Los mejores estrenos del 2018

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The Ballad of Buster Scruggs, Ethan y Joel Coen. Llegamos a un momento del mundo en el que una película de los hermanos Coen se estrena directamente en Netflix. Y es terrible. No por la calidad del film, si no por la falta de emoción que produce apretar un par de botones y ponerse enfrente de una nueva obra de dos de los mejores directores de los últimos 20 años.

No hay pantalla gigante ni sonido envolvente para una película realmente especial en cuanto a sus poderes visuales-sonoros. Hubiera disfrutado esta historia mucho más en el cine que en el living de mi casa. De eso no tengo dudas.
The Ballad of Buster Scruggs tiene una forma de guión muy parecido el que usó Damián Szifron en Relatos salvajes: se cuentan episodios que conviven de manera independiente entre sí. En este caso, con el hilo conductor del western como unidad: el escenario perfecto para destilar esas sensaciones tragicómicas, absurdas y divertidas que suelen crear los hermanos.

Es difícil sentenciar sobre una película así: principalmente porque la calidad de los diferentes episodios varía. Entonces, la mirada global de la obra pasa a ser una especie de balanza en el que se llega a un equilibrio definitivo.

Los Coen encuentran en el Lejano Oeste el lugar ideal para lucir unas imágenes de unos colores asombrosos. En buena parte de los episodios hay una hipnótica y extraña claridad. Ahí, en el polvo, las montañas y el desierto, se esconde la excusa perfecta para relacionarse una vez más de manera hermosa con la música. Las canciones son una maravilla.

Las historias son fascinantes. Bien pensadas, con personajes geniales y con diferentes giros inesperados y de calidad.

Por alguna razón, la película no termina de generar un ambiente definitivo de intensidad, como si algo estuviera faltando.

The Ballad of Buster Scruggs describe la esencia más básica de los Coen: son unos grandes contadores de historias.

Cold War, Pawel Pawlikowski. Hay momentos de la película en la que no pasa nada: se exhibe a la pareja protagonista caminando por las callecitas de París. Miran al piso, observan el vacío. Ni siquiera se dan la mano. Pero, por alguna razón inexplicable, se transmite una sensación inigualable y única de que ese momento: esa parte de la historia es trascendental. Algo está pasar. Nunca pasa nada, pero algo va a pasar.

Ese ‘algo’ no tiene que ver con una cadena de hechos, todo lo contrario: Pawel Pawlikowski (que había hecho una maravilla con Ida, con un tono parecido en cuanto al blanco y negro, la solemnidad y la idea de retratar un pasado soviético, monótono y triste) crea climas verdaderos en base a diferentes virtudes. Una sensación de imprevisibilidad en los personajes incontrolables. Una elección de contar desde la periferia, de ir lento, de no apresurarse. Una filmación fuera de serie, con secuencias imborrables.

La música suena con el encanto de la elegancia. Esta película tiene belleza no hollywodense, aire fresco en las caras de los protagonistas, ideas nuevas sobre qué vale la pena mostrar.

La noche de 12 años, Álvaro Brechner. Esto es cine. La idea de describir doce años de cárcel en la vida de tres tipos en Uruguay. Cine puro. Por los colores de las prisiones y los ruidos de las celdas. Por la virtuosa paciencia de contar un proceso: el de destruir personas. El de relatar sin decir lo obvio. El de no meterse de más en la ideología.
Todo está dicho.
El de las actuaciones nobles, no exageradas. El de los planos justos y la emoción exacta, para nada sensiblera.
La noche de 12 años es un testimonio de injusticia y dolor, pero también de esperanza y humanidad. Tiene algo de
Un condenado a muerte escapa, de Robert Bresson, por mostrar la cárcel como el lugar en el que el tiempo no pasa, pero también por deslizar que la libertad puede estar en un gol de Peñarol que se escucha por la radio o en los ruiditos de los golpeteos de la pared que genera el compañero de cePiazzolla, los años del tiburón, Daniel Rosenfeld. Qué lindo perfil, qué artista. A Piazzolla le gusta pescar tiburones. Piazzolla es un tiburón. El músico que se lleva puesto a todo. El calentón capaz de agarrarse a trompadas con el que sea. El bandoneonista que deja todo, que transpira hasta quedar seco.
La película hace un repaso bastante lineal de uno de los artistas más grandes de la historia argentina. Los momentos musicales inspiran. Los temas elegidos acompañan con pasión.
La historia pierde un poco de fuerza porque lo que gira alrededor del personaje no termina de enamorar. El hijo del músico queda como un fantasma sin definición. La idea de mostrar el museo a su memoria no pega.
Y Buenos Aires. Buenos Aires, qué lugar. Casi sin quererlo, el documental es un homenaje a la ciudad. Las calles del tango. Las fiestas de los cabarets. La grandeza de los miles que van para un lado y otro sin mirarse a la cara.

