Bafici 2018: los diez días más lindos del año

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Ojalá existieran dos ediciones de Bafici por año. Es así: es hermoso ir todos los días al cine.

Cansa un poco, distrae del día a día, saca tiempo. Pero qué más da. También refresca, da ideas, genera entusiasmo, comunicación. Inspira.

Aire nuevo.

Está claro que no es Cannes ni Berlín pero cualquiera que ame al cine disfrutaría de las buenas propuestas que se suelen ofrecer. De lo exótico a lo clásico, de lo estúpido a lo innovador. De lo artístico a lo excelente.

Acá va la tanda de mini críticas del Bafici 2018:

The Breadwinner, Nora Twomey (2017). Hace algunos años, en el 2014, hubo una película hermosa llamada Song of the Sea. Resulta que no fue una casualidad. Cuatro años después, Cartoon Saloon, un estudio irlandés, mantuvo la calidad con esta gran historia.

Mucho menos fantasiosa, mucho más realista. The Breadwinner se mete en la cultura de Afganistán, en la cuestión de la mujer, en la locura de un régimen que pierde el sentido, en cómo las formas de vida pueden cambiar tanto sólo por formar parte de otro territorio.

Como en el anterior film, el relato se cuenta desde dos partes: una que sigue el hilo de la historia y una especie de cuento-moraleja que acompaña el desarrollo de los personajes desde un costado casi mitológico, de leyenda.

Esta es la historia de Parvana, una chica que no puede ser chica. The Breadwinner denuncia con sensibilidad una realidad de lugares en los que la mujer no puede salir a la calle, no puede mirar a los ojos, no puede estar destapada, no puede ser nada.

La animación es un encanto. Mantiene un nivel de detalle altísimo y una sencillez que funciona a la perfección con lo que se cuenta. La música también se perfila alto.

La película es bastante cruel y no se permite guardar detalles duros ni va a menos ante una realidad que necesitaba ese nivel de realidad y verosimilitud.

Con toques de Persépolis y hasta La tumba de las luciérnagas, como confesó la propia directora, el film tiene algunos momentos en los que se estanca para ser una obra maestra a esa altura, pero, sobre el final, vuelve a arrancar y no se guarda nada. Una joya.
Village Rockstars, Rima Das (2018). Ay, qué personaje fascinante Dhunu, la nena que no quiere jugar con nenas, que prefiere revolcarse en el agua con los nenes, arriesgar sobre una bicicleta a todo lo que da o reírse de cualquier conversación varonil.

Village Rockstars es una crónica que relata un estilo de vida. Cómo es el día a día de una nena en un pueblo remoto de la India. Cómo va al colegio, qué come, con qué sueña. Qué se dice la gente entre sí. De qué tono son los colores.

Cómo se transfiere la cultura.

Qué buen ojo tiene que tener Rima Das, la directora, para encontrar planos tan hermosos. Es hermosa esta película.

Es tan hermosa que se vuelve un exceso. Es un relato que asume un toque liviano que en esa realidad no debería percibirse de manera tan abierta. Es una historia a la que le falta un toque de crueldad (sí, por más que la vida de Dhunu no sea para nada fácil, todo resulta muy light).

Porque en un pueblo de la India los chicos que se pelean no se tiran al piso y se ensucian un poco. Se rompen la cabeza a piñas, empiezan un juego violento que necesariamente tiene que terminar mal. ¿O no?

Y las nenas pueden soñar con una guitarra, pero la guitarra nunca debería llegar. ¿O si?

Queda la idea de que le faltó pisar el acelerador. Ir hasta el final. Ser un poco más malo. Considerar que Dhunu puede ser una princesa, pero nunca una de Disney que siempre se sale con la suya.

Las Vegas, Juan Villegas. Una mamá llega con su hijo de 18 a Villa Gesell. El padre de él, casualidades de la vida, hace lo mismo pero con su novia colombiana de 23 años, y justo en el departamento de abajo del mismo edificio.

Esta es una historia de reconstrucciones de las relaciones. De la crisis de una mujer (una desquiciada querible, en realidad) que está por llegar a los 40 pero no se encuentra mucho. De un hombre perdido. Y de un hijo que hace lo que puede.

Esta película necesita al menos tres repasos más en el guión. A esas letras hay que pulirlas de verdad, porque la sensación es que todo lo que se ve es una mentira. ¡Qué forzado luce el relato! Los actores interpretan con una dureza llamativa.

