Un relato de la niñez pura e inocente

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“Sé jugar con las máquinas y las reglas del billar, sé las letras de las canciones, quién es sincero y quién miente, sé cómo se hacen los niños, sé de sexo… pero en lo demás soy pésima”, son las palabras de Stella, la protagonista del film que lleva su nombre, dirigida por la francesa Sylvie Verheyde.

Stella (Léora Barbara) tiene 13 años y está enamorada de Alain Bernard, un hombre de unos 30 años que pasa la mayoría de su tiempo fumando y tomando cerveza en el pequeño bar que manejan sus padres. No tiene límites. Nunca le dicen cuando ir a dormir o comer. Se mueve en el bar, que también es su casa, en el piso de arriba, a veces como una clienta y otras como empleada. Coquetea con los hombres. Observa. A veces se queda dormida apoyada en una mesa, entre el humo y el alcohol volcado en el piso.

Piensa mucho más de lo que habla. En su primer año de colegio secundario, le cuesta hacerse amigas. Es de una clase más baja que el resto. Su casa es más pobre que la de sus compañeros. Ellos saben cosas que Stella desconoce. Aunque se viste como una mujer, con botas y tapados de piel, todavía es una nena. “Me siento al lado de la chica de la familia Ingalls (es rubia, aplicada y buena alumna). Quizás pueda parecerme a ella algún día”, dice.

La historia transcurre a finales de la década del 70, cuando los chicos se divertían andando en bicicleta, corriendo o en bailes donde la música lenta imponía el momento en que los chicos se animaran a abrazarse a las chicas. Y ellas lo permitieran, claro.

En el colegio la tratan mal. Sus profesores le gritan porque no entiende las cosas. A ella no le importa demasiado. Se distrae. Mira la lluvia por la ventana. Regresa a su casa en tren y ve a su madre llorar. Su padre, en la otra punta del bar, toma cerveza, con la mirada perdida.

Finalmente una chica se le acerca. Gladys, una estudiante brillante de pelo colorado. Se hacen amigas al poco tiempo. En la casa de Gladys, la familia se junta en una mesa para comer. Son argentinos exiliados, psicólogos. Todos hablan un tema en común. Stella, atenta, escucha, aunque no entiende todo.

– ¿Qué hacés en tu tiempo libre?-  pregunta Stella.

– Leo,  ¿Conocés a Balzac?- dice Gladys

– No.

– ¿A Duras?

– No.

– ¿A Dumas?

– Sí, a ese sí- dice Stella (tuve que mentir. A veces es lo más fácil, piensa).

Stella no es un film suave. Contrasta la pureza de esta adolescente que comienza a ser mujer con un mundo hostil. En uno de los rincones del bar, ve a su mamá con otro hombre. Rápidamente se acerca a su papá y se sienta en su falda, mientras miran un partido de fútbol por televisión. A la noche duerme junto a él. Le da un beso. Lo protege. Uno de los hombres del bar intenta abusar de ella. Entiende que el mundo no siempre es confiable. Que existe la maldad, la perversión.

Stella es un film brillante por su sencillez y por la forma en que la directora elige enseñarnos a los personajes. Un guión brillante. Especialmente los soliloquios de Stella. Deja una sensación amarga. En Stella se advierten rasgos fundamentales, como la pureza, la inocencia y la sinceridad, que parecen perdidos en el mundo adulto.

* Stella fue estrenado en los cines de la Argentina en junio de este año. Ya se encuentra disponible en DVD.



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