer en un cargo tan importante.

El relato es una historia de personajes que se centra en Isabel. Al lado de ella, una joven para nada preparada para asumir el rol de reina de Gran Bretaña pero honesta, giran varias situaciones que derivan la cuestión en diferentes problemáticas. Felipe, su marido, el príncipe que no hace nada y confronta todo el tiempo entre el protagonismo y la necesidad de estar a la sombra. Margarita, la princesa, convencida que su carisma es más que todo, impotente por tener que seguir ciertas reglas. Winston Churchill, en lucha entre su convicción de cómo se debe gobernar y lo que necesita de la corona. El primer ministro británico, con una actuación abrumadora de John Lithgow, es un personaje entrañable, de esos que quedan en la piel para siempre.

Los primeros diez capítulos tienen un nivel de excelencia alto. La serie demuestra en cada detalle por qué se trató de una de las más caras de la historia de Netflix. La ambientación es perfecta y el recorrido histórico-realístico que toma es riguroso pero no caprichoso. Los temas que se eligen como contexto del relato de fondo -lo pesado de la corona- son espectaculares: la tormenta de niebla, el escándalo de la hermana con su pareja, el cuadro del viejo Churchill.

En tiempos en los que casi todo se trata de dar el golpe, The Crown debería ganar el premio a la convicción. Sin dar volantazos ni recurrir a lo bajo, regala un cuadro admirable de un ambiente cerrado para los mortales. Ni el artista más talentoso podría haber pintado tan bien a Isabela, Felipe y el resto de la familia real.




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