Dicotomías de un mundo (in) feliz

médanos

Había pasado una semana sólo en Valeria del Mar. Me levantaba al mediodía y, mientras iba a comprar comida y el diario en la camioneta, miraba a los chicos que salían del colegio, con guardapolvos blancos y limpios. Parecían felices. En la parada del colectivo había unos diez estudiantes de diferentes edades. Un nene de unos seis años estaba primero en la cola. Prolijamente peinado, con una mochila enorme de color azul en la espalda, permanecía  atento. Con las manos para adelante, a la altura de la cintura, balanceaba su cuerpo para ver si llegaba la figura del Montemar blanco, azul y rojo. Cada tanto miraba de reojo y escuchaba, disimuladamente, la conversación de los más grandes, que se reían a carcajadas y se empujaban unos a otros. Había sol y desde mi camioneta podía ver el mar azul.

Comía y me iba a la playa. Entraba con mi camioneta y me alejaba lo más posible de cualquier persona. En la playa leía toda la tarde, con el sol que aparecía bien arriba al principio y se ocultaba en los médanos cuando terminaba el día. Desde lejos vi un jeep blanco estacionado. Una mujer de unos 30 años se bajó agarrada de la mano de un chico de unos 2, que parecía ser su hijo y que llevaba puesto un traje de baño que le llegaba a las rodillas. El conductor del jeep se bajó y caminó hacia el mar. Se quedó mirándolo, con los brazos cruzados y con el agua que le llegaba a los pies descalzos. El nene dejó a su madre y corrió en dirección a él. Mientras lo veía mover sus brazos casi de forma desesperada, el padre lo esperó con una sonrisa y, cuando llegó a donde estaba, lo alzó y lo abrazó mientras miraba al cielo. La mamá los vio, esbozó una sonrisa y fue con ellos para sumarse al abrazo. La playa parecía el lugar ideal para esa escena, sin dramas ni traumas. Con el ruido del mar como mejor música y con la arena blanca y brillante como mejor escenario. Los volví a ver dos veces. El papá tenía una caña de pescar enorme que colocaba en la orilla del mar, pero no le prestaba mucha atención. Nunca pescó nada. La mamá se ponía detrás del jeep para protegerse del viento y tomaba un poco de sol desde su reposera, rodeada de camiones, palas y baldes de playa.

Cuando me cansaba de leer iba a los médanos. Veía metros de arena, sin gente. Algunas huellas de algún pájaro, nada más. Desde ese lugar el mar se hacía inmenso. Tenía capas de diferentes colores, por el sol. Podía ver dos o tres barcos pesqueros, que nunca permanecían en el mismo lugar. Las gaviotas, mis grandes compañeras, volaban sobre la orilla. De repente detenían el vuelo y quedaban en el aire sin avanzar a unos 20 metros del agua, mirando hacia abajo. En un segundo picaban hacia el mar y con su pico se llevaban uno de los tantos banquetes del día. Satisfechas, volvían a descansar a la orilla.

Unos meses más tarde, estaba sentado en uno de los asientos de la línea B del subte. Escuchaba música, miraba a la gente a mi alrededor. Un chico de unos 8 años entró al vagón en el que me encontraba. Estaba descalzo, con la cara y manos sucias y llevaba un bebé en sus brazos. Se presentó ante el público, que casi no le prestó atención. Comenzó a cantar una canción. Color esperanza, de Diego Torres. No se entendía bien. La letra se cortaba cada vez que el chico intentaba respirar o cuando el subte hacía alguna maniobra violenta. Llegamos a la estación final. Nadie le dejó una moneda. Yo tampoco. No estaba impresionado. Esa escena la veía todos los días. Me di cuenta que había perdido mi capacidad de asombro. El pibe puso al bebé sobre un asiento, acostado boca arriba. Y comenzó a trepar. Puso las manos y un pie sobre un caño y ascendió a los tubos que se utilizan para dejar bolsos o carteras. Desde arriba, puso su cara entre dos fierros y comenzó a sacarle la lengua al bebé, que tambaleaba desde su asiento, insinuando la posibilidad de romperse la cabeza contra el piso.

La ciudad era tan lejana a la playa como los 300 kilómetros que la separan. Una vez más, me recibía con una patada en la cabeza, de las que ya estaba acostumbrado. Subí por la escalera mecánica a Alem y Corrientes. Vi vendedores ambulantes, oficinistas comiendo hamburguesas grasientas y otros dos chicos pobres peleándose por unas monedas. Rápido, mientras una leve llovizna caía sobre mi cara, me pregunté: idiota, ¿pensaste que vivías en un mundo feliz?



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  1. nacho

    Luquitas, lei las notas y me gustaron todas. Me dejaron la sensación, linda sensación, de conocer una faceta tuya que no conocia.. Elijo hacer el comentario en esta, “Dicotomías..” porqe fue la que mas me gustó.. Gustar, a nadie le gusta que le recuerden este tipo de cosas, pero es necesario, xq como vos bien decis, estamos acostumbrados a que pasen cosas terribles al lado nuestro sin hacer nada al respecto.
    Me gusta la sinceridad con la que escribís.
    Te mando un abrazo grande Negro!

  2. Claudio

    Lucas me parece muy buen relato de una situacion que vivimos a diario pero ya estamos anesteciados y no nos sorprende mas. Te felicito. Un abrazo. Claudio

  3. barbara

    Lucas, la verdad que el blog en general esta muy bueno, prolijo y facil de leer. Este cuento en particular me gusto mucho, periodisticamente es correcto y demuestra el potencial que tenes. Segui asi!!!! Y claro, te voy a recomendar!!! Un beso grande. Bar Vitantonio


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