“Una vez cada 20 años, una vez cada 20 años”

rusi

“¡One time…20 years…! ¡One time…20 years…!”. Lo que quiere decir Bijma, rubio, blanco, con anteojos y un sombrero con una cinta azul que lo rodea, es que no puede creer lo que está viendo. Que esa locura en la calle de las luces de Moscú la ve cada 20 años. Mira alrededor y sonríe. Hay rusos con su típico canto de “¡Ra-sí-a!”. Toman cerveza, se suben a faroles y se abrazan con quien pase cerca. Hay rusas que se enamoran de la mirada latina, el baile brasileño, el encanto de la Europa más occidental. Hay policías cada 20 metros que observan que nada se descontrole. Pero la capital de Rusia está descontrolada desde que empezó el Mundial. Y no va a parar.

Los rusos no tienen identificación con su equipo (“Cobran millones y juegan muy mal”, dice la mayoría), pero sí por el folclore del Mundial. Disfrutan de la mezcla de culturas que el torneo trajo a su país, más bien cerrado por tantos años de Unión Soviética.

Tatiana, Sven y Bijma viven en Moscú y habrán pasado más de 500 veces por la Plaza Roja. Pero necesitan verla otra vez. Precisan observarla desde la mirada del Mundial. Ella, modelo, arquitecta, filóloga, hace un live de Instagram mientras se muestra caminando entre multitudes de hinchas que la devoran con la mirada. Llama mucho la atención. Tiene ojos celestes y un maquillaje azul que le resalta aún más el color. Parecen del tono del mar más limpio y claro de todos. Sven, su marido, le dice cosas al oído: “¡Mira a ese! ¡Cómo está vestido ese!”. Vieron la derrota de Rusia ante Uruguay en un bar. Luego caminaron por el centro. Y se metieron en otro bar a mirar España-Marruecos. Caminan hacia la Plaza Roja. Tienen un hijo de tres años que dejaron al cuidado de su abuela. Es su noche. Es su mirada a los pies de una fiebre llamada Mundial. Fútbol.

Mientras caminan hacia la Plaza Roja, Sven y Bijma quieren dejar una cosa clara. “Lenin…bad…Lenin very bad (Lenin malo, muy malo)”. Casi no pueden hablar inglés, aunque no es difícil entender sus ideas. “Lenin mató al zar….mató a mucha gente…mucha pobreza…malo”, comenta su amigo. La imagen del padre del comunismo en Rusia y el gran líder de la Unión Soviética está en todos lados en Moscú. Estatuas. Paredes con su cara. Y un mausoleo gigante en la Plaza Roja, muy parecida a la de Mao Tse-Tung en Beijing, otro símbolo del comunismo que, a esta altura, suena como una contradictoria figura.

La mayoría de los rusos (salvo la generación más grande) tienen más bien olvidado a Lenin, entre un Mundial -un país- que abrazó con alegría a todos los negocios que quisieran invertir en su tierra. En el estadio de Luzhniky, el principal de Moscú y el torneo, una estatua gigante de Lenin pasa desapercibida mientras la gente toma cerveza, consume comida y participa de juegos que diferentes marcas levantan para atraer la atención de la multitud.

“Putin…Fifty-Fifty”, dice Sven. Le gusta porque ayuda a que “Estados Unidos no domine a Rusia”. Y repite: “Estados Unidos…buen país, malas políticas”. En Rusia, parece normal que las mujeres hablen de algunas cosas y los hombres de otras. La política es un tema de ellos. Cuando se le pregunta a Tatiana por una opinión, mira a su marido. Y es él quien responde: “Stalin…Fifty-Fifty. Ganó la guerra pero luego muy mal”, comenta.

En marzo del 2018, Ksenia Sobchak fue la única mujer de los ocho candidatos a la presidencia rusa que finalmente se quedó Vladimir Putin. “Es imposible que una mujer sea presidente”, dice Tatiana mientras mira al piso.

Apuntan a la Iglesia de San Basilio, el símbolo de Moscú, cubierta de copos de colores, reluciente, simbólica y romántica. “Very proud (muy orgulloso)”, infla el pecho Bijma. Luego señalan al Kremilin. “Iván”, dice Sven. “Iván el Terrible, sí”, le responde un periodista. “No, terrible no. Terrible en otros lugares del mundo. En Rusia, muy bueno”, comentan.

Se sacan fotos. Desde todos los ángulos. Lucen cansados por un día que los tuvo dando vueltas por las calles de Moscú durante muchas horas. Pero impresionados. “Debemos disfrutar esto”, dice Tatiana en un perfecto español que aprendió en la universidad. Y Sven y Bijma, especie de guardaespaldas para ella, asienten. Y vuelven a repetir: “One time…20 years…”.

(#Publicado en Goal.com)




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