All inclusive

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-Oh! It’s awesome! Take a look at that! Look how cute!

Con el brazo izquierdo sostiene un plato de plástico blanco lleno de nachos y papas fritas. Con la derecha, practica el lanzamiento: a veces, cuando la fascinación lo excede, son disparos cortos. Otras, cuando percibe que se acercan muchos y la situación puede descontrolarse, más bien largos.

Está en cuero, traje de baño, en patas y gorra hacia atrás. Parece obvio que es de Estados Unidos (¿de Canadá, quizás?). Todos lo miran a él. Lo filman, se divierten con lo que hace, le sacan fotos. A su izquierda tiene una barra gigante de un bar con comida chatarra: hamburguesas, panchos, papas fritas. De frente, sobre una especie de pantano interrumpido por la arena blanca, un grupo de coatíes se hace cada vez más numeroso. Atrás, un mar hermoso y claro, tibio y calmo al que, en ese momento, casi nadie le presta atención.

Y, quizás aún más ignorado, un cartel sobre una columna del bar de la playa que abrió su buffet hace unos minutos. Dice: “Los animales provienen de la naturaleza y son silvestres. Está prohibido alimentarlos”. Las frases se repiten justo abajo, pero en inglés.

Pero este muchacho esta obsesionado con que estos animales -mezcla entre un zorro, una suricata, una rata y un mapache, con cola larga, de unos 90 centímetros- se acerquen y sus amigos puedan retratarlos. Claro, cuando ve que se empiezan a agrupar demasiados, vuelve con los lanzamientos largos: tira las papas lo más lejos que puede para que los caotíes corran hacia atrás, al medio de las plantas, donde ya no pueden verse, lejos de él y las mesas de madera en las que los turistas miran la secuencia con exagerada fascinación.

La primera heladera de la barra tiene algunas verduras. Tomate, lechuga, cebolla, zanahoria. Luego, una bandeja con hamburguesas. Al costado, unas salchichas dan vueltas y vueltas sobre unos rollos. Los nachos están al lado de las papas fritas. Ahí nomás, las expendedoras de ketchup, mayonesa y queso cheedar.

Son las 12.30 y los coatíes lo tienen muy claro: es su momento de comer. No sólo reciben lo que su amigo estadounidense les tira, si no que se animan a invadir de vez en cuando la zona de las mesas y ‘robar’ la comida de los turistas. Algunos se ríen de la situación y sacan fotos. A otros no les causa nada de gracia. A los animales no les importa. Tienen muchos recursos para adueñarse del lugar y darse una panzada. Otros corren hacia un tacho de basura gigante. Saltan, se meten y permanecen unos segundos, liquidando las sobras. Casi todo el tiempo reciben un regalo especial. Un plato repleto que llega de alguien que se arrepintió de comer, se sirvió demasiado o simplemente se quedó sin hambre.

No llueve nunca, el sol parte al medio y el calor es insoportable. Pero la playa que deriva en este hotel casi siempre está vacía. Están todos en la pileta.

El complejo, con jardines inmensos, está construido sobre las piletas, a lo largo y ancho. Algunas son privadas y sólo se pueden acceder desde la parte de atrás de las habitaciones. Otras, finas y extensas, recorren los pasillos que van hacia los restaurantes o la playa. Pero hay dos piletas gigantes en las que se junta la mayoría. Una es más bien tranquila. Tiene una barra bastante grande y algo de movimiento con algunas parejas. La otra, más grande, es otra cosa.

Es otra cosa.

Hay por lo menos cuatro parlantes gigantes con música todo el tiempo. Todo está pensado para que esa gente que decidió ni pisar la playa se quede en ese lugar. A veces, un poco de reggaeton para conformar a los latinos. Otras, algo de Justin Bieber o a la moda de Estados Unidos. La barra, enorme, da a la pileta y hasta tiene asientos redondos y sin respaldo en el agua. Casi no quedan lugares.

A unos metros, una red divide a dos equipos de unos ocho jugadores cada uno que practican una especie de vóley acuático. El juego es lo de menos. Lo importante son los fondos cada vez que termina un punto. Los gritos. Los abrazos. Los roces con el que esté al lado.

Una pareja de ¿europeos del este? de más de 55 años parece disfrutar todo lo que el día anterior no habían podido en la playa, pese a que se habían llevado un equipo de snorkel que casi no usaron. Él, pelado y muy flaco, sostiene una copa con un líquido violeta y congelado. Ella baila.

Alrededor de esa pileta están una parte de las habitaciones. A esa hora, en ese lugar, nadie duerme la siesta, nadie quiere dormir.

Aunque hay cuatro restaurantes en los que se puede elegir muy buenos cortes de carne, algunos correctos platos gourmet y postres que valen la pena, la mayoría de la gente prefiere ir al buffet, el único lugar que no se rige por un código de vestimenta (para ir a los otros lugares se necesitan pantalones largos y un calzado que no sea de playa). Ahí, hay un joven de unos 25 años que siempre se arma el mismo plato. En el costado derecho, nachos. En el medio, una hamburguesa cuadruple que mezcla con cebolla, queso y algún tomate. A la derecha, papas fritas. Alrededor, ketchup.

Es como si el fin del mundo estuviera a punto de acercarse y sólo queda comer todo lo que se pueda. Como si fueran osos que en poco tiempo deberán hibernar, como si necesitaran incorporar toda la grasa posible. Los platos, mucho más grandes de lo normal, tienen de todo. Los meseros van para un lado y otro, ofrecen champagne hasta en el desayuno.

El bus estaciona en una terminal, el chofer se baja, camina hasta la calle e indica el camino a los pasajeros. “Deben caminar derecho tres cuadras”, dice. Ahí, a unos 300 metros, está el famoso boliche Cocobongo, en Playa del Carmen. Fila india en una calle angosta. Bastante silencio, quizás por la expectativa de lo que puede llegar a venir. Un hombre gordo y negro, vestido con unas bermudas de jean, una remera de algodón roja y unas zapatillas gigantes, sale de la calle y va hacia la vereda. Se agacha levemente y vomita. Vomita como si alguien le hubiera prendido algún tipo de sistema de expulsión de líquidos que no termina nunca.

El ruido de su vomito golpeando contra el asfalto se escucha hasta desde la puerta de Cocobongo. Unos 20 minutos después, aparece caminando lentamente con su pareja, se incorpora la fila. Pero no va a resistir mucho. Esa noche, la acción terminó mucho antes que el resto. Esa jornada, no pudo aguantar el ritmo.

El all inclusive no es para todos.




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  1. Bernardo

    Muy buena la nota. Aunque me gustaría recomendarte una cadena hotelera ” Club Meditarrane “, también con la modalidad todo incluido, en el cual el punto clave de digenrecia es qué hay entretenimiento todo el tiempo. Ya sea deportivo o no. En la pileta, en el mar, en la playa o nieve. Depende que lugar vayas a visitar.
    Te lo recomiendo.

    Ahora bien…. el all inclusive fue para vos ?


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