Nada de esto sería del todo malo si Las Vegas apostara por ser grotesca a propósito. Ser tan grotesca que lo grotesco -lo obvio, lo burdo- sea la esencia de la historia. Pero no. En realidad, la película carece de verdad porque es mala.

La pareja madre-hijo se lleva pésimo con la dupla papá-mujer joven, pero por alguna razón deciden pasar todo el tiempo que sea posible juntos (sí, está claro que hay segundas intenciones detrás, pero ninguna persona más o menos normal desearía sufrir tanto para llegar a un punto; ¿o sí?).

El sexo no dice nada, la música no contagia, los chistes no pegan. Desde la base (la reconstrucción de una pareja que está a punto de llegar a los 40) hasta los detalles (la forma en la que se visten los guardavidas en la playa, los extras que leen el diario, los gags brutos), nada funciona en Las Vegas.

Ryuichi Sakamoto, Stephen Nomura Schible (2017). Cómo disfruta de los sonidos de la lluvia. Cómo se relaja cuando las gotas golpean el piso, cuando rebotan sobre charcos. Lo enamora tanto que se pone un balde en la cabeza y sale a empaparse sólo para percibir mucho mejor cómo suena.

Ryuichi Sakamoto, uno de los grandes compositores del mundo que puso parte de su corazón en el cine, a la altura de Ennio Morricone, Joe Hisaishi o John Williams, es una de esas personas que son tan buenas para algo que no necesitan más que pensar en eso, respirar eso. Es, también, un ángel luminoso que inspira a un mundo gris, acostumbrado a lo rutinario, chato y vacío. Vive para transmitir pasión.

El documental de Stephen Nomura Schible es un retrato del hombre-genio. El relato va de un lugar a otro, de una pieza musical a otra, pero mantiene la esencia de mostrar a un artista diferente al resto, con una sensibilidad especial (es de Japón: fácil pensar en varios momentos en Hayao Miyazaki y en el documental El Reino de los Sueños y la Locura).

La película va mostrando las diferentes facetas del personaje (de una enfermedad a su preocupación por el medio ambiente, de sus viajes en busca del sonido eterno a sus obsesiones en el trabajo), pero pone su foco en el amor que Sakamoto siente cada vez que inventa un sonido (quizás hubiera interesante verlo fuera de su ámbito; cómo se relaciona alguien así en las cosas generales de la vida). En un bosque, en un estudio, en la nieve, en un glaciar. Sus gestos son impagables.

Ryuichi Sakamoto es una pieza de pasión.

Takara (2017), Kohei Igarashi Damien Manivel. Recorre el camino con su hermana, desde unos metros más atrás. Se distrae con la nieve, observa los pozos, nota cómo el blanco se ensucia con el barro. Hace que entra al colegio, pero escapa. Primero, come una mandarina. Después, empieza la aventura.

Takara es la tierna historia de un niño que parece perdido y desorientado, pero va en busca de algo muy claro.

La película -corta, de no más de una hora y media- sigue las aventuras de un chico no mayor a siete u ocho años en un pequeño pueblo japonés pasado por nieve.

En el recorrido, en el que en ningún momento se da un diálogo, se van percibiendo diferentes cosas: primero, el clima como un personaje más. La nieve que se mete en los zapatos, que retrasa la caminata, que sirve de colchón para una siesta. Después, el lugar. Un espacio en el que un niño puede ir de un lado a otro sin temor a nadie, una idea de inocencia que no se consigue casi en ningún otro lugar del mundo.

La historia parece vagabundear tanto como el chico hasta que el final da un pequeño guiño con el que consigue un toque de dulzura y cierre.

La cámara parece estar siempre en el lugar perfecto.

Simple, chica, gigante.

A Man of Integrity, Mohammad Rasoulof (2017). El mundo es un lugar malo. Pero en Irán, según cuentan algunos, es mucho peor. Repleto de corrupción, inmoralidades y opresiones. Pero principalmente sin libertad. Por eso Jafar Panahi, Asghar Farhadi y Mohammad Rasoulof arriesgan sus vidas sólo por hacer cine para enseñar parte de lo que se vive.

A Man of Integrity relata un tema repetido en el cine iraní: el dilema moral ante un sistema que no tiene sentido.
Carece de lógica porque no hay ninguna idea de justicia, casi nada de protección a un ciudadano común. Todo se arregla con plata o contactos.

