“¿Puedes decirle a todos que Rusia es bueno?” o una idea llamada estereotipo

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Usan los bordes de las ventanas de los negocios como barra. Una botella de vodka. Un par de gaseosas. Vasos por todos lados. Vacíos. Rotos. Con algo de líquido adentro. Abajo, en el piso, un balde con hielo. Toman como si fuera la última vez. Festejan como nunca. Se aprovechan de una situación que reconocen que no se volverá a repetir. La policía mira de reojo lo que no está permitido. Es el Mundial. Vale (casi) todo. Moscú es una fiesta porque su país está en los cuartos de final de Rusia 2018. Moscú es una fiesta porque sabe que juega su torneo, su Mundial. Moscú celebra porque reconoce que lo está haciendo todo bien.

Un periodista se acerca a un grupo de cuatro hombres. Le preguntan de dónde es. “De Argentina”. “¡Ohhhhhhhhhhhh! ¡Argentina! ¡Amo Argentina! ¡Bienvenido a Rusia, amigo! ¡Toma vodka!”. Le convidan un poco de bebida. Brindan juntos. Le dan besos en la frente, chocan las cabezas y se abrazan. Se expresan con pasión. Y cuando el periodista les cuenta que está transmitiendo en vivo a través de Facebook, enloquecen: “Dile al mundo que Rusia los quiere…”. Uno toma el móvil, mira a la cámara y grita: “¡Rusia los quiere!”.

La mayoría de los latinos que llegaron a Rusia por el Mundial se encontraron ante una idea que se esfumó, una sensación que no se comprobó, un preconcepto que terminó siendo un estereotipo (“imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”). Muchos creían- creíamos- que los rusos eran brutos, más bien maleducados, individualistas, gritones y fríos. La forma en la que hablan parece algo rústica y da la sensación de que todo el tiempo están enojados. Pero solo es eso. Un lenguaje que suena distinto.

A lo largo del Mundial, los locales jugaron un Mundial fuera de lo normal. Salieron a demostrarle a todos que el ser ruso que se conoce en muchas partes del mundo en base a propaganda -o simplemente ignorancia- no existe. Son de alma buena, humor alegre y predisposición absoluta a ayudar. Alexy, un encargado del hotel lejano al centro, acompañó a un turista desde su estación hasta el estadio Spartak porque no sabía cómo explicarle en inglés las indicaciones. Victoria, una chica rusa que no hablaba ni una palabra de inglés, acompañó a un periodista hasta una tienda para ayudar a cargarle crédito para su móvil a través de un cajero electrónico. Caminaba apurada, hablaba rápido, estaba nerviosa. Necesitaba ayudarlo como sea. Intentó en un local. Falló. Caminaron juntos varias cuadras. Hasta que lo consiguieron. Se fue feliz, sonriente.

Tatiana y Djima invitaron a un argentino a comer a su casa. Porque lo cruzaron en la calle y hablaron un poco. Porque vieron juntos un partido en un bar. Porque querían saber más de él. Ella cocinó todas las especialidades rusas (sopa de cerdo con remolacha, ensalada de papa, remolacha, cebolla y mayonesa, tomate con huevo y carne mezclada con una especie de gelatina imposible de rescribir). Él llegó del trabajo con una botella de vodka. Al final de la cena, la pareja -junto a su hijo de tres años- le hicieron muchos regalos para que se lleve a Buenos Aires como recuerdo: chocolate, galletitas, un dibujo encuadrado de la Plaza Roja.

“Por favor, ¿puedes decirle a todos que Rusia es bueno? Rusia es feliz. Rusia es alegre”, dijo otro muchacho del grupo que festejaba la victoria ante España.

Los rusos son de esos que se detienen a ver a la gente que es distinta, como podría pasar también en China, India o muchos países de África y Asia. Porque les llama la atención (la historia del país, especialmente durante la Unión Soviética, es más bien de puertas cerradas). Porque les gustaría descubrir lo que hay detrás de ese aspecto. Y principalmente porque se desviven por saber qué piensan de ellos los que vienen de afuera.

Cambiarán muchas cosas en Rusia después del Mundial. No hay dudas de que habrá muchos más chicos que elijan al fútbol sobre el hockey sobre hielo. Es obvio que la apertura durante un mes dejará un legado en una sociedad que abrazó a todos los turistas. Pero probablemente la gran transformación se dé desde afuera hacia adentro. Esos miles de hinchas que inundaron las calles del país transmitirán lo mismo que el grupo ese que tomaba vodka en una calle cercana a la Plaza Roja: “Rusia es feliz. Rusia es alegre”.




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