La ciudad que derrocha talento musical

bluenote
Este artículo fue publicado en la edición de octubre de la revista Ipop, de Chile.

Un hombre de piel negra de unos 35 años vestido con un lujoso traje, zapatos marrones que brillan y una bufanda del mismo color alrededor de su cuello camina por la Quinta Avenida. Acaba de salir del subte y se mueve lento, como si no tuviera destino. Mientras chasquea los dedos de la mano derecha y se mueve como si estuviera arriba de un escenario, comienza a cantar: “Había una torre gris y solitaria en el mar, tú te convertiste en la luz de mi lado oscuro, el amor continúa, una droga que es lo máximo y no la píldora”. Es el comienzo de la canción Besado por una rosa, del cantante inglés Seal. Y mientras algunas personas lo miran, enamoradas de su ritmo y tono, él continúa cantando y caminando; parece feliz. Pero ese hombre no es un artista, tan sólo es un oficinista que acaba de terminar su día en alguna gran compañía multinacional y se dirige a su casa sin prisa. En la ciudad de Nueva York, el talento musical está por todas partes, en todo momento.

No hace falta pagar grandes cantidades de dinero o sentarse en una mesa de un bar para presenciar un buen show; la gente respira música. Hay un género que predomina: el jazz. Aunque no nació en Nueva York (apareció en el estado de Louisana, más precisamente en Nueva Orlando, ciudad que recibió una gran inmigración africana que le dio al jazz el condimento de improvisación creativa), con el paso del tiempo los más grandes músicos consideraron a la ciudad como el principal escenario del mundo y hoy representa el lugar por excelencia. En el subte, en la estación Times Square (Calle 42), la más grande y que aglomera combinaciones para casi todas las líneas, hay un ejército de artistas que buscan conseguir algunos dólares. Rotan, no se quedan nunca en el mismo lugar y la gente (no sólo turistas, sino también los neoyorquinos) frena su marcha para escucharlos. Son realmente buenos. Bandas de rock (con baterías, dos guitarras electrónicas, un bajo y un cantante), solistas improvisando con un trombón, saxo o un órgano brindan bajo tierra uno de los mejores espectáculos de la ciudad, esperando la oportunidad de poder ascender y tocar arriba, donde sólo llegan los mejores.

El Blue Note está en el barrio Greenwich Village, en la parte sudoeste de Manhattan, el lugar que más tendencia marca en la actualidad. Es el corazón cultural de la ciudad. Alguien que fuera allí sin zapatos o unas zapatillas que no estén de moda o que no tenga una camisa con cierto encanto, puede llegar a sentirse invisible. Nadie discrimina, pero la entrada a un bar como el Blue Note puede llegar a dificultarse. El lugar, cálido y oscuro, tiene una barra en el frente y los espacios entre las mesas son casi inexistentes. Blue Note fue fundado hace 25 años y con el tiempo recibió a artistas como Sarah Vaughn, Lionel Hampton, Dizzy Gillespie, Stanley Turrentin y Tito Puente. Pero ahora es el turno de Michel Camilo, un pianista dominicano que ganó dos premios Grammy, uno en el 2000, por mejor álbum jazz/latino, por el disco Spain, un dúo de piano y guitarra flamenca con el español Tomatito, y otro, en 2003, por el disco Live at the Blue Note, con Horacio Hernández en batería y Charles Flores en contrabajo.  Toca “Lo mejor de Michel Camilo”, un recorrido por su carrera, repasando temas de discos como Spirit of the moment, Rhapsody in blue y Triangulo. Pareciera una mezcla entre Bill Evans y Herbie Hancock, pero Camilo tiene su propio estilo. Genera un ambiente suave pero divertido, mezclando cierto estilo caribeño y música clásica, con grandes solos de piano, donde las manos parecen volar. La gente, respetuosa durante todo el espectáculo, de una hora y cuarto, explota cuando todo finaliza.

Birdland es otro de los grandes clubes de jazz de Nueva York. Ubicado en la calle 44, en pleno Broadway, rodeado por los grandes teatros, este lugar tiene su nombre en homenaje a Charlie “Bird” Parker. En las paredes, el lugar tira en cara todo su prestigio: en prolijos cuadros de marco negro, están colgadas las fotos de Charlie Parker, Thelonious Monk, Miles Davis, John Coltrane, Bud Powell, Stan Getz, Lester Young, Erroll Garner y muchos otros grandes del jazz que tocaron en ese lugar.

