Mindhunter: el detrás de escena de los asesinos seriales

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Holden Ford trabaja en el FBI, tiene como objetivo entender la cabeza de los criminales y no está seguro de muchas cosas. Pero los indicios con los que cuenta más o menos instalados los sigue hasta el final.

1-Los criminales quieren hablar

2-Para entender a los retorcidos hay que ser un poco retorcido

3-El fin justifica los medios

Desde esos tres puntos gira Mindhunter, una serie que salió a nadar a un océano repleto de películas y programas relacionados al crimen y supo distinguirse con bastante altura por no preocuparse demasiado en lo que hay en el plato sino en la manera en la que se cocina. El detrás de escena.

La serie, estrenada en Netflix en el 2017 y con segunda temporada asegurada para el 2018, está basada en el libro Mind Hunter: Inside FBI’s Elite Serial Crime Unit, de Mark Olshaker y John Douglas. Cuenta cómo Ford y su compañero con mucha más experiencia y roce, Bill Tench, comienzan a crear una sección dentro del FBI que tiene como objetivo el estudio del comportamiento de los criminales. ¿El objetivo? Entenderlos, con la idea de empezar a descubrir a los responsables de crímenes y hasta anticiparse a lo que puede venir.

Más allá del tema, que va por el lado del entendimiento de lo inhumano, de cómo se forma el proceso de inmersión al terror, el color de la historia está pintado por su director de cuatro de sus diez capítulos: David Fincher. En la extraña química de la dupla de detectives hay un pedazo de Pecados Capitales. En el tono más bien lento, desesperante, se encuentra un toque de Zodíaco. En la creación de climas hay algo de Gone Girl.

Bajo la idea de que la llave para resolver los grandes crímenes es la metodología, Mindhunter se reserva los mejores momentos para las entrevistas que la dupla de agentes tiene con los grandes criminales que, presos para el resto de sus vidas o a la espera de que los electrocuten, se desviven por hablar, expresarse, dar a conocer sus puntos de vista. En ese juego, la relación que Ford tiene con Ed Kemper se termina por devorar a casi todo el resto de las relaciones del relato (incluso a la que el protagonista lleva con su novia, un ida y vuelta de caprichos sin mucho sentido).

La sensación general de la serie queda alrededor de esos largos viajes en avión que comparte la dupla. Muchos cigarrillos, humo que invade todos los espacios y vuela sin apuro, lento, a un ritmo cansino y preocupado por no apurarse. Es esa sensación de que el tiempo, el cómo, es lo más importante de todo. El sentido, en este caso, no es mostrar el momento del asesinato ni una escena del crimen salpicada con sangre en las paredes. Todo lo contrario. En Mindhunter, el foco está puesto en lo que -hasta ahora- no se había mostrado mucho: el detrás de escena de los retorcidos desde la observación, del estudio, de los levemente desviados.




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