Oscar 2017: Someone In The Crowd

oscar0217

Las chicas están listas para salir a una fiesta. Son actrices que van de casting en casting sin demasiado éxito. Lindas, con un talento promedio, alquilan juntas una casa en Los Ángeles mientras esperan que el suceso las pase por arriba. Claro, también están a la espera de alguien entre la multitud.

Someone In the Crowd es una de las excelentes interpretaciones y canciones de La La Land, la película de Damien Chazelle que merece ganar el Oscar a mejor film 2017.

La película, protagonizado por Ryan Gosling y Emma Stone, es eso: alguien -o algo- entre la multitud. Se destaca demasiado sobre el resto. Rescata lo clásico como alguna vez lo quiso hacer -muy mal- El artista, pero da un paso más: usa al cine en su máxima expresión. Vuela, se deja llevar, tiene una imaginación infinita, no se avergüenza, regala un toque de fineza, sabe apreciar la estética.

Por todas esas razones, la ganadora, dirigida por un joven y promisorio talento que ya había sorprendido con Whiplash, debería ser muy clara.

A veces, la Academia de Hollywood es tan obvia como aburrida. El año pasado recibió críticas por no tener nominaciones de actuaciones ni películas con temáticas raciales. Este año, se abusaron y las pusieron todas juntas. Otro motivo más para que ese algo entre la multitud -La La Land- brille como la ciudad de las estrellas en la que Sebastian y Mia no pudieron ser.

La La Land, Damien Chazelle. Es necesario ver esta película en el cine: después de una primera secuencia edulcorada que parece anticipar un desastre de cánticos, bailes y frases bobas, la película de Ryan Gosling (que hace un poco de sí mismo, como el gran talento que nunca despegó) y Emma Stone (destinada -por diferente- a meterse entre las grandes de Hollywood de la actualidad) es una delicia.

Los protagonistas no terminan de cantar y bailar del todo bien ninguna canción. Pero igual enamoran. Chazelle tiene una especial sensibilidad para retratar a la música. No sólo las canciones que forman parte de este musical, si no el simple amor. En este caso, al jazz. Usa el tema de la nostalgia en tiempos de celulares y planta bandera desde un costado inteligente y sensible. La historia de amor es una excusa para combinar una serie de actos espectaculares, con un sentido de la estética que mira por arriba a casi todo lo que se produce hoy.

La La Land regala una forma de contar inteligente y entretenida. Es un homenaje al cine clásico, pero también al del futuro.

LaLaLand19

Hell or High Water, David Mackenzie. ¡Qué joyita! Como alguna vez lo hicieron los hermanos Coen en No Country For Old Men, cuando se propusieron contar una simple y apasionante historia de persecución, Mackenzie se dedica a pintar una intensa crónica de dos hermanos que se deciden a robar bancos en Texas, donde la justicia es por manos propia, en los restaurantes se sirve lo que pretenden las meseras y los cowboys resisten contra el paso del tiempo.

El relato tiene la delicadeza de entrometerse en el ser texano, cuestión que hace bastante divertida la película. En ese sentido, el personaje de Jeff Bridges, un sheriff a punto de retirarse, es fundamental. La forma en la que habla, en la que entiende el mundo a su alrededor, es genial.

Los planos del desierto, el campo, de esos paisajes desolados y calurosos, son geniales. Los colores, aún mejores.

La simpleza hace que la película sea buena. A la vez, esa falta de ambición la convierte en una historia que se reduce a sí misma, por lo que no tiene el peso para pelear por cosas grandes.

hell-or-high-water

Manchester By The Sea, Kenneth Lonergan. Drama duro, sólido, exigente. El pasado de Lee es tan trágico que se volvió una suerte de roca. Una roca que no puede sentir, no puede devolver, no puede expresar. Pero la vida le volvió a rebotar otra tragedia. Entonces, esa roca necesita convertirse en otra cosa, porque ya nada depende sólo de él.
Esa lucha, de tener que estar presente para alguien cuando sólo se siente vacío, es el sentimiento principal de este film.

Como el barco que usan Lee y su sobrino, Patrick, el ritmo de la historia jamás acelera ni se precipita. Todo está construido de a poco. El efecto es bastante certero.

Los colores -grises-, el frío, la música, hacen de Manchester, un pueblo cercano a Boston, el peor lugar para volver a ser.

hero_Manchester-by-the-Sea-2016

Hacksaw Ridge, Mel Gibson. Está la parte propagandística y la mística yankee. Están las exageraciones, los héroes inmortales y la música que busca ser conmovedora. Y todo eso, que puede ser molesto, queda en segundo plano cuando, un poco después de la segunda mitad de la película, Mel Gibson pisa el acelerador y regala algunas secuencias bélicas inolvidables. Desata el infierno. La historia es la de un soldado que se niega a matar. Pero, en realidad, no es un dato tan importante. Lo verdaderamente importante es cómo el director usó los ruidos, colores, sensaciones y diálogos de la guerra. Son 40 o 50 minutos llenos de recursos, con nada para envidiarle a las grandes películas del género de la historia.

hacksaw-ridge

Hidden Figures, Theodore Melfi. Basada en hechos reales, la película cuenta cómo tres mujeres negras se hicieron paso en la NASA, en una época -los 60- en la que las puertas estaban cerradas para casi todo en Estados Unidos. Pero, a base de talento y valentía, se ganaron un lugar para aportar una parte importante en la historia.