El ángel, Luis Ortega. Carlitos quiere bailar. No pretende mover los pies para los costaditos y deambular al ritmo de la música. No. Se sacude a lo grande. Como si fuera su último día. Como si el mundo lo estuviera viendo. Con los brazos que flotan para todos lados. Las piernas que se hamacan como si no tuvieran articulaciones. Y con la cara gesticulando siempre. Mordiéndose los labios o cerrando los ojos.
Carlitos necesita ser el extraño de pelo largo.
El ángel no es la historia de Robledo Puch, uno de los asesinos más famosos de Argentina. De ninguna manera. La película es un perfil de un tipo completamente desquiciado, con un vacío de alma tan inexplicable como el chico que baila como si estuviera a punto de salir a una matiné (e ignorando que ya se cargó a once personas y toda la policía lo busca).
El hombre histórico-real parece más una excusa para crear un personaje bastante extraordinario. El relato se lleva el foco al tipo que mata y comete atrocidades sin sentir nada. Esa ‘nada’ puede tener un toque cómico por momentos de la película, porque Carlitos reacciona con inédita indiferencia y humor ante situaciones de shock. Pero, aunque es posible que muchos se hayan reído en las salas, no parece ser la verdadera intención de lo que se cuenta. Lo que se cuenta es que hay un chico que mata sin sentir ninguna emoción. Un hombre que va haciendo cosas cada vez peores porque no siente nada de nada.
No es que la historia humaniza al asesino. Es que el asesino no parece humano. Es más bien un extraterrestre que vive bajo otros parámetros.
La película tiene calidad. Desde la fotografía, hasta la música y las actuaciones. Está hecha para el mainstream, eso sí. El sexo es el de las telenovelas, el irreal. Todo se desliza, se muestra poco. Falta un poco de suciedad (por momentos se percibe algo de Tarantino, pero luego el director no se anima a tanto).
Las muertes tampoco asustan. Son asesinatos lights, como para no espantar a mucha gente, como para ser un tanque de cartelera. Esas decisiones le sacan valor a la obra.
Custodia compartida, Xavier Legrand. Una pareja separada escuchando las órdenes de una jueza. Él, de saco, parece un tipo tranquilo. Ella, como perdida, cansada, molesta.
La decisión de elegir esa secuencia inicial termina siendo perfecta si se la compara, por ejemplo, con la última parte de la película. La idea que se recorre es que un ‘monstruo’ pasa sin problemas los filtros de lo que una sociedad demandaría como algo ‘normal’. Entonces, ahí, adelante de una jueza, (casi) nadie podría percibir lo que esa persona es capaz. Entonces, la desprotección termina siendo demasiado cruda.
Legrand filma desprolijo, casi a lo documental. El mensaje parece bastante claro: “Esto es más que una película de ficción. Esto es lo que pasa todos los días”.
Isla de perros, Wes Anderson. Con esta película, Wes Anderson le jura al mundo que nunca recaerá en las repeticiones. Promete que siempre será versátil. Asegura que lo suyo es la innovación. Fomenta que solo le interesa la reinvención. Estima que lo de él es la sorpresa. Entiende que solo vale arriesgar.
Esta película de animación se le puede plantar mano a mano a cualquiera de Studio Ghibli, Pixar o Cartoon Saloon, el estudio que en los últimos tiempos se destaca como vanguardista.
Si en Bottle Rocket, la primera película de Wes Anderson, se observaba a un cuidadoso director, la evolución es evidente. Isla de perros está pensada desde la cabeza de un obsesivo, perfeccionista y detallista. De un tipo que pretende hacer una obra maestra. Y la consigue.
Es un viaje fascinante en el que el relato va pegando desde todos los costados.