En el escenario aparece Dave Holland, un bajista y compositor inglés que en los 90 supo codearse con lo mejor de la vanguardia jazzística. Con el saxofonista Chris Potter realizando grandes solos, el trombonista Robin Eubanks, Steve Nelson, un maestro con el  vibráfono, y Nate Smith, que toca la batería con un movimiento de muñecas tan delicado y sutil como si estuviera acariciando su propio corazón, presenta un espectáculo mucho más clásico y un poco más conservador que el de Camilo, pero con resultado exitoso. Un reflejo de un quinteto maduro -que lleva varios años juntos-, con cinco temas de diferentes discos de Holland, de unos 10 o 12 minutos de duración, con un solo para cada integrante del quinteto.

En el Café Carlyle, dentro de uno de los hoteles más lujosos de Nueva York, en el este de Manhattan, Woody Allen, el director de cine de grandes clásicos como Annie Hall, Hanna y sus hermanas o la misma Manhattan, toca el clarinete junto a la Banda de jazz de Nueva Orlando. El lugar, donde no deben entrar más de 80 personas, está rodeado por murales del artista francés Marcel Vertes. Allen ingresa al Café Carlyle como pidiendo permiso, tímido, mirando el piso. Sin levantar la cabeza, sólo lleva una pequeña valija en la mano izquierda donde guarda su clarinete. “No soy más que un clarinetista amateur. Si yo no fuese una celebridad, la gente no vendría a mis conciertos ; vienen más a verme que a escucharme”, dijo Allen en marzo último, cuando un recital suyo en Barcelona agotó todas las entradas. Y no se equivoca. Aunque parece disfrutar de la música, este filósofo de la modernidad desentona bastante con respecto a sus compañeros, encabezados por el director musical que también toca el banjo, Eddy Davis. Woody, distraído, llega tarde a las conexiones de los vientos (clarinete, trombón y trompeta) y su cara se pone roja cada vez que toca; no parece manejar bien la respiración. Nunca mira al público, sólo dialoga con la banda cada vez que termina una canción. Al final, mientas guarda su clarinete, se anima a cantar con el banjo y el piano de fondo, y se gana la ovación de todos, que, admirados, no paran de grabarlo y sacarle fotos.

En el teatro Fillmore, en la plaza Irving, en el barrio Soho, comienzan a aparecer grupos tan heterogéneos que es difícil reconocer qué tipo de espectáculos se va a ver. Negros con gorras de los Yankees de Nueva York, con zapatillas de colores y remeras mucho más grandes que las de su talla, asiáticos que parecen copiar la forma de vestirse de los negros y blancos vestidos como para ir a un desfile de moda. Sin embargo, cuando N.E.R.D, una banda de rock alternativo, funk, y hip hop, sale al escenario, las 1500 personas comienzan a mover los brazos hacia arriba y abajo, gritan y saltan. Forman un solo grupo. Unidos a la filosofía de la banda, nadie se mira por ser distinto. Todos son uno.

Pharell Williams es el líder de la banda y el que hace mover al público. Vestido como un rapero, desafía a la gente a mover sus manos y a gritar. Este hombre alterna su vida en dos mundos antagónicos: por la noche es una estrella de hip hop y de día es un ícono de la moda mundial, donde tiene marca de ropa propia y posa para la tapa de las mejores revistas.

Fuera del Fillmore, pasa una camioneta 4 x 4, de primera marca. El conductor lleva la ventanilla baja con el volumen de la música a todo lo que da. Los vidrios retumban y hay una pequeña vibración en el piso: “New Yooooork… En Nueva York, es la jungla donde los sueños se pueden hacer, no hay nada que no puedas hacer, estas calles te harán sentir completamente nuevo”. En esta ciudad ya no se escucha a Frank Sinatra y su perecedero hit New York New York. Ahora está en todas partes el tema Empire States of mind, de Jay Z, con coros de Alicia Keys, el nuevo himno de la ciudad. Los autos pasan, la gente se aglomera, se siente el calor. La música no para.



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