Revista Periplo: incorporarse en el viaje del salmón

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La revista Periplo es, un poco, como el salmón. Va contra la corriente, en la mano opuesta, en otro sentido a lo que está establecido. Es una revista digital, pero choca contra una de las reglas generales de Internet, que dice que los textos no deben ser muy largos o que la información debe estar agrupada en el primer párrafo. Periplo publica artículos particularmente largos. Había escrito 4500 caracteres de mi nota, cuando consulté al editor cuánto más podía estirarme. “Hasta 9000 o 9500 caracteres, no hay problema”, respondió. Siempre tuve la misma idea con respecto a la extensión de los textos en la Web. Si el espacio de Internet es infinito, ¿por qué limitarse a escribir poco o quedarse con ganas de más? Si el lector común se aburre, ¿por qué apuntar siempre a ellos? Cuando leo algo que me gusta, no quiero que termine, quiero que siga.

En Internet todo es rápido. Los portales de noticias suben información cada minuto. Los blogs deben actualizarse con regularidad, al igual que las redes sociales. Revista Periplo sale cada dos meses, un tiempo bastante prolongado para este mundo vertiginoso. En el primer mes, un grupo de personas (periodistas, abogados, politólogos, escritores, entre otras profesiones) se dedican a exponer sus ideas sobre un tema, en este número, el X, en la traición. En el segundo mes, un grupo de talentosos ilustradores (en mi nota intervino la gran Julieta Piaggio) se las ingenian para acompañar con diferentes recursos a las letras.

Por último, y quizás lo más importante, para leer Periplo (esto lo vengo haciendo desde el primer número, debido a la participación en la revista de dos buenos amigos) se necesita tiempo. En ese momento, claro, es cuando la intención de hacer algo bueno debe estar a la altura. Es decir, la calidad del texto (a un poco de eso apunta, con más fracasos que victorias, este blog) y la belleza de la imagen tienen que atrapar y convencer de que vale la pena seguir leyendo. Aquí va el comienzo de mi artículo, una tesis sobre la debilidad del traidor, utilizando como referencia a El juguete rabioso, de Roberto Arlt, y el film Antes que el diablo sepa que estás muerto, de Sidney Lumet.  Que el lector juzgue:

Silvio Drodman Astier es un fracasado corredor de papel a comisión, en el barrio de Caballito, en la ciudad de Buenos Aires. Intenta por todos los medios salir de la marginación y la pobreza, sin demasiado éxito. Andy Hanson es contador y tiene una buena calidad de vida, pero se siente infeliz. Aburrido y agotado, suele tomar cocaína en su lujosa oficina de Nueva York. Su hermano menor, Hank, la pasa aún peor. Divorciado y con una hija, no tiene dinero, tampoco alguien a quien querer. La sociedad le concede el irreversible privilegio de formar parte del club de los perdedores. Aunque los tres tienen historias diferentes, hay algo que los une y que a la vez los hace distintos al resto: son traidores.

El traidor, el que comete una falta quebrantando la lealtad que se debe guardar o tener, es débil. Vive humillado, casi desequilibrado, por una situación o un estado que hace su existencia penosa. Traiciona ante la desesperación de no poder sacar la cabeza del agua. El traidor está decidido a romper vínculos fuertes, a destruir historias que lo movilizan, anécdotas alegres o recuerdos imborrables. En esto surge lo rimbombante de su acción. La deslealtad no se realiza con cualquiera. El traidor quebranta a su papá o mamá. Acusa a un amigo querido. Manosea su prestigio y reputación cuando traiciona a alguien a quien considera importante. Para él, nada será tan fundamental como intentar esquivar su debilidad, dejarla de lado para sentirse un poco mejor.

(Continúa en la página 18 de la revista)



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