Entre el poker, Groucho y mis amigos

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Caballeros: Como saben, los impuestos son ahora tan elevados como el ojo de un elefante (para inventar una frase que acabo de robar de Oscar Hammerstein) y, por ello, un hombre soltero tiene una probabilidad muy pequeña de ahorrar algo para su vejez.

Empecé nuestra noche de poker leyendo una carta de Groucho Marx. La escribió el 25 de marzo de 1944, a sus amigos que realizaban el mismo ritual que nosotros: Sr. Artur Sheekman, Sr. Harry Tugend, Sr. Irving Brecher, Sr. Harry Kurnits y Sr. Nat Perrin. Me pareció divertido hacerlo porque, como ellos, nos juntábamos todos los jueves a la noche a jugar al poker. El Ruso, Carlos, el Negro, Quique, el Gordo y yo. Por más de quince años mantuvimos la costumbre. No era el juego de ahora, esa porquería que se ve en la televisión, que juegan con dos cartas en la mano. Era poker de cinco cartas, un juego de hombres.

Escribo esta carta porque ustedes son los miembros fundadores de nuestro club de poker. En las últimas semanas, hubo un terrible aumento de absentismo y en lugar de las cinco caras tristes y familiares que me había acostumbrado a soportar, empezó a aparecer cierto número de corruptas y desconocidas seseras en torno del tapete verde. Ostensiblemente, el propósito inicial de nuestras reuniones del martes por la noche era el de ofrecernos a todos la oportunidad de vernos con mayor o menor regularidad e incidentalmente para jugar un poco al poker.

A los muchachos les gustaba lo que leía. Algunos se reían, otros asentían, rodeados de vasos de cerveza y whiskey, cartas y fichas para apostar. La reunión de poker era nuestro momento y lo protegíamos como algo sagrado. Con los años, nuestras mujeres ya no protestaron. Apostábamos, es verdad. Pero cuando alguno de nosotros había perdido cien o doscientos mangos, lo hacíamos irse a la casa. Nos acostábamos tarde, es cierto también. Pero ese encuentro nos daba aire. Al otro día nos levantábamos con más fuerza. Algunos seguían enojados, por haber perdido una mano con un par de ases. Otros se sentían afortunados por haber impuesto su juego y por ganar una buena cantidad de plata, que gastarían invitando a su mujer a cenar a un buen lugar.

Pero ahora que nuestro pequeño grupo se halla en un avanzado estado de deterioro, yo, por mi parte, quiero confesar que mi propósito al participar en el juego era el de ganar un mínimo semanal de treinta dólares libres de impuestos. Este dinero no imponible significaba mucho para mí: me proporcionaba cobijo y leña; me vestía y alimentaba, y necesitaba desesperadamente cada uno de estos dólares, pero (para cambiar de tono) por ávido que esté de conseguir este dinero, no voy a pasar mis noches del martes con un grupo de rústicos y desgreñados desconocidos.

Un 14 de septiembre, de hace varios años ya, el hijo del Gordo nació en la noche que estábamos en su casa. Jugábamos en silencio, concentrados, mientras fumábamos unos habanos cubanos que había traído Quique de un viaje. El Negro mezclaba, y mientras se preparaba para repartir las cartas, se escuchó: “!Gordo, subiiiiií!”. La mujer estaba embarazada de ocho meses y medio. Faltaban algunos días para que naciera su primer hijo, Matías. “Uy, ¿qué carajo pasa?”, tiró el Gordo, mientras con un suspiro con aire pesado y caliente se levantaba de la mesa y comenzaba a subir las escaleras hacia su cuarto. Decidimos jugar la mano sin él. Cuando estábamos por terminarla, el Gordo bajó las escaleras corriendo. Agitado y con la cara pálida, dijo: “¡Va a nacer Matías!”. Corrió a buscar las llaves del auto y volvió a subir. Luego bajó las escaleras con su mujer, que con su brazo derecho se tomaba de la baranda y con el izquierdo se tocaba la panza, a punto de estallar. El Gordo la acompañaba desde atrás, mientras la tomaba de la cintura. “Tranquila, tranquila, ya falta poco”, le decía al oído. Agarró las llaves del auto y sin mirarnos, dijo: “Chau muchachos”. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta, levantó la cabeza. Nos vio nerviosos, sin saber qué hacer. Yo todavía tenía las cartas en la mano. “Hagan lo que quieran”, dijo, y se fue. El Gordo fue al hospital con su mujer, donde tuvieron a un hijo sano y hermoso. Nosotros decidimos quedarnos en su casa. A las 7 de la mañana, el Gordo volvió para buscarle algunas cosas a su mujer, que quedaría internada uno o dos días. Un cepillo de dientes, algo de ropa y no mucho más. Lo esperamos con un champagne, y festejamos. Fue un brindis sencillo. “Bueno muchachos, gracias por todo. Ahora rajen que me quiero bañar y salgo de nuevo al hospital”, dijo. Fuimos a nuestros trabajos sin dormir.

