Memorias de un ex jugador del ascenso

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No estaba citado entre los 16. Aún así, fui a ver el partido y me acerqué al vestuario a saludar a mis compañeros justo antes de que entraran a la cancha. Se estipula que los jugadores que no forman parte de los titulares o que no van al banco de suplentes deben “acompañar al grupo”, para mostrar su apoyo aún en una situación que no lo tiene para nada a gusto. En general, cuando iba a ver los partidos a la platea no quería ver ganar a mi equipo. O sí, pero era una sensación extraña. Para mí era fundamental notar indicios que me permitieran soñar con que el próximo encuentro jugaría. Quienes lo veíamos  desde afuera sabíamos que una goleada a favor nos marginaría, seguramente. Una victoria ajustada con algunas dudas nos abriría el margen. Sensaciones ambiguas. Si se perdía, el ambiente de la semana sería mucho más denso. Gestos desafortunados, comentarios desacreditados y roces demasiado fuertes para una práctica de fútbol. Pero, quizás, ante las fallas del equipo, tendría mi chance de jugar. Al fin y al cabo, era lo único que me importaba.

El desempeño en el torneo era malo. Al equipo le costaba muchísimo ganar partidos. Aunque es del ascenso, de las más bajas categorías, y con pocas virtudes como para considerarlo un “buen club”, las pretensiones de los dirigentes y de los hinchas eran grandes. “Con la camiseta de Rayas ganar o morir”, solía cantar la barra una vez superados los 30 minutos del primer tiempo, cuando Rayas empataba en su cancha.

“Dale viejo, eh. De acá no se llevan nada, viejo. ¡Vamos carajo, eh!”, gritaba uno de los referentes en el vestuario, mientras se colocaba la cinta de capitán en el brazo derecho. De repente, se escuchó un golpe fuerte, como si alguien hubiera pateado la puerta. En general, nadie entraba al vestuario, salvo algún dirigente. El lugar estaba custodiado por varios policías, que hasta se habían puesto difíciles para dejarme pasar a mí, luego de explicarles varias veces que era jugador del equipo local. Todos miramos afuera, con la intuición de que el golpe que habíamos sentido no debía ser nada bueno. No nos equivocamos. Apareció un hombre de la barrabrava, gordo, con el pelo largo, pantalón corto y remera del equipo (con el número 3 en la espalda y el mismo nuevo modelo que habíamos usado dos o tres fechas atrás). Tenía dos cortes en la cabeza. Uno, arriba de la ceja del ojo derecho, y otro, un poco más arriba, en el cuero cabelludo. Estaba acompañado por otro barra que pedía por el doctor. La sangre caía al piso, también a su camiseta. El vestuario hizo silencio. La arenga terminó y miramos atentos a los dos hombres, que estaban exaltados. “¡Esto es sangre, Raya! Hay que poner huevos, la concha de su madre. ¡Esto es sangre!”, gritaba, desesperado y con la voz entrecortada, el barrabrava herido. El otro, algo avergonzado, asentía las palabras de su compañero y nos miraba a los ojos desde afuera del vestuario. Volvió a pedir por el doctor. Miró a su compañero y, en voz baja, le dijo: “Ya está, guacho. Pará de gritar, bobo”. Todos miramos al doctor, un buen tipo al que le teníamos simpatía. Se lo notaba indeciso. No era su función atender a ese hombre que, después supimos, se había lastimado luego de un cruce bastante violento con la hinchada del otro club. Un dirigente entró apurado y gritó: “¡Tordo! Vení a dar una mano, por favor”. El doctor miró al piso, suspiró, agarró el bolso que estaba apoyado en la camilla de los masajes y salió. Inmediatamente se escuchó la voz del entrenador. Parecía algo afectado por lo que acababa de suceder: “Dale muchachos, no pasó nada. Nos metemos en el partido”.

