Volvió el fútbol, volvió el Tano

Palermo, de cara a la socios sur

Es domingo a la tarde y el Tano sale desde su casa del barrio de Barracas a la Boca. Viene en una bicicleta desgastada, sin pintura, que no llama la atención. No va rápido, pedalea con tranquilidad aunque el partido va a empezar en 10 minutos. Deja su bici en la calle Irala y  saluda con un abrazo a Sergio, el hombre que utiliza el patio de su casa como garage los días que hay partido. Se saludan como si fueran amigos, casi hermanos. Se conocen hace más de 10 años.

Lleva una bermuda de jean descolorida, unas zapatillas de lona blancas, una remera de Boca del año 2003 y un gorro de lana negro. Tiene el pelo grueso y largo, atado con una gomita azul. Se le ven varias canas. Debe tener unos 45 años. Sus ojos son azules y su nariz, prominente. Camina con el pecho hacia delante, como si estuviera desafiando a alguien. Aunque está a dos cuadras de la cancha, mientras fuma un cigarrillo, comienza a gritar:  “¡Dale che, dale che, que esto es Boca!”. Muchos lo conocen y lo saludan.

Entra a la popular de socios que da a la calle Brandsen. Desde la tribuna, al ras del campo de juego, levanta la cabeza y mira a la tribuna visitante. El rival es Racing y puede ver cómo algunos hinchas visitantes, colgados desde el alambre, escupen hacia los de Boca que están abajo. El Tano comienza a insultar, sin desesperarse,  siempre con la cabeza en alto, mientras se agarra los huevos: “Te vas a la B Racing, la concha de tu madre”.  Se ríe y comienza a caminar hacia el medio de la popular. Sobre el alambrado, en la tribuna local, unos cinco jóvenes de entre 18 y 25 años forman un círculo mientras hablan y fuman un porro. El Tano le pega un cachetazo en la nuca a uno y sale corriendo. El joven lo sigue, enojado, mientras los otros se divierten. Se dan algunos golpes y después se abrazan.

Sube algunos escalones y empuja a unas cinco personas para hacerse lugar. Casi ni ve el partido, se distrae con facilidad. La última vez que lloró fue en la final de la Copa Libertadores del 2007, entre Boca y Gremio. El partido había terminado. Boca había ganado 3 a 0, pero igual estaba triste. Sentado en los primeros escalones, con la cabeza metida entre las rodillas, gritaba, mientras un amigo de su edad intentaba calmarlo:

-¿Pero cómo no voy a poder ir a Brasil, si yo soy hincha de Boca?  ¡Yo quiero verlo campeón!

– ¿Pero no entendés, Tano? Vendieron las entradas por paquete. El pasaje, la estadía y el ticket. Está todo vendido. Los dirigentes son unos chorros, sí. Pero no podemos hacer nada.

– Hay que ir a Brasil igual. ¿Cómo no puedo ir? Si soy hincha de Boca….

Martín Palermo es su gran ídolo. El 28 de agosto de 2008, ante Lanús, por la segunda fecha del torneo Apertura, el Tano presintió que algo andaba mal. A los 40 minutos del primer tiempo, Palermo saltó a buscar una pelota entre los centrales y cayó mal. Se tocó la rodilla derecha y se acercó caminando a los médicos. Volvió a jugar hasta que finalizó la primera parte. En el segundo tiempo, Palermo no salió a la cancha.

– Se jodió el Titán…

– ¡Pero no, Tano! ¿Cómo decís eso? Lo deben haber sacado por precaución.

– Se jodió. Ya lo sé, se jodió. Se rompió el Titán. ¿Qué vamos a hacer sin el Titán?

– No tiene nada, Tano, dejate de romper las pelotas.

Tenía razón. Rotura de ligamentos cruzados de la rodilla derecha. El Titán quedaba afuera de las canchas por seis meses.

El 14 de febrero de 2009, Palermo volvió a jugar. Fue por la segunda fecha del torneo Clausura, en la Bombonera, ante Newell’s. Ese día, el Tano había llegado temprano, casi 25 minutos antes de que empiece el partido. Estaba sentado, con las piernas estiradas sobre dos escalones, fumando un cigarrillo y comiendo maní, cuando la voz del estadio comenzó a nombrar a los jugadores de Boca: “En el banco de suplentes, con el número 9, ¡Martiiiiiiiiin Paaaaaaleeeeermoooo!”. Con los brazos abiertos y mirando al cielo, se paró. Comenzó a descender escalones. Chocó algunas personas, pero no pidió disculpas: “¡Volvió el Titán! ¡Grande, Titán!”.

El último fin de semana volvió con un dejo amargo a su casa. Boca perdió 2 a 1 con Racing, de local. Ese domingo a la noche estaba en su casa solo, comiendo una pizza. Mientras miraba los goles de la fecha por televisión, se dio cuenta que era el momento en que más tiempo faltaba para el próximo partido. Al otro día, a las 9, debía presentarse en la mensajería donde trabaja hace más de 15 años. El Tano no falta nunca y es cumplidor, por eso le dejan llevar el pelo largo. Trabaja de lunes a viernes de 9 a 18. Usa la bicicleta para dejar cartas y sobres en diferentes puntos de la ciudad. Se acostó en la cama y mientras apagaba la luz de su velador, dijo, con mucho malhumor: “Qué cagada, la puta madre”.



There are 5 comments

Add yours
  1. fermassa

    Me gustó mucho Luquitas, eh. Pero me mata la curiosidad… ¿Te contó todo él? ¿Lo acompañaste durante el partido?, ¿o te contaron la historia del pibe?
    Un abrazo!

    • Lucas Bertellotti

      Fer:
      El Tano no me conoce, ni yo a él. Quizás sí de vista. Toda la información de esta crónica se basa en casi cinco años en los que compartimos el mismo sector de cancha. En general voy solo y por momentos me aburro, por lo que estoy atento a lo que pasa alrededor, en los entretiempos y esperando para que abran las puertas luego del partido. Sé que trabaja de mensajero porque varias veces lo vi en el centro y hasta a unas cuadras de casa. También hay un poco de imaginación, por supuesto. Como buen lector que sos, entiendo tu curiosidad por la veracidad del texto.

      • Anonymous

        Genial. Hiciste un gran laburo de observación porque le metiste mucho detalle y del bueno. Y por supuesto que la imaginación la banco a pleno! Sobretodo cuando se basa en la experiencia visual. Abrazo grande. Fer


Post a new comment