Roberto Arlt, el torturado

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“Se dice de mi que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias”.  Es la pequeña autodefensa de Roberto Arlt en el prólogo de Los lanzallamas, la novela que en realidad forma una sola junto a Los siete locos. Siempre supo que era cuestionado. Fue un marginal, y no le importaba demasiado. Fue criticado y menospreciado y sus libros estuvieron ausentes en las librerías por bastante tiempo. Intentaba mostrarse indiferente por la situación, pero nunca lo logró: “En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y noches”. Para este blog, Roberto Arlt es un escritor entrañable, de esos que no hay que dejar de leer. Su escritura es fácil de reconocer. El lector comprenderá en las primeras cinco líneas de cada uno de sus libros si Arlt es un escritor imprescindible para ellos o no. Son arranques que atrapan, excéntricos. Sirven para comenzar a entenderlo.

En el cuento El traje del fantasma, de El jorobadito, dice: “Inútil ha sido que tratara de explicar las razones por las cuales me encontraba completamente desnudo en la esquina de la calle Florida y Corrientes a las seis de la tarde, con el correspondiente espanto de jovencitas y señoras que a esa hora pasaban por ahí”.

En El juguete rabioso: “Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia.

En Los siete locos: “Al abrir la puerta de la gerencia, encristalada de vidrios japoneses, Erdosain quiso retroceder; comprendió que estaba perdido, pero ya era tarde”.

En Los lanzallamas: “El Astrólogo miró alejarse a Erdosain , esperó que éste doblara en la esquina y entró a la quinta murmurando: “Sí, pero Lenin sabía adonde iba…”

En El amor brujo: “El perramus doblado, colgando del brazo izquierdo, los botines brillantes, el traje sin arrugas, y el nudo de la corbata (detalle poco cuidado por él) ocupando matemáticamente el centro del cuello, revelaban que Estanislao Balder estaba abocado a una misión de importancia”.

Arlt era autodidacta. Leyó mucho, pero de manera desordenada y sin maestros que lo guiaran. Leyó los clásicos y mucha literatura rusa (la influencia de Dostoievski fue muy grande). Pasó por muchos textos traídos directamente de España, con traducciones horrendas que lo influenciaron de manera negativa.
Roberto Arlt (en sótano)En Los siete locos, escribe: “En el alfeizar de una ventana cubierta de limones violetas estaba abandonada la cabeza de mármol de una mujer. Veíanse forrados los almohadones de las fraileras de géneros que parecían pinturas cubistas y sobre el escritorio había ceniceros de bronce negro y polichinelas de mil colores”.  Pero el tedio por un vocabulario añejo, extraño y difícil de leer se rompe rápidamente cuando Ergueta le responde a Erdosain un pedido de ayuda: “Rajá, turrito, rajá”.

Se sabe, a este blog le apetecen los escritores que viven lejos de los escritorios, el polvo de los libros agolpados y el olor a humedad de un cuarto lleno de papel. Roberto Arlt gozó la calle, donde oía una singular lengua, llena de errores pero también de grandes historias. Sus retratos son de calle porque Arlt era un hombre y escritor de ciudad. Solía juntarse en bodegones y cafetines con lo peor de la sociedad. Se cuenta una anécdota en la que llama a su amigo Córdova Iturburu  y le cuenta: “Estoy acá con unos ladrones tomando un café. Tenés que venir, dicen cosas sensacionales”.

Es una escritura sincera, porque muchas veces los personajes, fronterizos, extraños y marginales, eran él mismo. El Silvio Astier soñador, de El juguete Rabioso, sin un destino y recorriendo diferentes caminos para encontrar un destino, era el propio Arlt.

En sus textos hay un sentimiento de lo efímero, que genera frustración y hasta desesperación, señales precursoras, aunque no definitivas, del existencialismo francés. “Lo que yo quiero es ser admirado por los demás. Qué me importa ser un perdulario. Eso no me importa…pero esta vida mediocre…sin embargo, algún día moriré y los trenes seguirán caminando y la gente seguirá yendo al teatro”, dice Astier, personaje fundamental de El juguete.

Los nombres de los personajes de Arlt son geniales y distintivos, como su escritura: El Rufián Melancólico, El Astrólogo, El Hombre que vio a la Partera o Erdosain, entre otros. Pertenecen a una clase media-baja, pero son instruidos, con una mezcla de salvajismo y anarquismo. Perdidos y en busca de sueños inalcanzables. Como Arlt, Erdosain intenta asestar su mejor golpe con la invención de una rosa de cobre, hermosa e infinita. Es la sensación de una esperanza perdida, que no sirve para salir de la pobreza.

Pero Arlt no era un filósofo y no parece justo caerle por sus soliloquios incompletos e interminables de la sociedad, el amor o la religión. No era su intención. Tampoco era politólogo. Comunista, en las décadas del 20 o el 30 quería decir rebelde, contrario a la sociedad burguesa, disconforme con la forma en la que se vivía y no mucho más que eso. Sus posiciones políticas eran más temperamentales y calientes que conceptuales y frías.

Es una escritura apasionada y espontánea, que no se genera desde la vida del escritor común, dedicado a su obra todo el tiempo. “Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras”, relata en el ya citado prólogo de Los lanzallamas.

Como periodista del diario Crítica y el Mundo, Arlt llegó a ser muy popular a partir de sus Aguafuertes porteñas (en El paisaje de las nubes, publicado el año pasado, están reunidas casi todas las crónicas de Arlt en el diario El Mundo, editado por el Fondo de cultura económica). Arlt recibía innumerables cartas de los lectores con curiosos casos para que él retratara e investigara diferentes particularidades de sus respectivos barrios. Tanto en sus novelas, como en sus cuentos y crónicas retrató a la ciudad de Buenos Aires en épocas de guerra y crisis. Los diarios en la Argentina ya no apuestan a este tipo de crónicas. Mientras miran de reojo su extinción, celosos e incapaces de luchar contra Internet, se acercan cada vez más al aburrimiento y al tedio, sin ganas de generar un contenido diferente, como era el de Arlt en aquella época.

Tampoco parece razonable emparentar a los actuales blogs con cierto estilo literario arltiano. Es desacertado decir que Arlt priorizaba la cantidad sobre la calidad. No hay blog que por su contenido y escritura pueda atarle los cordones a los zapatos de sus Aguafuertes.

Otra mirada sobre Roberto Arlt, en Nos vamos a Copacabana

(*)  El título del post es sacado del libro de Raúl Larra, del que utilicé algunas citas y anécdotas.



There are 7 comments

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  1. fer

    Excelente semblanza sobre Arlt. Y no sólo porque comparta tu opinión sobre este muchacho sino objetivamente: esos comienzos dicen mucho sobre lo que te vas a encontrar. Soy de los que piensan que el tipo, con sus limitaciones, es imprescindible.

    • Lucas Bertellotti

      Massa: Gracias por el comentario. Me alegra que una vez más hayamos coincidido en gustos literarios.
      Martina: Me alegro que el post te haya incentivado a ir por Arlt. Ojo! Te recomiendo que evites el libro Arlt fundamental, de Alfaguara. Ahí hay sólo porciones de casi todas las obras de Arlt. Para mí es preferible que vayas por un libro completo de él. Mi recomendación: Los siete locos. Volvé a pasarte y comentá tu opinión. Saludos!


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