El problema es que la forma de contar es demasiado brusca. Un ejemplo: en la primera secuencia, las tres mujeres negras van a gran velocidad en un auto, guiadas por un patrullero manejado por un policía blanco. Una de ellas grita: “¡Estamos en 1961, somos mujeres negras y perseguimos a un policía blanco!”. Todo demasiado explicado, no dejan ni un bocado para masticar. Como esa situación, hay varias.

La película toma fuerza en la segunda parte, cuando las cuestiones raciales forzadas quedan de lado y se llega a un ritmo mucho más honesto, en el momento en el que Katherine se vuelve una pieza clave en los proyectos. Un relato que decidió pasar de largo a la virtud de la sutilidad.

_DSC4223a.ARW

Fences, Denzel Washington. Debo reconocer cierto reparo con este film: vi la obra de la que está basada en el 2010, en Nueva York, con los mismos actores y un guión prácticamente calcado. En ese momento, me pareció extraordinaria.

La película, en cambio, deja sabor a poco. ¿Por qué? Porque, en este caso, no hay nada que el cine le haya agregado como valor al teatro. De hecho, la historia está contada como si fuera una obra de teatro filmada, con una cámara que siempre está fija, con escenas más bien largas y secuencias que se mantienen en las mismas ubicaciones (esto es algo que no siempre está mal: sólo hay que ver Who’s afraid of Virginia Wolff? para comprobarlo).

El proyecto parece más bien una imposición de Denzel Washington para sacar a relucir una historia hecha para los actores. Para ganar otro Oscar, en Realidad. Y, sí, él y Viola Davis se lucen especialmente, pero de una manera mucho más edulcorada de lo que lograron como pareja en Broadway, donde se podía sentir el temblor de las voces, la respiración y todo eso que hace al teatro diferente.

El relato está puesto en las convicciones de un padre golpeado por la vida y cómo se relaciona con su familia, bajo el contexto de una época complicada con respecto a los derechos.

fences

Moonlight, Barry Jenkins. La fórmula para hacer esta película fue muy sencilla: agarraron una licuadora y empezaron a tirar fruta. Una banana (un chico negro que se debe desarrollar en un barrio duro), una manzana (una mama alcohólica y prostituta), una pera (un protector gangster ilustrado), una sandía (el bullying) y un durazno (la homosexualidad).

Quedó un licuado de multifruta. A alguno le puede parecer completo y ambicioso pero, en realidad, esa mezcla no permite saborear como se debe ninguna fruta.

La película está sobrevalorada y corre atrás de una obsesión que se repitió una y otra vez entre las nominadas de The Academy: la cuestión racial.

Salvo algunos momentos de inspiración, el relato -contado en diferentes etapas del protagonista, desde la niñez hasta la adultez- se hunde en cada paso cuando no hay una esencia real que contar sino una superficie que no dice mucho.

MOONLIGHT, Mahershala Ali, holding Alex R. Hibbert, 2016, photo by David Bornfriend, ©A24/courtesy Everett Collection
Lion, Garth Davis. Los primeros 45 minutos son muy buenos: Saroo vive en un pueblito de India y es el típico pillo que se la pasa en la calle en busca de alguna oportunidad. Un pedazo más de carbón, un poco de leche, algo de comida. Con su hermano, Guddu, son inseparables. Hasta que la inmensidad, el vértigo y la locura de su país los separan.

El tiempo en el que Saroo queda aislado en Calcuta es de alta calidad: tiene tensión, ritmo y verosimilitud.

Pero la historia, como era previsible, se desploma en el momento en el que él crece y pasa a ser un hijo adoptado de una pareja rica de australianos. Desde esa situación, no queda más que esperar que este joven adaptado a una nueva realidad tendrá en algún momento el instinto de volver a sus raíces. Y, como está basado en una historia real, la lógica de que encontrará lo que busca.

Más allá de lo previsible del relato, el problema está en el cómo: hay varios golpes bajos y un toque de sensiblería que no hacen para nada bien.

1487855631-lion

Arrival, Denis Villeneuve (2016). Una de alienígenas que llegan a la Tierra para…¿? La película tiene todos los clichés que un relato de este tipo podría acumular:

-Los “brutos” chinos y rusos que no escuchan y quieren atacar
-Los “brutos” militares de Estados Unidos que tampoco escuchan y pretenden atacar
-La mujer con especial -pero inexplicable- sensibilidad. La elegida.

La historia descansa su esencia en bases demasiado flojas. Casi todo resulta repetido y especialmente poco verosímil (la forma en la que se debaten los destinos del mundo, las personas que toman parte, la falta de mecanismos de control y seguridad).

Un relato, como casi todos los de este tipo, que pretende ser mucho más de lo que es.

arrival




There are 2 comments

Add yours
    • Lucas Bertellotti

      Hola, Álvaro. Gracias por el comentario. Sin dudas que el nivel de otras décadas (especialmente en los 60-70) era superior al de hoy. Hay varias explicaciones, pero me quedo con la idea de que el cine ya no es el único medio por el que los grandes talentos se pueden expresar. Básicamente, el boom de las series hizo que los guionistas, directores y actores clase A de hoy tengan tantas ganas de hacer un programa de TV como una película.
      ¡Saludos!


Post a new comment