Oscar 2018: por qué Three Billboards Outside Ebbing, Missouri

oscar2018

Hay una idea de inestabilidad en Three Billboards Outside Ebbing, Missouri que la hace diferente a las demás películas nominadas como mejor film al Oscar 2018. Está esa sensación de locura, de imprevisión, que le da un poco más de fuerza. Cuenta con el encanto del largo recorrido. Porque, a pesar de que la Academia se obsesiona con premiar lo políticamente correcto, como lo hizo el año pasado cuando dejó en el camino a la brillante La La Land por la obvia y fofa Moonlight, las que quedan no siempre son las ganadoras, sino las que resisten el paso del tiempo.

Entre Spielberg, Paul Thomas Anderson o Cristopher Nolan, tres gigantes que, en esta camada no regalaron sus joyas más brillantes, Martin McDonagh regala un pedazo de identidad. Y de verdad.

Three Billboards Outside Ebbing, Missouri está destinada a ser un clásico.

Acá, una tradición de Crónicas de calle que ya lleva ¡ocho! años.

Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, Martin McDonagh.

La hermosa sensación de ver una película con la idea de que los personajes no tienen control. Es así: Mildred (Frances McDormand, brutal) perdió a su hija en un crimen que está muy lejos de resolverse, y no le importa nada. Pero no es sólo la madre que perdió el sentido de la vida. Es el pueblo que parece más allá del bien o del mal. Desde el policía al dentista. Es un lugar al sur de Estados Unidos donde cada uno defiende lo suyo como puede. Casi como si fuera un western.

Raped while dying

McDonagh inventa prácticamente una nueva forma de lenguaje. Decide contar su historia desde el lado de la tragicomedia. Expone a los personajes con una sinceridad efectiva. Los policías del pueblo son racistas, ignorantes, lerdos y despreocupados, pero la forma en la que se los muestra deja un costado de simpatía. El propio sheriff (Woody Harrelson, siempre sólido) se ríe de su propio equipo cuando le tiran en cara que su grupo era un poco problemático. ¿Qué más se puede pedir en un lugar así de Estados Unidos? Ebbing, Missouri.

And still no arrests?

Es, claramente, una película tomada bajo la mirada de los hermanos Coen, con esa idea de que nada de lo que pasa puede ser real. ¿O sí?

How come, Chief Willoughby?

Fascinante la idea de que la cabeza de una organización debe pagar, aunque tenga o no que ver con la negligencia o la corrupción. Mildred no mira al costado ni duda: no hay perdón para nadie y mucho menos para el líder, aunque muestre credenciales de buena predisposición.

Dunkerque, Cristopher Nolan.

Una película tan brillante como caprichosa.

La guerra se siente de verdad. Cristopher Nolan entrecruza las historias de Dunkerque, una ciudad francesa en la que los británicos y los locales están completamente atrapados por los alemanes y no les queda más que escapar. Mezcla los tiempos con los espacios.

Tierra, aire, mar.

Una semana, un día, una hora. La historia no parece más que un relato perfecto, lúcido y brillante de un episodio no tan conocido de la Segunda Guerra Mundial. Pero no. Dunkerque pretende ser mucho más que eso. Y ahí es donde aparecen algunas fallas de un film con tanta calidad (la secuencia del barco encallado llegó para quedarse para siempre en la memoria) como obsesionada.

Cristopher Nolan, un británico que Hollywood abrazó hace mucho tiempo como uno de sus grandes mimados, quiere demostrarle al mundo que es un muy buen director. Y no le cuesta nada lograrlo.

The Shape of Water, Guillermo del Toro. 

El valor de la fantasía, de la magia, del encanto. Siempre hay que rescatar la obra de un artista que se para ante el mundo con la idea de inventar, de ver las cosas de otra forma, de acomodarse lejos de lo ‘normal’. Esta película es fascinante, señores: la protagonista tiene sexo con un extraño monstruo en un baño inundado, a punto de gotear una manzana de edificios entera.

El tono tiene un costado clásico y el argumento regala varias intermitencias (algunos personajes cantados y previsibles), pero la imaginación le gana a todo. Es para no preocuparse mucho, simplemente maravillarse y mirar con los ojos bien abiertos lo que pueden hacer las criaturas: las que viven adentro y afuera del agua.

Phantom Thread, Paul Thomas Anderson. 

