Westworld: la filosofía del sexo, los tiros y la acción

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Que la impresión no engañe la esencia: Westworld es tan imponente que puede confundir. La imagen de ese parque gigante de temática western abruma un poco. El misterio de los personajes, que parecen esconder demasiados secretos, hace dudar. Los silencios no permiten la discusión. La fineza de los diálogos deja un sabor de grandeza.

Pero, en el fondo, hay que rascar hasta el cansancio para encontrar cosas significativas: Westworld no parece más que sexo, tiros, acción y el histórico planteo de la condición humana accionado por la duda de hasta dónde pueden llegar los robots. Nada demasiado novedoso.

Westworld, la última bomba de HBO que ya tiene la segunda temporada asegurada, destinada a tomar el lugar de Game of Thrones en cuanto a popularidad, tiene tantos buenos momentos como deudas.

Las bases del relato, creado por Jonathan Nolan (el hermano de Cristopher) y Lisa Joy, es simple: un parque ofrece vivir como en un western, con cantinas, caballos, tierra, prostitutas y tiros. El mundo está poblado por robots -los “anfitriones”- que lucen como humanos. En ese lugar giran personajes -los “huéspedes”- sin demasiado carácter, obsesivos que buscan resolver qué puede haber de verdaderamente real en ese universo, fiesteros millonarios que pretenden alejarse de su rutina.

De la vida real no se sabe nada. La historia tiene sólo dos espacios: Westworld y las oficinas desde donde se trabaja para mejorar cada vez más el mundo western. Ahí hay gerentes, secretarias, guionistas, maquilladores. Lo que pasa afuera es una incógnita, poco importante para la trama.

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El relato se cuenta como un rompecabezas. La historia sigue a diferentes personajes que terminan uniendo la mayoría de las piezas.  Es como una especie de Jurasic Park (de hecho, Michael Crichton, el escritor de la obra original de la serie, también fue el autor de la historia de los dinosaurios): un grupo de ricos va a divertirse a un lugar único. Hasta que ese lugar, que parecía completamente controlado, se desata.

Hay una insistencia permanente en retratar la esencia de los robots. Están perfectamente creados para que luzcan como humanos. Tienen sangre, cicatrices, pequeños momentos para que larguen alguna -controlada- improvisación. El equilibrio se rompe cuando el supuesto espacio para improvisar se abraza a libertades excesivas. Ahí aparece el planteo general de la obra: ¿qué hace diferente a un humano? ¿por qué una invención del hombre no podría, en algún momento, ser superior o más pura?

Robert Ford (buena interpretación de Anthony Hopkins), uno de los dos creadores de este mundo, personifica esta constante búsqueda de lo filosófico. Siempre con preguntas algo complicadas, siempre con la mirada perdida en el vacío. Siempre con un grupo de personajes que lo rodea como lo que es: un dios de la ficción.

¿Y? ¿Qué hay atrás de todo es?

No muchas más cosas diferentes a las que presenta la serie más popular de la historia de HBO: Game of Thrones. En Westworld resulta todo exagerado: las muertes, el sexo, los diálogos. Pero lo distinto con la historia de George Martin es grande. En esta nueva serie, el suspenso y la intriga, hasta la angustia, casi no existe. En Westworld, los humanos no pueden ser matados por robots. Los robots, cuando “mueren”, son trasladados al sector de mantenimiento para volver a ser maquillados y puestos nuevamente en circulación. Esta continuidad de los personajes hace que muchos minutos de la serie sean en vano. Básicamente, se plantean conflictos y peleas que no generan nada.

Hay momentos de la historia muy pesados. Tiempos equivocados, ritmos casi nada llevaderos. Por momentos, se siente inverosímil. La ineficiencia de los humanos para controlar a los robots es llamativa. Una empresa súper profesional capaz de crear un mundo ahora tapada por una negligencia escandalosa. Los giros, constantes, marean un poco y resultan algo previsibles.

Westworld, la serie, está construida desde la misma base que Westword,  la ciudad western. Todo resulta llamativo, lujoso, pensado al detalle y apasionante. Pero, en realidad, hay que acercarse y ver todo con más atención. Hay que sacar el polvo. Al final, lo extraordinario pasa a ser común. Lo que pretende ser magnífico no es más que superficial.

Segunda temporada (2018)

Mejoró la serie con esta segunda temporada. Con un poco más de desarrollo y tiempo, ahora los personajes generan más empatía y tienen mayor profundidad. Hay ganas de tener favoritos. Hay fuerzas para que a algunos les vaya mejor que a otros. Es una buena señal.

No parece una casualidad que la serie sea producida por J.J. Abrams. Como Lost, Westworld es una obra en la que pasan tantas cosas que se pierde demasiado. Se llega al punto en el que se dejan de cuestionar algunas cosas. Información excesiva, bombardeo.

El relato se excede en vértigo y adrenalina. Es una combinación que no hace bien. Los mejores capítulos de la segunda temporada son los que se toman un tiempo sin gente que muere a cada momento, sangre o batallas de todo tipo. Son los episodios más bien poéticos en los que se intenta llegar al alma de algunos de los personajes clave del relato. Pero son secuencias que duraron muy poco. La mayor parte del tiempo se perciben a guionistas atrás de cada escena: “¡Agregá una explosión acá!” “¡Sumemos una persecución allá!” “¡Matemos a este así!”. No da respiro (en el mal sentido).

La división de los dos mundos, el de las máquinas y los humanos, ya no tiene sentido. Ahora es la batalla por la búsqueda de la identidad, del alma. Ese quiebre dentro de la historia jugó a favor, porque los personajes al fin entendieron qué juego estaban participando.

Sobre el final, la sensación es que no da para mucho más. La historia ya no tiene más recorrido. Es como hacer un asado con el fuego imparable y la parrilla baja. La carne se maquilla rápido y la velocidad parece insuperable. Pero después hay que pagar la ‘fiesta’. Cruda por dentro, sin brasas para seguir cocinando y destinado a conformarse más con la vista que con lo que verdaderamente importa.




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