Baldosas rotas

baldosas

Empieza a golpear la reja con la palma de la mano derecha. Tira por arriba de las vallas una piedra chica, despacio, casi en tono de burla, desafiante. Insulta a los que están del otro lado. Del otro lado, decenas de policías con cascos, palos y escudos le dan la espalda al Congreso y la frente a miles de personas que sacuden lo que pueden, hacen ruido como sea, aplauden, gritan, saltan. Se abrazan. Es la 1.30.

No debe tener más de 30 años, es joven. Camiseta de la Selección argentina, jean, zapatillas de lona. Vuelve a golpear la reja. Escupe. Grita. Una chica se acerca mientras castiga una cacerola con una cuchara de madera gigante. Le dice algo al oído. Se pone adelante. Él le responde. Ella también: le pide que no golpee, que no vale la pena. Pero no se ponen de acuerdo. Él vuelve a darle unos golpes a las vallas.

En la Plaza del Congreso, sobre avenida Rivadavia, no se puede caminar sin patear adoquines. Grandes piedras, pedazos de alguna pared, partes de monumentos que quedaron esparcidos en el piso.

Baldosas rotas.

La masa atrae a la gente. Por eso cuando un grupo de unos 15 pibes empieza a saltar con un poco más de fervor que el resto, unas 50 personas se acercan a ver qué pasa. Saltan porque a su alrededor hay un viejo que camina hacia las vallas. Se mueve con un bastón, tiene un aparato para escuchar en la oreja derecha y usa una boina blanca. Mira a través de los agujeritos como si estuviera en frente de su película favorita, como si no pudiera perderse ninguna secuencia. Y la gente lo abraza, le da la mano, le dice ‘gracias’.

La zona del Congreso, donde todavía se debate la Reforma Previsional, es un pedazo de guerra. En los alrededores, los carros de basura están prendidos fuego y bloquean las calles. En Avenida Hipólito Yrigoyen los locales están destruidos. Vidrieras explotadas, fierros dados vuelta, paredes saqueadas. Hay una cola de unas diez personas que pretenden comprar una cerveza o gaseosa en un bar atrincherado, cubierto por dos tapiales gigantes. Las paredes hablan con pintadas: “A la calle no le pueden ganar, a la calle no la pueden callar. ¡Con los jubilados y pensionados no!”.

Muchos jóvenes. Tocan música, se acuestan en lo que queda de pasto boca arriba y miran el cielo, aplauden.  Varios se agolpan sobre las vallas para descargarse.

“¡Desclasado!” “¡Vos también vas a ser jubilado, boludo!”.

Hay partes de la plaza que ya no están. Escalones que se esfumaron, pequeñas gárgolas partidas. Hay personas que ya no pueden estar en ese lugar, hay gente que los representa. Hay muchos vecinos que bajan las persianas de sus departamentos, apagan las luces y hacen que duermen. Hay otros que abren sus ventanas, suben el volumen de la TV y se instalan en los balcones, como si fueran una extensión de la calle.

Las baldosas rotas, pesadas, antiguas, no se podrían unir ni con toda la paciencia ni con la mayor efectividad. Hay partes separadas, peleadas, sesgadas. Caprichosas.

A las 3, cuando la gente empieza a desconcentrarse, una pequeña estampida que va desde la zona de Callao a la 9 de Julio. Hay una chica que grita “¡no corran, no corran!” mientras no para de correr. Todos miran hacia atrás como si se viniera algo muy malo. Pero no pasa nada. O sí. En la esquina de Virrey Cevallos, unos 30 policías hacen fila arriba de sus motos y apuntan con sus luces a la multitud. Es la primera vez en la noche que se percibe una -leve- amenaza. Del otro lado, los que parecían listos para ceder la noche ahora se agrupan. Entre grupitos activos que empiezan a moverse hacia el frente hay algunas personas con cascos de moto puestos que se dicen cosas en secreto. También algunos pibitos que seleccionan un grupo de piedras y las juntan sobre el cordón de la vereda.

En la otra esquina, un señor de unos 60 años le grita a la policía desde la calle. “¿Qué tienen que hacer acá? ¿Para qué están acá?”. Desde arriba de las motos, responden con sus vehículos: hacen rugir sus motores, como si estuvieran por arrancar contra los cientos que están del otro lado.

En el medio, las baldosas rotas.

Faltan pocos minutos para que se vuelva a repetir la secuencia de hace unas horas. Gente que corre. Gases y disparos que vuelan. Las baldosas, en el cielo. Otra vez.

A las 3.30 ya no va a quedar casi nadie en la plaza. Esas motos, al final, terminaron siendo algo más que una amenaza de motores y ruidos.

Lo único que permanece son las baldosas. Esparcidas en el pavimento, muertas en el interior de algún local. Demasiado acostumbradas a diciembres de furia. Testigos de una sociedad hecha añicos que no parece ni siquiera plantearse con que las piezas estén más o menos en un mismo lugar.




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