Un gallo para Esculapio: cuando a la suciedad le falta un poco más de barro

Underground-1

La secuencia que termina de repartir las cartas está en el segundo capítulo. Nelson encara para el depósito del lavadero de autos. Va por Vanesa, la chica que trabaja en la caja con la que viene histeriqueando hace un tiempo. Ahí casi no hay diálogos. Él la agarra, ella accede. Él la arrincona, se baja los pantalones. Ella se cuelga. Y grita.

La cámara, lejana, no se involucra. Los acercamientos son más bien un compromiso. La cumbia de fondo tapa los ruidos que se podrían haber generado. No se muestran las partes débiles de los cuerpos. No hay estrías ni grasa. No hay lunares ni verrugas. En la escena de sexo, para nada importante en la historia, no hay verdad (sí, Lena Dunham logró en Girls lo que esta serie argentina no: sexo verosímil, potente, sincero). Los actores, Peter Lanzani y Andrea Rincón, salen indemnes, olvidables. Podría ser parte de cualquier novela de Canal 13, de lunes a viernes a las 22.

Un gallo para Esculapio, una serie argentina de nueve capítulos producida por Sebastián Ortega, dirigida por Bruno Stagnaro y transmitida por Telefé, TNT y Cablevisión On Demand, pretende retratar los mundos bajos de la ciudad, la zona oeste de Buenos Aires, la marginalidad. Y lo logra. Pero, a veces, resulta evidente que la idea queda a la mitad.

Nelson (Peter Lanzani, correcto) llega de Misiones a la estación de Liniers con la idea de encontrarse con su hermano, que vive ahí hace un tiempo. Pero la intención se descompone muy rápido. Se baja del micro, busca opciones, imagina cosas, piensa hacia dónde necesita ir. Y llega a una conclusión: primero, se trata de sobrevivir. Hay pibes chorros que dan vueltas, a la espera de manotear un celular. O ‘polis’ corruptos preparados para llevarse alguna coima. O simplemente hace demasiado calor.

La serie cuenta la historia de cómo Nelson se integra, siempre con el objetivo de encontrar a su hermano, a una banda de piratas del asfalto. El líder de ese grupo es el corazón del relato: Chelo Esculapio (que en el último capítulo contará a qué se debe su apodo) es un poco del Borges de El marginal, en su salvajismo y brutalidad, y de Tony Soprano, en su sueño de convivir con el mundo real que implica una familia, hijos, una sociedad que espera más que el líder de una banda de criminales. Luis Brandoni, magistral, le da peso al personaje. Es real.

El relato no se estanca en la idea del hermano que no encuentra a su familiar y extiende su panorama a otras historias. Ahí se destaca principalmente el hijo del líder de la banda, Loquillo (Ariel Staltari). Es perfecto. Es un desquiciado al que se supone que no le importa nada ni tiene filtros, pero en el fondo es más vulnerable que el resto, obligado a construir un caparazón de sinsentidos, lenguaje absurdo -y espectacular- y un look que pretende imponer miedo.

Un gallo para Esculapio, heredera directa de Okupas, El puntero y El marginal, funciona bien: con ritmo, con personajes que crecen a medida que transcurren los hechos, con ideas. Con un mundo muy bien retratado. Los túneles debajo de las autopistas donde la policía suele hacer los controles. Los edificios gigantes con miles de departamentos. Las calles con las luces apagadas o los potreros sin pasto. Las ferias llenas de inmigrantes (los negros que venden tecnología trucha, los bolivianos y sus bailes tradicionales, etc). El relato, valiente, no le importa dejar bien o mal parados a sus personajes, le da color a una sociedad enferma: corrupta, egoísta, amarga. Ahí, el protagonista, Nelson, luchará día a día contra la ambigüedad: para ganar poder y plata hay que ser un poco malo.

A la serie, que logra cosas buenas, le falta un poco más de desparpajo. Jugársela. Aunque la mayoría de las secuencias que se filman en la calle se lucen por hacer que el lugar sea casi un personaje más, no termina de crear su mundo. Por momentos, especialmente en las escenas ‘indoor’, todo luce prolijamente desordenado (especialmente en todas las secuencias de la pensión en la que vive Nelson; un trapito sucio por allá, una mancha por acá…). Y da la sensación de que a la suciedad de esta especie de far west del conurbano todavía le falta un poco más de barro.




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