Estación Peligro

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Camina como si no tuviera nada que hacer. Se dirige a una boca del subte, pero da la sensación que también podría frenarse en algún banco y quedarse ahí, tirado, esperando a que pase el tiempo. O pasar por un local de comidas rápidas por un par de hamburguesas. Lento, sin mirar a nada, sostiene un porro con la mano derecha. Con la izquierda carga una patineta. Da pitadas largas y larga el humo con la cabeza apuntando al cielo, bien hacia arriba. Lleva un buzo y se cubre la cabeza con la capucha.

Casi no hay nadie en la calle. Recién sale el sol, todavía se siente el frío de la noche. En Barcelona es lunes feriado. Los trabajadores duermen, los salidores regresan a casa.

Pasa los molinetes de un salto, sin pagar. Baja las escaleras corriendo, como si lo persiguiera alguien.

Cuando llega al andén, larga la patineta al piso, se sube y se desliza suavemente, como si quisiera pasear por ahí hasta el final del pasillo. Nunca apurado. A la mitad del camino, se detiene. Un grupo de unas ocho chicas, de entre 18 y 22 años, se ríen, gritan, bailan. Hablan francés. No les interesa disimular. Deshinibidas, a punto de terminar la noche, con vestidos, zapatos con tacos y el maquillaje cerca de perder la resistencia.

El tipo de la patineta detiene la marcha y se para adelante del grupo. Lo reciben con sonrisas, lo integran al grupo como si lo conocieran. Él parece contento.

Llega el subte. Todos arriba.

Arriba del vagón, el grupo de chicas no baja su excitación. Muchas se ríen y rodean al joven de la patineta, ahora popular, que está sentado en el medio de las francesas. Como si la fiesta del bar no hubiera terminado, como si pretendieran que la noche durara más.

En una estación en la que permite combinar con otra línea se baja buena parte del grupo. Algunas siguen. El recorrido por los pasillos del subte, largos y solitarios, son más o menos igual. Ahora el skater habla sólo con una chica. El resto del grupo se mantiene cerca, mira de reojo la situación. La pareja ríe. Ella parece divertida, relajada. Él empieza a hablarle al oído izquierdo.

Cuando llegan al andén para combinar con otro tren, el grupo se vuelve a dividir. Las chicas se dirigen al final para combinar con otra línea. Ella, morocha, con rulos, de unos 20 años, se queda con él, a la espera del subte.

Sola.

Ella camina hacia uno de los bancos de la estación. Van juntos. Él todavía le habla al oído. Siguen riendo. Se sientan. Pasa el brazo por encima de ella. Y ella cambia sus gestos por completo. Ya no ríe. Ya no le habla. Ya no coquetea. El brazo parece sentirlo como un intruso, como una advertencia realista de la situación.

Está en una ciudad que no es suya. Al lado tiene a un hombre que -ahora, sin el ruido de los gritos ni la excitación del volver a casa con amigas- da indicios de querer más que una charla amistosa. La sigue un tipo sin apuros ni dirección. Sin límites para estar con ella en ese momento. Ya no es para nada popular ni divertido. Y se pone seria. No le aparta el brazo, pero sí se corre unos centímetros hacia un costado, como para dar a entender lo que pretende: distancia. Él se pega más, todavía sonríe.

Entran al vagón. Poca gente en el subte, sólo grupos dispersos de salidores.

Él, pelo largo y algo de barba, ojos claros, no muy alto, flaco, vuelve a rodearla a ella con el brazo izquierdo y pone su boca cerca de su cachete. Usa la patineta para apoyar sus pies. Ella ya no le habla más ni le devuelve una sonrisa. Él no se detiene.

Se acerca, se aleja, se acerca.

Ella mira al piso. Cuando él vuelve a acercarse, se decide por primera vez a plantarse. Él vuelve a pasar el brazo. Ella, ahora, lo toma y se lo saca de encima. Lo mira a él con cara de disgusto.

Al final, después de un par de minutos en los que le dijo algo y ella lo ignoró, se da por vencido. Se para, la mira sin dejar de mostrar una sonrisa perdedora y se dirige a una de las puertas. Cuando se abren, tira la patineta al piso con fuerza, salta desde el vagón y se lanza por el andén a toda velocidad. No mira hacia atrás.

Ella mira el piso y, cada tanto, le sigue el camino a él. Cuando las puertas se cierran y el tren vuelve a estar en marcha, se desahoga. Lanza un suspiro larguísimo, profundo, denso. Se acomoda el pelo y saca el celular de la cartera. Relojea a los costados. Le da un vistazo al celular y tipea unos segundos. Después lo vuelve a guardar. Un par de estaciones más no parecen tranquilizarla.

Aliviada, vuelve a largar el aire. Tensa, expulsa los nervios. Molesta, vomita su impotencia.

Acaba de pasar de largo la estación Peligro.




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