En consecuencia, caballeros, como testimonio futuro de nuestra fe, me gustaría tener cierta garantía de que van a estar presentes cada semana, ya en forma de depósito de una suma sustancial; ya, si esto no es factible, dejando quizá como prenda alguna piececita valiosa de joyería.

Dos años más tarde, cuando Matías, el hijo del Gordo, ya caminaba arriba de la mesa, masticaba las fichas y tiraba nuestras cartas al piso, nos enteramos que el Ruso tenía cáncer de pulmón. Se la pasó fumando toda la vida, el boludo. El día que nos dio la noticia lloramos todos. Después, con el tiempo, decidimos olvidarlo y actuar como si nada pasara. Un día, el Ruso nos dijo que sentía que no le quedaba mucho tiempo de vida. Decidimos hacerle una despedida. Compramos una botella de Johnnie Walker, también preparamos una picada con los mejores quesos y jamones. Jugamos mucho, pero también hablamos. El Ruso actuaba normal. Se reía de los chistes y hasta contó algunas de las anécdotas del colegio. Ese día ganó el Ruso, aunque no porque le dejáramos ganar. Era un gran jugador. Sabía mentir cuando no le llegaban buenas cartas. Su estado anímico nunca cambiaba durante el juego. Su cara se mantenía seria, siempre. Y, cuando tenía buenas cartas, lo mejor que podía pasarle a uno era no cruzarse con él. Actuaba como si no tuviera nada y uno entraba, confiado, en que sería el gran ganador.

Para concluir, quiero decir que todos nosotros somos viajeros solitarios en un mundo erizado de enemigos. Todos nosotros necesitamos algo noble a lo que aferrarnos. Para no ponerme demasiado sentimental, creo sinceramente que nos necesitamos los unos a los otros, lo mismo que el hombre necesita a la mujer y el perro, la perrera. La partida de las noches del martes no debería abandonarse. Tengo la sensación de que aporta algo a nuestras vidas.

A la semana siguiente, el Ruso murió. Nos encontramos en el cementerio y no nos volvimos a ver por un tiempo. Un mes después, llamé a Quique para organizar otra noche de poker. Vinieron todos. Jugamos quince minutos. En la tercera mano, el Negro perdió de manera extraña, casi como un amateur. Intentó mentir y lo pescaron. No parecía muy convencido. “El Ruso hubiera jugado all in también, pero con más firmeza”, pensé, pero tuve miedo a decirlo en voz alta. Rápido, el Negro tiró: “No puedo jugar muchachos. Con cada mano pienso en cómo la hubiera jugado el Ruso”. “A mí me pasa lo mismo, la puta madre”, dije. Me fui al baño a llorar. Cuando volví, los muchachos estaban juntando las fichas, preparados para irse. No volvimos a jugar más.

Como saben, soy un hombre soltero y mis impuestos son tan elevados como el ojo de un elefante.
 
(*) En negrita, una de las cartas de Groucho Marx del libro Las cartas de Groucho. El resto de la crónica, contada en primera persona, fue una historia que me contó un amigo hace un tiempo, con leves variaciones.


There are 2 comments

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  1. Sergio Sukiennik

    GRACIAS POR REFLEJAR LOS AÑOS MAS IMPORTANTES DE MI VIDA,
    LA MESA OBLIGATORIA DEL “VERDADERO” POKER Y EL NACIMIENTO
    DE MI HIJA, LOS AMIGOS QUE NUNCA OLVIDARE,Y ESPECIALMENTE
    AQUELLOS QUE SE FUERON A JUGAR PARTIDAS INTERMINABLES CON
    DIOS Y CON EL DIABLO. SIEMPRE QUERIAN UNA MANO MAS,EL RUSO
    ESPECIALMENTE LOS DESAFIA TAMBIEN AL TUTE.

    EN CONCLUSIÓN: NO PIERDAS NUNCA ESE HERMOSO CONCEPTO DE LA
    AMISTAD,Y QUE EL POKER DE AMIGOS NUNCA FALTE
    VAS CAMINO AL PODIO,TE QUIERO .


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