The Young Pope: la máquina del poder

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Fuma como si la noche anterior hubiera sobrepasado todos los límites. Como si ya no le importara nada lo que piensa el resto. Como si estuviera flotando, en otro nivel, en otro ambiente. Como si tuviera resaca y el mundo le diera vueltas. El cigarrillo apenas sostenido. El brazo colgando, débil, listo para dejar caer un par de cenizas por ahí. La mirada perdida. Los ojos aburridos.

Lenny Belardo, el Papa, fuma como si no hubiera mañana.

The Young Pope, una serie del 2016 producida por HBO, Sky, Mediapro y Canal+, creada y dirigida por el italiano Paolo Sorrentino, es un poco la forma en la que a Lenny le gusta fumar. Caprichosa. Misteriosa. Aburrida. Confusa. Desafiante. Provocadora.

La serie, de diez capítulos y que ya tiene confirmada una segunda temporada para el 2017, cuenta el detrás de escena del representante de dios en el mundo (según los católicos, claro). Lo divertido -lo diferente- es que este personaje es mucho más que un hombre que hace de dios. A Lenny (Jude Law, correcto) ni siquiera le da miedo poner en duda la existencia de dios. No tiene problemas en situarse por encima de todo. No parece interesado en los papeles protocolares o diplomáticos. El Papa, primer estadounidense de la historia en ocupar ese cargo, es una máquina de construir poder.

Sorrentino, un pillo que ama a Fellini y que siempre le gustó jugar en posición adelantada, usa dos grandes bloques para contar la historia: la parte verosímil, que parece real, y la del delirio.

El costado real tiene que ver con la espectacular producción. Los jardines del Vaticano no pueden ser más perfectos que los que muestra The Young Pope, las oficinas, los cuartos, la vestimenta…la manera en la que se filman todos estos lugares no hace otra cosa que generar curiosidad.

Ah, entonces el Papa puede fumar, meterse en una pileta gigante y hermosa, pedir comida en cualquier momento, tener pesadillas, mirar mujeres…le da capturas a un personaje completamente secreto, le quita algo de margen a la imaginación.

Sí, puede hacer todo eso. Son los momentos en los que el relato se siente fuerte y sólido. Es una persona normal con mucha gente alrededor que lo consideran un escalón por encima del resto.

Después llega la parte del delirio: el papa, además de todo eso, también puede hacer milagros. Sanar a una señora que parecía muerta, conceder un hijo a una mujer estéril (una rubia con aspecto de estrella porno que camina por los jardínes del Vaticano haciendo explotar las cabezas de los hombres religiosos). Hacer que el clima cambie a su favor. Ahí, el relato entra en una meseta y no se termina de definir.

El gran problema de la serie es la dispersión. Cuando se podría haber centrado en el ‘papa malo’, decide distribuir su fuerza en historias y personajes sin peso. Salvo el cardenal Voiello, un entrañable fanático del Napoli, y algo de la hermana María (Diane Keaton), el resto no debería ser más que extras que acompañan un recorrido. Sin embargo, no sólo reciben demasiada atención si no hasta capítulos completos dedicados (el anteúltimo capítulo, momento crucial de la primera temporada, se dedica casi exclusivamente a un cardenal acusado de acosos y abusos; casi olvida a Lenny).

Da la sensación que esa idea de alejarse del protagonista principal no es más que un capricho de Sorrentino para mostrar la mayor cantidad de aspectos -negativos- de la Iglesia: la corrupción, lo antinatural de las reglas, lo hipócrita, lo antiguo y excesivamente lujoso del entorno.

La serie, en realidad, es un retrato de un hombre completamente obsesionado con el poder en un ambiente del que no se conoce casi nada. Cada vez que se alejó de esos márgenes, falló.

Se trata de uno de los trabajos más famosos, ¿prestigiosos? y populares del mundo. Siguiendo ese hilo, para ‘sobrevivir’ en ese puesto parece que hay que tener una cuota de maldad, roce, cultura y empatía. Lenny no tiene sólo eso, cuenta con mucho más. Es capaz de todo y sólo piensa desde la construcción del poder. Él pretende ser el hombre más poderoso de todos, aún si la institución que representa se ve desfavorecida. Es la máquina más perfecta y eficiente de todas; ni dios lo podría haber hecho tan bien.




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