La historia está muy bien: en Japón, los perros son exiliados a una isla por una supuesta gripe contagiosa. Un dictador que pretende enfocarse en un enemigo (en este caso, el supuesto mejor amigo del hombre), que cuenta con esta especie de campos de concentración y un permanente uso de los canales de comunicación a su disposición. Una resistencia valiente. Un grupo de perros inolvidables. Y un chico que va contra todo.
Técnicamente, una locura. El gran mérito de Wes Anderson es haber arriesgado en la animación (Fantástico Mr. Fox, su otro intento, quedó al menos dos pasos más abajo) como forma de narración. Es lo que tiene este formato: el cielo es el límite. Y para Anderson no hay cielo que valga. Desde el primer segundo al último, cada plano es un regalo, una nueva sorpresa.
The Rider, Chloé Zhao. Por momentos, al principio, se puede llegar a entender que no habrá mucho más que planos hermosos, silenciosos y contemplativos. Pero, a medida que avanza The Rider, el relato se va impregnando: es la historia de un hombre nacido para hacer algo que ya no puede hacer.
Así de duro le resulta todo a Brady, un cowboy que sufrió daños irreparables luego de que una fiera indomable le pateara la cabeza.
La película, maravillosa, va de menor a mayor. Al principio cuesta sentir empatía por el personaje, pero, de a poco, con un toque bárbaro de secuencias especiales (con un ojo para la dirección muy particular y excepcional), se puede entender por qué este joven sufre, cuál es su relación con el mundo de ‘vaqueros’, lo que siente cuando se pone cara a cara con un caballo, lo que se le acelera el corazón cuando monta y se siente uno. Dos animales en el medio de la nada, testigos de la naturaleza, listos para sentir sus corazones galopar.
Y, además, es un retrato duro pero verdadero de ese mundillo: lo complicado de sobrevivir, las grandes distancias, el bar como única salida, la necesidad de siempre creerse ‘machos’ y valientes.
Chloé Zhao hace una película llena de pasión porque plantea que hay gente que nació para hacer algo y debería dedicarse a eso para siempre. Hay personas que son demasiado buenas como para hacer otra cosa. Pero hay una esencia aún más importante: la vida, la de la familia, los amigos y lo cotidiano, al final, le gana a todo.
Ready Player One, Steven Spielberg. Después de malos y sensibleros dramas (Lincoln, Puente de Espías, War Horse), Steven Spielberg vuelve a lo que mejor sabe hacer: ser un monstruo del cine.  Mucho se habló de este film como una especie de homenaje a la cultura pop y los videojuegos, pero en realidad es una carta de amor a las películas.
Spielberg honra a los más grandes y a él mismo para regalar una aventura que sabe cómo contar una historia que divierte, pero tiene fondo, concepto, orden y sentimiento (excepto por algunas secuencias dramáticas en las que los personajes no parecen reaccionar como deberían).
Si hubiera que elegir una secuencia que represente a la película debería ser la primera carrera dentro del OASIS: vértigo, calidad en cada imagen, sorpresa y liderazgo para llevar adelante una película más que ambiciosa.
Ready Player One es pretenciosa, pero asume el riesgo, se la banca y sale más que bien parada. Hay guiños dentro del relato que erizan la piel. El hombre que hizo Tiburón, Indiana Jones, Jurassic Park, Rescatando al soldado Ryan o E.T., parece enviar una última declaración de amor.
En lo llano, es una aventura. En el fondo, está esa idea de que los mundos virtuales pueden no ser malos cuando no se utilizan para escapar del mundo real. Y el mundo real parece que nunca escapará de lo malo, pero aún conserva esas cositas que lo hacen indispensable y único.
Con esta última obra, Spielberg (un hombre creado, formado y certificado para un proyecto como Ready Player) confirma con fuerza su posición en la historia del cine: está entre los artistas más grandes.
