Voyeur: el ocaso del escritor ego

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Pasa con Hemingway. También con Norman Mailer. O Tom Wolfe. Y con Gay Talese. Son escritores-egos. En sus líneas están ellos. Atrás de sus personajes están ellos. En las descripciones que hacen -mágicas, llenas de imaginación y talento- están ellos. En las acciones, colores y desenlaces, ellos.

Ellos se creen tan buenos, son tan buenos, que su escritura se vuelve como un monstruo de dos cabezas que golpea desde las palabras en sí, pero también por el hombre que está atrás de esa máquina de escribir o esa computadora. Los personajes y sus ideas que crearon de sí, su autoexigencia y feroz competitividad los expone a un nivel diferente del resto.

Lo que exhibe el documental Voyeur, de los directores Myles Kane y Josh Koury y publicado en Netflix en diciembre del 2017, es exponer de una manera ¿cruel? y brutal a ese ego-escritor. Gay Talese tiene tanto ego que en el enorme despacho en el que trabaja en un coqueto departamento del East Side de Nueva York tiene hasta una gigantografía hecha cartón de su cuerpo que probablemente se haya usado en la presentación de algún libro de él o algo por el estilo.

No tiene nada de malo ser egocéntrico. Gay Talese, como el resto de los escritores-egos, lo necesita para ser tan bueno. No se puede ser excelente sin eso para el estilo de textos que él escribe. Pero lo que hace Voyeur es llenar la licuadora y cuando al ego de un viejo se suma el ocaso, el licuado termina siendo duro y apabullante.

El documental, con buen ritmo, construido correctamente y con plena disposición de los personajes para exponerse a situaciones en las que no siempre se los ve del todo cuidados, muestra el proceso de construcción del libro de Gay Talese El motel del voyeur. Trata sobre un hombre que compró unas cabañas muy al estilo Psicosis con el único objetivo de espiar a los clientes mientras tenían sexo, se peleaban…o se mataban.

El relato comienza a perfilarse como una especie de pintura de Gerald Foos, el voyeurista, pero, a medida que pasan los minutos y la introducción, da un vuelco sutil: el foco se pone en Talese y el armado de su historia a partir de la particular relación que tiene con Gerald (en una de las reuniones con sus editores, el periodista asegura que su fuente no es alguien “degenerado sino una persona normal”. Pero no es así: este gordo con habla lenta, algo ignorante, en busca de algún tipo de salvación sobre el final de su vida, sí es un degenerado).

Es una construcción que lleva 25 años, demasiado tiempo. Es una construcción hecha con rigurosidad y excelencia. Es una construcción al estilo Talese, un hombre que necesita vestirse siempre como si asistiera al casamiento de su nieta, como si la vida sólo tuviera espacio para aspirar a lo más alto, a lo elitista.

Pero algo sale mal. Talese, creador de alguna de las mejores crónicas del siglo XX (lean ‘Sinatra está resfriado’ o ‘Ali en La Habana‘), tiene algunos errores importantes en la investigación. Y queda expuesto.

Los momentos de fragilidad de Talese son desgarradores. Es como ver noqueado a Muhammad Ali o presenciar un recital en el que Paul McCartney olvida los acordes de Yesterday.

Según le reportan, parte de las historias que publicó con Gerald como dueño del hotel no podían haberse dado bajo ese estatus porque había vendido la propiedad mucho tiempo antes a otra persona. Es decir: o inventó todo lo que dijo o Gerald siguió accediendo a los sistemas de ventilación del motel como una especie de invitado VIP. La resolución no es tan importante. Lo fundamental, lo extraordinario, es la convivencia del periodista infalible con el fracaso. Los directores no parecen tener miedo en tumbar al mito. Talese queda expuesto cuando parece imponer su trabajo sobre todo, cuando explota por una posible grieta en la investigación, cuando se enoja demasiado ante preguntas que lo incomodan.

Pero también es fascinante la naturaleza del escritor-ego. No está dispuesto a perder. Entonces, termina encontrando una forma de acariciar su ego, que parecía completamente destruido. Al escritor-ego no le gusta perder a nada, pese a que para muchos besó la lona definitivamente.




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