Los dibujos de la libertad

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Entre una pila interminable de pelo, que pudo haber sido una tela. Rubio, negro, marrón. Largo y grueso. Corto y fino. Atado, con trenzas, o suelto.

Entre zapatos. De todos los colores. En punta o cuadrados. De suela dura, abrigada o desabrigada. Desde el piso hasta el techo.

Entre anteojos. Los circulares. Los rectangulares. Los rotos. Los impecables.

Entre valijas. Grandes y chicas. Con nombres y direcciones. Con un sentido de pertenencia de ficción. Con una idea de retorno que no existe. Con una identificación que ya no está.

Entre latas de gas vacías.

Entre fosas y cámaras de gas de ladrillo explotadas.

Entre muletas y piernas ortopédicas. Gastadas, machucadas, apretadas, rotas. Símbolo de la resistencia, imagen de la crueldad.

Entre platos, tazas, potes. Sucios. Blancos. Con las puntas demasiado desgastadas. Con agujeros por todos lados.

Entre muros infranqueables y dioses de la muerte.

Entre el frío y la nieve, los pies blancos y las manos que nunca paran de temblar.

Entre el ‘qué hubiera pasado si’.

Entre una cama individual para tres y un baño para cien. La intimidad ya es cosa del pasado.

Entre trabajo demasiado duro, reflejo de esclavitud. El cuerpo llega a límites fuera de lo común, aunque en algún momento dice basta.

Entre sinsentido, rejas que dividen, armas que prohíben.

Entre un alrededor en silencio, un secreto que ya no es secreto en ningún lado.

Entre trenes que vienen y que van. Que llegan con mucha gente y regresan vacíos.

Entre cuartos mejores que otros, entre hombres que cedieron por una lámina de colchón.

Entre vagones sin aire ni luz.

Entre retratos sin brillo, cuadros de marco negro y fondo blanco. Miradas perdidas, desorientadas. Ojos vidriosos, pelo saqueado y orgullo herido.

Entre desorientación y pérdida de la identidad. Cuando el ‘yo’ no está más. Cuando no se distingue al otro.

Entre diez inodoros que no tienen tapa, uno al lado de otro, sin una estructura que los divida ni regale algo de privacidad, y una pileta para lavarse con cuatro canillas de cada lado hay tres dibujos en las paredes laterales.

Dos nenes de unos siete años. Desnudos. El que está parado tiene una especie de jarrón y le tira agua al que está sentado, que recibe el chorro con alegría. Un juego, como si tuvieran calor y quisieran refrescarse un poco.

Dos hombres a caballo, en cuero, vestidos solo por un pantalón corto. El agua cubre casi todo el cuerpo de las fieras. El que va adelante mira hacia atrás y sonríe. Como si estuvieran en un paseo, sin presión por llegar a ningún lado.

Dos gatos con rayas, como si fueran tigres de miniatura, se bañan. El de la izquierda se pasa la pata delantera derecha por la nuca, mientras baja la cabeza y apunta la mirada al piso. El de la derecha, se chupa la pata de adelante izquierda y levanta la cola casi a la altura de la cara. No se miran.

Un artista anónimo, desconocido. Un valiente del que no se sabe su fin.

Habrá ocurrido entre la desesperación. Se habrá pensado con la sensación de que, a esa altura, sólo valía tomar el riesgo. Se habrá meditado desde el instinto. Se asumió el peligro desde la defensa, todavía quedaba un resquicio de humanidad. En uno de los baños de la barricada 7 de Auschwitz I, el campo de exterminio más grande del nazismo, en Cracovia, al sur de Polonia, donde murieron más de un millón de personas en poco menos de tres años, hay tres dibujos que se conservan desgastados pero con los colores distinguibles y el concepto imborrable: una creación para sentirse vivos. Una idea para tocar la libertad. Un símbolo para escapar. Un toque de condición humana entre un pedazo de terror.

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