Noche de golpes, mujeres y pizza en el Luna

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Es la 1 de la mañana del domingo y los vidrios del Luna Park que dan a la calle Bouchard comienzan a vibrar: “¡Y pegue, y pegue, y pegue Chino pegue!”, se escucha. La vibración se siente en las piernas y en el pecho. El ruido es constante y furioso. Es noche de boxeo. Es una noche especial.

En el Palacio de los Deportes, el boxeo tiene su sello distintivo. Los viejos de la platea recuerdan con nostalgia las famosas peleas del calculador y frío Monzón, el escurridizo y talentoso Nicolino Locche o el agresivo y carismático Mono Gatica. “Esto es el Coliseo romano”, comenta Látigo Coggi, otro histórico boxeador. Y no se equivoca. El público, cruel como el emperador que permite la muerte u otorga piedad, repudia con silbidos e insultos cada vez que un boxeador no pega. Huele el miedo. Rechaza a los conservadores. En una de las peleas preliminares, un boxeador pierde el protector bucal en más de seis oportunidades y el ataque es masivo: “ ¡Andáte, cagón, esto es boxeo! ¿Tenés miedo de que te peguen, putita?”.

El público es heterogéneo. La mayoría es gente de boxeo, expertos. Comentan los golpes, los desplazamientos, historiales, las rachas y anécdotas. Hay muchos boxeadores, entrenadores o personas que vieron este deporte por muchos años. Otros asisten simplemente por lo que significa una velada en el Luna Park. Poco saben de ganchos, uppercuts o cross cruzados. Están bien vestidos. Sacan fotos, muchas. Luciano Castro, uno de los galanes de televisión más famosos, se acerca a César Cuenca, que acaba de boxear en una de las peleas preliminares. Se sacan una foto, levantando los puños, con sus caras serias. Cuenca le comenta a Castro que se lastimó la mano en el quinto round. Él no le dice nada. Parece una relación incompatible e incómoda entre dos personas que viven en mundos distintos. Al borde del ring, cada banco cuenta con las acreditaciones de diferentes medios periodísticos: Olé, La Nación, Crónica, Página 12, Osvaldo Príncipi y Horacio Pagani. Dos periodistas son peso pesados dentro de su género. Especies de Norman Mailer o Ernest Hemingway (con mucho menos amplitud temática y talento, claro) que consiguen su mejor estado en un ambiente mucho más pasional que racional.

Las mujeres llaman la atención. No se pueden considerar lindas o bellas. Tienen tacos altos y seducen más por lo que insinúan que por su belleza innata. Llevan los pantalones apretados o una pollera que permite ver bastante más arriba de sus rodillas. Su aroma cautiva, se puede sentir desde bastante lejos. Los hombres se dan vuelta para mirarlas pero no dicen nada. Se golpean entre sí con los hombros para señalar a una dama que camina por algún pasillo o que está sentada, con las piernas cruzadas.

Es el momento de la pelea principal. El Chino es Marcos Maidana, campeón mundial argentino en superligeros. Su oponente es el estadounidense De Marcus Chop Chop Corley, un hombre negro (64, 500 kilos) al que se le marcan hasta los músculos del cuello. Sale de su vestuario y comienza a caminar hacia el ring, mientras se escuchaNo llores por mí Argentina. Lleva puesta la camiseta de la Selección argentina de fútbol. Es aplaudido y silbado a la vez.

Ahora viene el Chino. Con la entrada del santafecino, suena la música de Los Palmeras: Bombón asesino (“Ella se agita, por las noches mueve la cinturita, mientras que va usando una pollera cortita, que el meneo la levanta todita”). Camina sereno. Levanta su cabeza y esboza una leve sonrisa para luego volver a mirar el piso. Son unos 20 metros. Está rodeado de colaboradores que le hablan al oído, le masajean los hombros y arengan al público, que acompaña con palmas. Maidana se acerca cada vez más al ring. El momento de enfrentarse cara a cara con otro hombre que tendrá su mismo objetivo: pegarle tantas veces como sea posible hasta tumbarlo.

Corley cae en el séptimo round. Pero se levanta. Es el momento que todos esperaron. La adrenalina sube. Más de 12 mil personas se levantan de sus asientos y mueven sus brazos hacia arriba y adelante: “ ¡Y pegue, y pegue y pegue Chino, pegue!”, se vuelve a escuchar, esta vez más fuerte.

Con fama de noqueador, el público quiere ver finalmente a Corley en la lona. Tras 12 rounds, Maidana gana la pelea por puntos y conserva su corona. En los vestuarios, está tirado en su camilla, con un profundo corte arriba del ojo derecho. Mira el techo y, con los brazos colgados a los costados de la camilla, permanece en silencio. Cuatro o cinco periodistas, que quieren terminar su jornada lo antes posible, ingresan, pero rápidamente son echados por el entrenador. “¿Qué hacen acá, muchachos? Rajen que lo estamos cociendo y tiene que descansar, no jodan”, grita.

En la calle Bouchard ya no queda nadie. Los empleados del Luna comienzan a desarmar el ring y a levantar las sillas. Dentro de pocas horas habrá un espectáculo de Disney On Ice. Allí estará con sus patines y sus enormes orejas negras Mickey Mouse. Los viejos salen del Luna entre la emoción por volver a vivir una noche de boxeo y la amargura por saber que pasará bastante tiempo para que se vuelva a repetir una jornada así.

-Eran otros tiempos cuando veníamos todos los sábados….

– Y bue… no podemos hacer nada. ¿Vamos a comer una pizza?

– Dale, vamos.

* En la primera foto, Nicolino Locche. En la segunda, Maidana golpea a Corley.


There are 2 comments

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  1. Joaquín Bilbao

    Muy buena crónica Bertellotti. Sentí el ambiente del lugar, me entuasiasmé con el relato. Genial las descripciones de las chicas del Luna y lo que generaban en los muchachos.

    ¿Eras vos uno de los periodistas que ingresaron al vestuario?

    • Lucas Bertellotti

      Me alegro que te haya gustado, Joaquín. Si, por supuesto, estuve después de la pelea esperando declaraciones de Maidana y fui uno de los que fueron echados…. fue divertida la situación, el entrenador estaba como loco…jejej..


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