The Florida Project, Sean Baker. El lado C de Disney. Muy cerca del castillo gigante, las calles pavimentadas rodeadas por tiendas de regalos, las montañas rusas y la comida chatarra, hay una sociedad que no vive un cuento de hadas.
En Florida, a poco de los grandes hoteles y el centro de entretenimiento más popular del mundo, hay un grupo de personas que está afuera del sistema. Y sufre.
Sean Baker tiene la sensibilidad de los que son excelentes. Relata desde la verdad, desde el que describe pequeños detalles para contar una realidad grande.
Moonee, de seis o siete años, y Halley, su mamá, saben sobrevivir en un hotel que ya no es para turistas. Entre el calor, el pavimento, las largas distancias, las tiendas de souvenirs. El lugar es un personaje más. Y pesa.
Sean Baker tiene la sensibilidad de los cracks. The Florida Project hace reír y llorar, pero principalmente hace doler. Entre los chicos que corretean, hay un inolvidable gerente (Willem Dafoe, gigante) y varias secuencias eternas.
Baker, que venía de hacer la brillante Tangerine, da clases de gusto y estética con varios planos mágicos.
Una mujer fantástica, Sebastián Lelio. Es la historia de los prejuicios y la discriminación. La inesperada muerte de su pareja (Orlando, un hombre casado de casi 60 años que juega a la doble vida) obliga a Marina a chocarse contra la realidad. Ser trans no es sólo una cuestión de carecer de derechos como, por ejemplo, que en el documento figure un nombre que no la representa. Es mucho peor: es el miedo, la ignorancia y la violencia de los otros.
El relato refleja todo desde el punto de vista de ella. Y es imprevisible, triste y brutal.
La obsesión de la película por querer mostrar las injusticias con las que se topa Marina vuelven todo un poco forzado y, especialmente, obvio (hay un par de diálogos muy descartables).
La historia se permite jugar con un estilo La La Land, en el que la protagonista se sumerge en un mundo de fantasía. Un detalle que le quita un poco de drama a la cuestión y le hace bien.
Ella es un torbellino en medio de la intoxicada Santiago de Chile (alguna secuencia recuerda a momentos de Relatos Salvajes). Se lleva todo por delante.
En una época en la que las discusiones por cuestiones sociales terminan girando para cualquier lado, Una mujer fantástica tiene sensibilidad y un mensaje claro. Se necesita ser verdaderamente fantástica para poder sobrevivir a tanto.
Lucky, John Carroll Lynch. Qué lindo cuando parece que no se necesita más que un viejo fumando con la mirada perdida mientras suena de fondo algún tema del querido Johnny Cash. Qué lindo cuando es suficiente una conversación con tristes personajes de un triste bar de algún pueblo polvoriento del sur de Estados Unidos. Qué lindo cuando no se pretende más que un estadounidense en una fiesta de mexicanos, tan igual y tan distinto. Una caricia de película.
Roma, Alfonso Cuarón. Es muy fácil percibir cuando un director se dispone a ejecutar su obra maestra, su pieza que lo representaría en el cielo. En Roma, Cuarón se dispone a hacer las cosas a la grande. No por el presupuesto (que seguramente haya sido bastante), por el casting o por el medio de reproducción (Netflix, claro). Si no por su idea de representar una idea desde una mirada riesgosa. De imponer un estilo apuntado a lo bello, lo estéticamente diferente, lo distinto. De ser ambicioso. Roma es una pintura de la vida, un fresco de lo triste y desgarrador. Desde el punto de vista de Cleo, la chica del servicio doméstico que hace un poco de mamá y otro de cuidadora en una familia de clase media alta mexicana, el mundo se ve extraño y desolador. Casi inexplicable. Esta película es la mezcla perfecta entre la magia del cine basada en la estética del ojo privilegiado y la historia que pega duro y con armas nobles.



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