Contra todo eso tiene que luchar el protagonista de esta historia, que tiene una granja con supuesto valor. Y, por supuesto, se la quieren sacar. El relato va por todos los sectores del pequeño pueblo, sucio, gris, rencoroso. La transformación del personaje, de tipo bueno a loco capaz de todo, es espectacular. También la relación con su mujer y todo su entorno.

Los fondos de varias secuencias muestran los cuadros de los barbudos que están al mando del régimen. La idea es de control excesivo, la sensación es de asfixia.

Quizás la película da demasiadas señales. Se excede en mostrar lo malos que son todos, además de abrir más de una punta, que le quitan peso a la historia.

An Elephant Sitting Still, Hu Bo (2018). Es un color grisáceo. Es una música intensa, golpeadora. Es un tono de abandono. Es la calle repleta de basura. La casa con el baño inundado. El peor colegio de la ciudad. Es el rector con la alumna. El gordo que hace bullying. El abuelo que es destratado. Los infieles. El suicida.

An Elephant Sitting Still, película china de Hu Bo, es la vida desde un punto de vista terrible, desolador.
El director usa cuatro horas (¡sin intervalos!) para recorrer la historia de cuatro personajes que, al final, por una razón y otra, tendrán caminos similares.

Este es uno de esos relatos que se impregnan, que dejan un olor que cuesta sacar, que genera costras.
Quizás porque este testimonio se aleja mucho de cualquier tipo de tibieza. Este mensaje es de crudeza, de vida dura, de pasillo sin salida.

Es una verdadera locura que la película dure tanto. Hay algunos renglones de más, secuencias que duran demasiado y diferentes problemas para resolver situaciones con verosimilitud.
Pero, con todo eso encima, a medida que avanza la historia va dejando la dispersión y se mete en una profunda tensión.

Más allá de que en esta edición del Bafici todos hablan de La flor, la película de Llinás que dura 16 horas, resistir cuatro horas no es fácil, es una batalla psicológica y física que termina afectando la manera de apreciar la pantalla.

Una experiencia inolvidable.

The Great Buddha +, Hsin-yao Huang (2017). El blanco y negro le corresponde a la realidad. El color, al otro planeta, al lugar de los ricos, los que están más allá. Con un toque de ironía melancólica, The Great Buddha le anuncia al mundo que en Taiwán -¿o en el mundo?- todo está desequilibrado.

Las imágenes en color son las que ven Pepino y Belly Bottom, dos amigos que comparten las noches haciendo guardia en un taller de budas.

Es una historia que cuenta algo general (la corrupción, la desigualdad, las injusticias) desde una mirada local (las salas de juego, ¡las máquinas de peluches!, el budismo).
Original, la película empieza con la voz del director que advierte que intervendrá en varios momentos de la historia.

Gran recurso.

El relato es difícil de interpretar, pero en el buen sentido: por momentos es una comedia un toque bizarra. Por otros, las imágenes toman una poética alucinante. Hay secuencias en las que los personajes principales parecen vacíos y sin nada para ofrecer. Otras veces son interesantes y profundos.

Una pequeña obra maestra.

Happy End, Michael Haneke (2017). Se nota mucho cuando un director de jerarquía alta decide bajar el pie del acelerador con alguna de sus piezas. Quizás porque la idea de ir siempre atrás de una ‘obra maestra’ es demasiado desgastante. O se puede deber a la necesidad de descansar y tomarse algunos gustos para tomar un poco de oxígeno.

En la última película de Haneke, parece obvia la decisión. Aunque la historia no está mal, sí se percibe un estilo mucho más destilado si se lo compara con sus habituales films. Haneke es un director descarado, profundo, irónico y cruel. Suele exponer a sus personajes desde un absurdo existencial difícil de explicar, que hasta puede caer mal. Pero su firma es quizás la idea de jugar siempre al fleje sin importarle nada de nada (algo de eso se ve en la decisión de filmar a una nena de doce años como si fuera una mujer).

En Happy End vuelve a recurrir a varios de los temas que más lo seducen (una de las relaciones más espectaculares del relato es la de un abuelo con su nieta, dos suicidas en potencia; también da vueltas una y otra vez con la burla -demasiado obvia- a la burguesía, que pretende arreglar todo con dinero, chocolate o lo que sea), pero el film se siente algo más improvisado, menos denso que otros.

La película -que empieza bastante dispersa y de a poco se vuelve más y más potente- tiene varias secuencias muy buenas, pero una inolvidable: la del final.




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