Wild Wild Country: la religión de la religión

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No se termina de entender. No queda claro si creen en un dios o muchos. Si consideran que vale la pena rezar. Si hay algo más atrás de los bailecitos, el sexo, el color rojo y la meditación. Si lo mejor es leer la Biblia, el Torá o el Corán. No se sabe. Wild Wild Country, la serie documental que publicó Netflix en abril del 2018, se corre de lo que supuestamente proclama una religión. Apunta hacia otro lado. Y el resultado es espectacular.

Lo que sabemos de Bhagwan Shree Rajneesh es que tiene una barba inmensa, símbolo de sabiduría, de los magos, de los que tienen experiencia. También que le gusta mucho apoyarse las palmas de las manos unas con otras, pegar dedos con dedos, y dar el típico saludo de la India: ‘namaste’. Y no mucho más. Es probable que muy pocas personas sepan algo más sobre él, un predicador que se aleja de las religiones tradicionales y le dice sí al sexo, a la idea de una nueva sociedad…y a la plata de los estadounidenses y los europeos. Por alguna razón inexplicable, cientos de personas empezaron a seguirlo (se habla mucho de energía y de sensaciones, pero nada de palabras o enseñanzas reales). Primero, en una especie de campamento de meditación en la India. Después, en Antelope, un pueblo de Oregon, Estados Unidos, de 40 habitantes.

El sueño de este señor (llamado Bhagwan, y también Osho) era crear una ciudad con parámetros diferentes al resto del mundo. Y lo hizo.

Hay una idea de esperanza fuera de lo común alrededor de esta religión, el movimiento rajnishe. Gente que abandona a sus hijos para plantar verduras, meditar y tomar sol desnudos al aire libre. Multitudes dispuestas a todo para verlo a él. Lo que desencadena en la pregunta de qué pasaba en los 80 para que tanta gente se lanzara a eso (quizás una generación que cargaba con demasiadas cosas malas y un color gris que no se podía sacar de encima).

Más allá de la increíble descripción de cómo se construyó esta ciudad y la guerra que se armó entre esta nueva comunidad y los viejos habitantes del pueblo (acá, el documental se conecta -con clase- con lo profundo del Estados Unidos ultra conservador, cowboy, votante de Trump), el foco tiene una mirada alucinante sobre lo que pasa alrededor: la religión de la religión.

Alrededor de la religión hay una suerte de papa recluido en una casa que no dice casi nada pero muchos lo consideran superior. Una secretaria, Sheela, que tomó un rol de liderazgo excesivo. Y, lo más importante, una forma de relacionarse con la jerarquía. Ser amigo de Osho es, por ejemplo, formar parte de un círculo privilegiado. Tener lugar en la mesa chica es contar con acceso a cosas grandes.

La ciudad no es poca cosa: tiene pista de aterrizaje, varios aviones, 20 Rolls Royce, niveles de ganancia altísimos (porque los fieles, seducidos quizás por el boca a boca o la idea de tener que aferrarse a eso porque si no no queda nada, compran camisetas con la cara de un señor barbudo, tazas con la cara de un señor barbudo, sacos rojos como los que el señor barbudo proclama que hay que usar).

Casi no se nota, tiene una sensibilidad admirable, pero Wild Wild Country es una burla. La cámara muestra a miles de personas gritando al cielo que son felices mientras al lado de ellos, justo atrás del escenario, cuatro o cinco se pelean (y hasta intentan matarse entre sí) para quedarse con lo que -al final- termina siendo un móvil demasiado adictivo y pesado para (casi) todos: el poder.

La serie, producida por los hermanos Duplass y de seis capítulos de seis horas, tiene una forma de relato fascinante que vuelve a enaltecer al estilo documental largo como antes lo habían hecho OJ: Made in America y Making a Murderer. Una mezcla perfectamente editada entre entrevistas actuales con los personajes que fueron protagonistas y un uso del archivo que exhibe un trabajo de reconstrucción digno del mejor investigador.

Entre los testimonios hay frases inolvidables, arrepentimientos, confesiones de locura, desparpajo y sinsentido. Pero principalmente hay personajes que hablan con su verdad, sin temores ni hipocresías. El relato se siente sólido, como las cosas buenas.

Entrelíneas se puede leer algo de los que hoy son fuentes y hace unos años el círculo íntimo de Osho. El sentimiento de hipnotismo a su líder no venció. Pero mucho menos la idea de que todo lo que había alrededor de la religión era no sólo lo más importante si no lo único.

La religión (de la plata, del poder, del ser superior) de la religión.

 




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