Dunkerque : la crónica que no fue

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Hay una particular claridad en las imágenes. Todo se ve con una nitidez que transporta. Los sonidos estremecen. Las balas suenan demasiado reales. Las bombas explotan tan fuerte que dan miedo. Las situaciones son dramáticas. Hay desesperación, nada de consuelo. Lo único de lo que se acuerdan esos soldados es de su casa. Es lo único que quieren. Volver. Pura condición humana: sobrevivir, después lidiar con el resto.

La guerra se siente de verdad.

Cristopher Nolan entrecruza las historias de Dunkerque, una ciudad francesa en la que los británicos y los locales están completamente atrapados por los alemanes y no les queda más que escapar. Mezcla los tiempos con los espacios.

Tierra, aire, mar.

Una semana, un día, una hora.

La historia no parece más que un relato perfecto, lúcido y brillante de un episodio poco conocido de la Segunda Guerra Mundial. Pero no. Dunkerque pretende ser mucho más que eso. Y ahí es donde aparecen las fallas de un film con tanta calidad (la secuencia del barco encallado llegó para quedarse para siempre en la memoria) como caprichos.

Cristopher Nolan, un británico que Hollywood abrazó hace mucho tiempo como uno de sus grandes mimados, quiere demostrarle al mundo que es un muy buen director. Y no le cuesta nada lograrlo.

Nolan empieza a conseguir, como no demasiados (en Estados Unidos, Woody Allen y Scorsese, por supuesto, pero también Linklater, Paul Thomas Anderson, los hermanos Coen, Wes Anderson, etc), tener un sello.

Y ahí aparece uno de los problemas de su última obra. Nolan parece decirle al mundo “¡ey, miren qué buen director soy!”, antes que “¡ey, miren la película que hice!”.

¿Cómo se puede reconocer eso? En la ‘mano’ que pone. No le da ni un renglón a la naturalidad, todo está inducido a generar shock, una marca en el espectador. La música, extraordinaria pero muy protagonista en el relato, funciona casi como en una película de terror en la que los violines de fondo son un acompañamiento del suspenso. Una manija imposible de frenar.

Como si no fuera capaz de transmitir en base a la naturalidad.

La película no da respiro -aunque la cuestión temporal, que proponía una genialidad, se diluye con el correr de los minutos-, es entretenimiento del bueno.

¿Qué hubiera pasado si Nolan respetaba la idea inicial de la historia? Seguir a diferentes situaciones de la guerra (el aire, el agua, la tierra) en diferentes medidas cronológicas. Como si fuera un relato real, la crónica más perfecta de todas. Sin héroes, sin ni siquiera un final.

¿Qué hubiera pasado si sólo había hechos? Nada de interpretaciones.

Lo cierto es que Nolan terminó roceando su historia con un toque de heroicismo barato y una pizca de inverosimilitud en algunas situaciones clave (por ejemplo, los planos que usa nunca llegan a mostrar más de 20 o 30 barquitos que trasladaron, según cuenta la historia, a ¡350 mil soldados!).

Al final, terminó siendo la crónica que no fue. Qué maravilla hubiera sido.




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