Holi

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La cabeza descubierta, el pelo suelto. Remera de algodón, holgada. Levanta los brazos, los mueve para los costados. Cierra los ojos y apunta la cara al cielo. Sonríe sin timidez. Mueve las piernas con alegría desesperada. Tendrá unos 13 años. Como ella hay varias más, un grupo de unas diez chicas que parece haberse encontrado con una secuencia perfecta. El momento en el que arriesgan con cosas que nunca pueden hacer. Ese día, nadie las mira. Esa jornada, no existen los mandatos: entonces, bailan como si no hubiera mañana.

La chica ya no sabe qué decir, el chico empieza a ponerse nervioso. Son una pareja de turistas holandeses que descansan sobre las escalinatas de una de las plazas centrales de Jaisalmer, India, muy cerca de la frontera con Pakistán. Desde arriba, se sentían seguros. La lejanía de la acción parecía funcionarles. Observaban junto a otros turistas o familias indias ya cansadas cómo el cielo se teñía de colores. Apreciaban los cantos, los bailes. Disfrutaban de la sensación de que esa situación no se iba a volver a repetir. El mundo parecía detenerse para esa fiesta.

Era el líder del grupo de hombres, unos 25 que llegaron con un par de bombos y mucho polvo para desparramar por las caras de quienes se atrevieran a pasar por esa esquina. Verde. Amarillo. Rojo. Azul. Naranja.

Alto, con bigote negro, llevaba una peluca desprolija y mal puesta. Algo le llamó la atención, algo lo obsesionó. ¿Los ojos claros de ella? ¿La tez blanca? Llegó con varias bolsas con polvo en la mano. Subió las escaleras mientras la señalaba. Se puso frente a frente y ella se animó a esbozar una sonrisa, pese a que empezaba a sufrir por lo peor. Él tomó un puñado de polvo verde y se preparó para desparramarlo sobre la cara de ella. Pero no. Ella no se dejó. Estaba desgastada, completamente cubierta de colores, la ropa sucia, el pelo grasoso. “No, gracias”, le dijo. Todavía mantenía una amable sonrisa negadora. Pero él insistía. Ella se quedó sin fuerzas. Puso la mirada en el piso. Pasó a representarla su novio. Molesto. Cansado: “No, no quiere. No quiere. Por favor, no quiere”. El hombre de la peluca no está dispuesto a ceder. Un joven indio se acerca al lugar. Habla en indio, pero su objetivo parece obvio. Le reclama al hombre que se vaya, que los deje tranquilos. Pero él no le presta atención. “No, no, no, no”, sigue ella. Al final, el novio, sin pedir permiso, enfurecido, con rabia reprimida, toma polvo de la mano del hombre de la peluca y lo desparrama sobre la cara de su novia. “¿Así está bien? ¿Está bien así?”, le dice, con tono enojado. “Ok, sí”, le responde. Y, mientras baja las escaleras apurado, levanta los brazos y larga: “¡Happy holi!”.

Se reincorpora al grupo y ordena que la música no se detenga, que siga la fiesta. Su fiesta.

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Holi, una antigua celebración hindú que resalta los colores y da paso a la primavera, es la India. Una celebración que regala tantas maravillas como contradicciones. Tanta belleza como aprovechamiento.

No se puede vivir a medias. Estar en la calle significa libertad y consentimiento. El homenaje, nacido a partir de un mito religioso, tiene varias interpretaciones. Para la gran mayoría de la sociedad india, llena de censuras, trabas y persecuciones, es el día en el que las cadenas se desintegran. Se perdonan las deudas. Se habilita la infidelidad. Se otorga el alcoholismo.

Sin control. Los hombres se juntan en grandes grupos y ocupan las esquinas. La idea original es mezclarse con los polvos de colores, símbolo de la primavera. La realidad es diferente: muchos -la mayoría- se aprovechan. Cuando una mujer -mucho más si no es india- se enfrenta a ellos, comienzan a encerrarla de a poco. Todos sonríen, todos levantan los brazos, todos simulan una bienvenida. En el medio de ese saludo, una delgada línea entre una secuencia natural y alegre y el abuso: los abrazos, a veces, son demasiado cariñosos. Las formas en las que desparraman el polvo sobre las caras de las mujeres, intencionadamente lenta. En esa secuencia, fugaz, parecen conseguir sentirse más o menos cerca de una realidad completamente desconocida, alejada de su día a día, casi imposible de acceder: tocar a una mujer occidental blanca.

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Un hombre está tirado sobre el piso, inconsciente. Demasiado alcohol. Las motos pasan a toda velocidad y tocan la bocina. Las mujeres llegan con sus hijos más chicos que corretean como en carnaval. Ellas llevan sus mejores saris de colores: prolijos, coquetos, perfectos. Ni las vacas se salvan: tienen la frente y el lomo pintados con colores. Un hombre levanta a quien parece ser su hija y la hace volar unos metros hacia arriba. La nena representa a la felicidad.

El Maharaja se presenta a la plaza. Impone respeto. En algún momento, su linaje correspondió a un monarca o regente de esa ciudad. Hoy, es un personaje con tradición que se diferencia del resto todo lo que puede. Vestido tradicionalmente, con un vestido blanco, una especie de turbante rojo y una espada sobre su costado derecho, accede a sacarse fotos con quienes se lo piden, pero nunca sonríe. Se enoja cuando un par de jóvenes lo chocan mientras corrían hacia otro lado entre la multitud.

Un hombre con unas antiparras sobre la cabeza llama a un turista. “¿Quieres ver algo divertido?”, le dice. “Bueno”, le responde…Lejos de la multitud, el indio saca de un bolso un pene gigante de madera. No se termina de entender la idea. ¿Qué quiere? ¿Qué pretende? Él se ríe, los dos que están al lado también. Lo vuelve a esconder en el bolso.

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La ciudad está paralizada. Casi todos los negocios están cerrados. Un local saca provecho y vende a los turistas algunas Sprite que están vencidas. Son de hace diez años.

El evento empieza muy temprano y recién termina a la noche. En cada esquina hay chicas que no están dispuestas a dejar correr el tiempo. Siempre en grupo, precavidas, no les importa más que bailar. Unas horas de no preocuparse en mostrarse divertidas, unos momentos de no tener que pensar en la estética, algunas secuencias sin la presión de la religión o las costumbres encima. Libertad pura.

“¡Happy holi! ¡Happy holi!”, se repite en cada rincón. Como las mujeres, los hombres parecen determinados a vivir experiencias nuevas. Abrazan a todas las mujeres turistas que se crucen. Si ella pretende escaparse, se agruparán como para no dejarle lugar. Si ella declara su desinterés por participar, pueden pasar varias cosas: algunos lo aceptan, otros no lo toleran, unos tantos hacen que no entienden y siguen como si no hubiera nada malo.

Holi no da lugar a lo repetido. No se puede definir, no hay forma de saber qué puede pasar. Es una fecha que representa la liberación, pero no hace más que desnudar el real estado de un pueblo: como si tanta represión contenida terminara por distorsionar por completo los valores de un evento que todos llaman ‘fiesta’.




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