Una extraña y venenosa delicia. Paul Thomas Anderson se vuelve un director de repertorio amplio. Cambia intensidades, se corre de tema en tema, va de un lugar a otro en busca de la película perfecta. No costaría imaginarse a él como su protagonista en este film, Reynolds Woodcock (Daniel Day Lewis, admirable).

El relato es casi un perfil como la historia de una relación enfermiza. El toque de descripción del personaje principal es brillante: cuando una persona es tan buena en lo que hace -y se lo cree- que todo el resto del mundo viene en segundo plano. Esa sensación se transmite a la perfección, hasta irrita. Lo otro, la relación enfermiza, le da el costado perverso, pero también algo repetitivo y carente de pasión.

Thomas Anderson filma como Woodcock haría un vestido: como si fuera el último, como si necesitara quedar en la historia. Como un clásico.

Lady Bird, Greta Gerwig.

Una película que viene de la rama de Little Mis Sunshine y Juno: contar la vida con un tono más bien cool, divertido, moderno. La diferencia con las primeras dos es que en esta se nota demasiado la idea de imponer. Imponer correcciones políticas (la cuestión del aborto, la educación religiosa, el tema gay). Imponer momentazos (cuando ella se tira del auto, cuando tiene sexo por primera vez, etc). Imponer enseñanza.

The Post, Steven Spielberg.

Hace un tiempo largo que Spielberg perdió el ‘tacto’. Es verdad: siempre le gustó el costado más bien sensiblero y emotivo, pero su última versión es una que tiende a alejar mucho más que a acercar. Muchos compararon a esta obra con la excelente Spotlight, pero así como la otra se centraba en el proceso periodístico, The Post abraza mucho más la cuestión moral. La cuestión moral, un tema que obsesiona a este director. Es decir: los conflictos de esta película bien podrían ocurrir en una cocina, una embajada o un diario. Una persona con poder debe tomar decisiones.

Caballo de guerra. Lincoln. Puente de espías. Una larga tanda de obras demasiado amigas de la bajada de línea. En The Post, Spielberg no es demasiado meticuloso ni práctico como otras historias del mismo género.

Call Me by Your Name, Luca Guadagnino.

El amor, el amor. El amor adolescente, el amor de la juventud, quizás. Call Me by Your Name parece un cuento, una historia pequeña, pero de ninguna manera una novela, lo que parece terminar siendo con esta película, larga para un conflicto sencillo como simple: un adolescente enamorado de un hombre mayor (que se supone que en la historia sería de un joven de 24 años, pero el actor debe tener unos 30 y pico, cuestión que hace todo un poco más raro).

La historia pasa por momentos: al principio, en su punto más alto, la tensión sexual de Elio se vuelve casi insoportable (en el buen tono). Después, cuando se concreta parte de la relación, se pierde fuerza. Al final, con la nostalgia adolescente de él, se termina en más bien aburrimiento.

Get Out, Jordan Peele. 

A Chris, negro, le llegó el turno de conocer a los padres de Rose, blanca. Él le advierte que sería bueno avisarle que él es negro. Ella no duda. “No hace falta, mis padres son súper abiertos, inclusive votaron a Obama”. No faltará demasiado para percibir que este relato tendrá un toque tan grande de suspenso y terror como de obviedad ante el juzgamiento racial-ético. En medio de situaciones ridículas y hasta hirientes, el tono nunca termina de ser serio. Todo lo contrario. La película se vuelca hacia lo inexplicable (¿como toda historia de terror?) y cae definitivamente.

Darkest Hour, Joe Wright. 

Difícil vida para las biopic. Complicada porque muchas veces resulta simplemente imposible meterse en la piel de un personaje. O porque otras veces parece todo armado sólo para hacer lucir a un actor pese a que el conjunto -la historia- puede quedar en un segundo plano y carecer de fuerza.

En esta historia, que relata los comienzos de Winston Churchill como primer Ministro británico, en pleno conflicto de la Segunda Guerra Mundial y con Inglaterra al borde de la derrota, especialmente moral, todo transmite en velocidad crucero…y aburre un poco. Como pasa casi siempre, los Oscar revelan tendencias y varias veces las películas nominadas hablan sobre los mismos temas. En este caso, el tema Dunkerque, un episodio bélico que parecía olvidado y retomó potencia casi de la nada. Pero el foco no se vuelca especialmente sobre esa misión, tampoco sobre el costado político ni sobre el pueblo inglés. Es un perfil de uno de los hombres más conocidos del siglo XX. Nada nuevo por acá.




There are no comments

Add yours