El capitalismo: escena del crimen, no cruzar

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Una familia saca todas sus pertenencias de su casa y las pone en una camioneta enorme. Deben entregar la propiedad que perteneció a su familia por más de cien años a un banco estadounidense. Una mujer de unos 45 años llora. Su marido, resignado, dice: “Ahora sí entiendo cuando alguien pone una bomba en un banco o mata a 20 personas. Ahora siento lo mismo que él, pero no actuaré igual”.

Así es como comienza su último documental Michael Moore, El capitalismo: una historia de amor, donde se relatan historias posteriores a la recesión económica del 2008, previa a las elecciones en Estados Unidos. Ácido, plantea en su film que este sistema económico es lo peor que sucedió en la historia del hombre. Es la razón por el destrozo emocional y económico de la familia que aparece en la primera escena, que quema algunos de sus muebles de madera ya que tiene que dejar completamente vacía la casa, y en menos de un día da el paso que lo hace abandonar la clase media para irrumpir, sin trascendencia, en la pobreza.

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El film mezcla imágenes propagandísticas de mitad del siglo XX, en donde la vida americana, la del consumo y las mujeres de casa conservadoras, es la mejor forma de ser feliz. Por momentos, los aportes son excesivas y sólo alargan el documental sin aportar demasiado.

El director divide el film en tres partes: destrucción, causas de la destrucción y reconstrucción. En la destrucción, un hombre latino llora porque la fábrica en la que trabaja está a punto de cerrar. No sabe qué hacer, se siente impotente; dice estar contento con su lugar de trabajo y con sus compañeros. Las imágenes son desgarradoras y golpean fuerte en la sensibilidad: los pobres intentan trabajar o hacerse fuertes, pero siguen siendo pobres y sufren. Los ricos, como si fueran impulsados por una ola inmensa, no reciben los golpes (Moore habla con pilotos de aerolíneas, que cobran sueldos míseros o con personas que no pudieron recibir el seguro de vida de su marido  porque fue cobrado desde la misma empresa en la que trabajaba). Un mensaje evidente, que no hace demasiado ruido: es hora de que la brecha entre los que ganan mucho y los que lo hacen poco se achique.

Las causas de la destrucción son sencillas y Moore apunta a un lugar físico específico, Wall Street. Para él, en este famoso centro de las finanzas mundiales se cometió un atentado. George W. Bush, presidente de Estados Unidos, estafó al pueblo de su país. En su gabinete económico trabaja gente que está alineada con bancos que maneja la economía del país a partir de sus intereses. Cuando Henry Paulson reemplaza en mayo del 2006 a John Snow como secretario del Tesoro, era el presidente del banco de inversiones Goldman Sachs. En Wall Street, cientos de especuladores se llenaron de dinero mientras hipotecaban casas de gente de clase media, que sin saber lo que pasaba y llevados por la propaganda y la ignorancia, se quedaron sin nada. Moore intenta entrar a los bancos para hacer un “arresto ciudadano”, pero no tiene suerte.  Se pelea una y otra vez con los encargados de seguridad y realiza un show que le gusta, pero que no aporta demasiado.

La reconstrucción se basa en la democracia y en la unión de las personas ante las dificultades. Nada es más fuerte que un pueblo, sólo necesitan esperanzas para juntar fuerza. Es ahí donde aparecen las elecciones. Barack Obama aparece como un mesías en el  desierto. En el medio hay un discurso de Franklin Delano Roosevelt, presidente de Estados Unidos durante el crack de 1929, en donde brinda un mensaje que luego resultará similar al del líder negro. Y mientras Sara Pahlin y John Mc Cain (candidatos republicanos a vice y presidente, respectivamente) tildaban a Obama como “socialista”, Barack se encarcagaba de apoyar pequeños movimientos que se generaban en todo el país. Así, aquel latino que lloraba en la fábrica decide juntarse con sus compañeros y hacer una huelga. La gente del pueblo de esa fábrica los apoya y les llevan comida. Sienten injusto que ellos, los trabajadores, paguen los errores de otros. Finalmente logran conseguir que no se cierre la fábrica. La figura de Moore, solitario en Wall Street, se multiplica por miles cuando las personas salen a la calle a protestar. La hora de los poderosos se acabó. Es el pueblo el que toma las riendas. Obama es electo presidente y comienza una historia distinta. ¿Comienza una historia distinta?

(*) En la primera foto, un hombre de la calle sostiene un cartel que dice “¿Cuál es la mejor nación en el mundo?”, en la segunda, Moore realiza el arresto ciudadano en Wall Street utilizando un megáfono y una cinta amarilla policial.

El capitalismo: una historia de amor no llegó a los cines en la Argentina. En junio se estrenó en DVD.

Recomiendo leer este artículo de la periodista canadiense Naomi Klein, publicado en el diario La Nación, relacionado con el tema del documental de Moore.



There are 5 comments

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  1. Cata

    Muy crudo e interesante el documental. Con un par de golpes bajos que hacen pensar. Me gustó mucho la crónica, y espero publiques en el futuro algunas mas sobre películas porque realmente tenes una visión muy clara y atrapante.
    Aporto algo mas al tema: para los interesados, pueden entrar en la página Dead Peasants (campesinos muertos) donde se lista la serie de empresas que aseguran a sus empleados con el fin de cobrar por su eventual muerte. Terrible.

  2. Joaquín Bilbao

    Las películas de Moore, aunque abusan del sentimentalismo, son buenas para despertar a los dormidos, sacudir las conciencias y movilizar a la acción. Todas, en mayor o menor medida, consiguen aportar algo al espectador.

    No ví la película, pero tu post me entusiasmó. Me agrada el enfoque cinéfilo del blog. Fiel reflejo de su autor.

    • Lucas Bertellotti

      Gracias Joaquín. Estoy de acuerdo con tu comentario respecto a Moore. Algo que no puse en el post es que en este documental ya no puede entrevistar a los peces gordos que van contra la causa de su documental, como sí hizo en Fahrenheit o Bowling for Columbine. Ahora temen enfrentarse con él y exponerse al ridículo. Un elogio para Moore, por supuesto.


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