El acontecimiento no era demasiado grave, lo sabíamos, pero tampoco era el mejor condimento como para salir a la cancha con ganas de patear una pelota. Vi a un compañero parado, ya preparado, con los botines puestos y cambiándose la pechera por la camiseta con la que iba a jugar. Tragó saliva dos veces, se mojó la cabeza y se sumó a los gritos generales del vestuario. Ese día, Raya perdió 1 a 0.

El equipo llevaba varios partidos sin ganar. La situación era crítica. Esa misma semana, el presidente vino al entrenamiento y habló ante todo el plantel en el vestuario local, donde se cambiaban los jugadores de mayor trayectoria. En el visitante, justo enfrente, iban los pibes. El presidente había decidido bajarle el sueldo a todo el plantel a un 30% debido al bajo rendimiento. Argumentó que, por los malos resultados, cada vez  iba menos gente a la cancha y que estaban empezando a perder dinero en los partidos, entre los gastos del operativo de seguridad y otras cosas. Sin contratos legales, el jugador de la C o la D negocia todo de palabra. Cuando gana y el equipo va bien, presiona para recibir más viáticos y premios. Cuando pierde y le va mal, baja la cabeza e intenta cobrar lo antes posible, sin levantar demasiada tierra. Un jugador con mucha trayectoria lo interrumpió: “Perdón, pero yo así no sigo. Renuncio”. Algunos asintieron. Otros se mantuvieron en silencio. Muchos miraban el piso mientras, descalzos y sentados en un banco, le daban vueltas al botín de manera circular, hacia un lado y otro. El presidente no se mostró sorprendido y le contestó que después arreglarían su situación. Cuando  se fue, estalló el vestuario. Otro jugador importante se plegó a la decisión del primero. “Yo me voy con vos. No podemos aceptar que nos pelotudee el chanta este”. Cinco compañeros más adhirieron.

Fuimos a entrenar en silencio. El cuerpo técnico se encargó de hacer la práctica lo más distendida posible. Una vez que empezó a correr la pelota, con algunos juegos que nos gustaban, el humor cambió. Al otro día, el jugador que había interrumpido al presidente no estaba. El resto sí. Nadie más se había ido. Nadie dijo nada.



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  1. Joaquín Bilbao

    Sorprenden las similitudes de tu relato con lo que se lee domingo tras domingo en suplementos deportivos de los diarios. Al final todas esas historias tienen algo de verdad. Cuesta creer que todo se maneja de forma tan caótica, pero es verdad.

    Me molesta la falta de protección que hay para el jugador. Parece que lo invaden de todos lados: barra bravas, dirigentes e hinchas. Yéndome del ascenso, este domingo me disgustó la actitud de algunos “simpatizantes” de Boca insultando en forma desmedida a sus jugadores y Falcioni. Podemos seguir amparando estas conductas en el “folcklore” del fútbol, pero me parece que hay que empezar a reflexionar un poco.

    Gracias por contarnos estas cosas. La imagen del “marginado” en la tribuna, sin desear precisamente lo mejor para su equipo no tiene desperdicio. Tampoco el resto de las anécdotas…. Por eso espero ansioso la segunda y, por qué no, más partes de estas memorias.

  2. Peter Ioppolo

    Negro, hace mil q no hablamos, llegue aca por un link de facebook de tu hno.

    Espero con ansias la parte 2.

    Espero q andes de 10.

    Pd: Mira la melena q tenias hdp, eras el Diego en el 86.

    • Lucas Bertellotti

      Muchas gracias por los comentarios. Sí, el de la foto soy yo y la historia es real, con mínimas variaciones. Coincido con Joaquín en que la situación del fútbol y su ambiente es ilógica y desagradable. Algo de eso traté de reflejar. Saludos para todos!

  3. Juanjo

    Excelente aunque triste la historia. Parece algo de todos los días en el fútbol argentino. Espero la segunda parte.

    Un abrazo

  4. María Isabel

    Excelente artículo Lucas…Me sentí parte de ese grupo de idealistas jugadores, llenos de sueños, que NO se venden por nada!! El único premio es jugar en “el equipo” Un deleite para los que lo leemos!!Sos vos el de la foto?


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