La ciudad, cuna de grandes atletas

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Intentaba llegar al subte. Llovía a cántaros. Tenía los zapatos mojados y mis pantalones arremangados casi por las rodillas. Una señora caminaba por la misma calle. Se dirigía hacia el otro lado. Tenía paraguas, yo no. Venía resguardado por un techo, pero en el momento en que nos cruzamos y teníamos que definir quién quedaría sin protección, pegó su cuerpo contra la pared y me obligó a empaparme. Me di vuelta para mirarla, caminaba rápido. Sin pensarlo, esbocé una leve sonrisa y seguí caminando.

Mientras saltaba cada uno de los charcos, provocados por la cantidad de agua que había caído en tan poco tiempo y por el deterioro de nuestras calles y veredas, pensé: “Ojo, a partir de estas inundaciones, hay muchas posibilidades de que en nuestra ciudad salga una joven promesa de salto en largo”. La Argentina tuvo una sola medalla en este deporte. Noemí Simonetto ganó la de plata en los Juegos Olímpicos de Londres 48. A partir de allí, no hubo representantes que se destacaran en la disciplina.

Así, empecé a prestar atención en mi técnica de salto. Concentración para determinar el momento justo para desprenderme del suelo. Aceleración, y tres pasos: izquierda, derecha, izquierda, y el despegue. La caída, superando los 30 centímetros, fue con los dos pies hacia adelante, como los grandes atletas. Miré a los costados, pensando que alguien me estaría viendo. Pero no.

Habría que agradecerle al ingeniero Mauricio por esta gran ciudad, que no sólo se preocupa porque esté buena Buenos Aires, sino que comienza a involucrarse en el atletismo de nuestro país, que sufre día a día con deportistas que no tienen recursos para competir en el exterior y que, aún así, cada tanto vuelven de sus competencias con una medalla bajo el brazo.

Y pensé en algún pibe, de unos 10 o 12 años. Quizás viva por la zona de Palermo, por las famosas Santa Fe y Humboldt. Lo imaginé en la calle, saltando, agarrado del brazo de su mamá. De repente, el pibe se rebela y se desprende de la mano de ella. A pocos metros tiene un charco de un metro. Se concentra, abre bien los ojos, toma carrera, se impulsa y supera la marca. Pasa el charco de agua con facilidad.

El nene jugaba al fútbol con sus amigos pero, un día, después de aquella experiencia, le preguntó a su mamá si lo podía llevar a saltar. La madre tardó unos meses en llevarlo, porque no sabía bien dónde podía practicar el deporte, pero finalmente se decidió. Después de la primera práctica, la madre le fue a preguntar al entrenador si su hijo servía para esta disciplina.

Y él fue claro: “Señora, su hijo es un fenómeno. Nunca vi saltar a alguien de su edad de esa manera. ¿Dónde aprendió a hacerlo?”. Ella respondió: “Saltando charcos, cerca de casa”.



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