Memorias de un ex repositor externo (parte I)

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Contengo la respiración porque no aguanto el olor. Sostengo dos cajas que hace unos minutos estaban llenas de cds pero que ahora están vacías y tienen que ser tiradas a la basura. En ese lugar, donde los empleados del supermercado arrojan las cosas que sobran o se pudren, es difícil estar más de unos segundos sin sentir náuseas. Es el fondo del local, donde los mortales clientes no pueden ingresar, un sector bastante amplio con rampas para que los camiones puedan depositar la mercadería. Lo que el público no puede ver, el detrás de escena, es en realidad la verdadera esencia del local. Suelen tener un cuarto destinado a arrojar cajas, papeles, bolsas y plásticos. Para no vomitar y hacer la tarea lo más rápido y lejos posible, desarrollé una estrategia efectiva: me acerco con paso acelerado pero también disimulado, para no herir susceptibilidades (muchos empleados pasan la jornada laboral ahí y no sería educado que me vieran escapar de su ámbito, del que ellos están obligados a estar). Sin detener la marcha, desde unos ochos metros, lanzo las cajas con mi brazo derecho, como si fuera un triple de básquet pero con un movimiento similar al gancho en el boxeo. Si me viera algún jefe seguro me diría algo por mi desprolijidad. Las cajas quedan tiradas en cualquier lado pero mi objetivo está cumplido. Es uno de los peores momentos de un trabajo que recuerdo como algo bueno, de repositor externo de supermercados.

Muchas veces la comida que parece estar en condiciones de consumirse termina de pudrirse en ese sector.  El supermercado solía entregársela a los pobres que se acercaban al lugar, hasta que uno de ellos, al intoxicarse con un alimento, hizo una denuncia que luego ganó. Y la beneficencia se acabó. A partir de allí, cualquier producto que superase un día de vencimiento iba a la basura. Las papas, ya de color negro y repleto de moscas bailando a su alrededor, eran las que más olor dejaban.

Ser repositor externo significa que uno no trabaja para el supermercado, si no que es contratado por una empresa que tiene un producto dentro del local que necesita controlarse y distribuirse de manera regular. Mi trabajo consistía en la reposición de cds y DVDs de música (desde Ray Charles a Ella Fitzgerald, pasando por el trío Los Panchos, que increíblemente era uno de los más vendidos, Bob Marley, José Vélez o infantiles, al estilo “Rolling Stones para bebés” o “Mozart desde la cuna”).

En este trabajo, lo más importante es caerle bien a la gente. El repositor externo es parte del funcionamiento general del supermercado pero no es una pieza fija. El proceso de iniciación para un “repo externo” comienza con el famoso “contralor”. Son los empleados de seguridad que están en la puerta de acceso de los trabajadores. Se encargan de habilitar a los repositores externos y a cualquiera que pretenda acceder al salón. Ser simpáticos con ellos es fundamental para la supervivencia. Cualquiera de ellos, con llamativas gorras negras y amarillas, y un handy siempre preparado para contactarse con los jefes, puede hacerte esperar entre 15 minutos y una hora para darte el permiso para empezar a trabajar.

Una vez en el salón, hay que dirigirse a uno de los empleados del sector en el que estén guardados los discos en el depósito. En general, son de bazar o electrodomésticos. Otra vez, la diferencia la marcan las relaciones personales. Uno de los jefes de “electro” de un local de Martínez, con el que solía discutir de cine y teatro, me daba directamente las llaves para que retirara la mercadería por mi cuenta. Otros, a los que nunca supe por dónde entrarles, me hacían esperar hasta que atendieran a un cliente y luego me acompañaban. Era, en realidad, el procedimiento correcto. Una de las mayores pérdidas de los supermercados son los robos internos de mercadería. Siempre supe que cada tanto pasaban por el depósito y se llevaban uno o dos discos que les gustaran (“¿No tenés de cumbia?”, era la pregunta que más me hacían). Lo mismo ocurría con el resto de los productos.

La guerra de marcas era competitiva y cruda. La línea de caja era mi objetivo principal. Es el mejor lugar para productos como golosinas, pilas, afeitadoras y, por supuesto, discos que no salen más de 20 pesos. El comportamiento de los compradores era interesante de ver. Mientras hacían la cola y esperaban ser atendidos, se aburrían. Entonces empezaban a mirar lo que tenían alrededor. Casi siempre se llevaban algo. Pero, al dejar mi mueble en la mejor ubicación, entre las cajas que más actividad tenían y más gente pasaba, sabía con certeza que la próxima semana no estaría ahí. A las pocas horas, o hasta a los minutos, vendría un repositor de otra marca y ubicaría su producto en el lugar privilegiado. Y, cuando uno de los jefes “arreglaba” con alguna marca la exclusividad del lugar, mis muebles aparecían tirados bien lejos, cerca de la verdulería o escondidos detrás de una columna.

El comportamiento de los clientes cambiaba a partir de la zona en donde estuviera el local. Sorprendentemente, las peores actitudes las vi en los lugares de mayor nivel socioeconómico. En el local de Barrio Norte, es el primer día de una de las cajeras. Parece tener algunos problemas para cobrar una compra, pero se muestra educada y con ganas de hacer las cosas bien. La clienta, una mujer de unos 40 años, vestida con brillantes zapatos negros, medias largas, una pollera que le llega a la altura de las rodillas de color marrón y una camisa y saco del mismo tono, no tiene paciencia. Abandona el carro lleno de bolsas con diferentes productos. Mientras se va, dice: “¡Sos una inútil!¡ Vas a trabajar toda tu vida acá! ¡No vas a salir nunca de acá!”. La cajera sigue la marcha de la mujer con la mirada y cuando ésta deja el local, llora. Se tapa la cara con las dos manos, pero es un llanto desconsolado, inocultable. Rápidamente llega su compañera, que estaba en la caja de al lado y apoya su mano en la espalda, mientras intenta consolarla y mira alrededor para recibir ayuda en una situación que parece incomodarla. Aparece la jefa y le dice que se vaya a descansar un rato. Ella se levanta rápidamente. Abandona su caja y camina con la cabeza gacha. Cada tanto inspira y se lleva a la nariz las lágrimas derramadas. Todos la miran, clientes y empleados, pero nadie se anima a acercarse.



There are 13 comments

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  1. Chunky

    Felicitaciones Lucas!, Mediante tu relato me hiciste emprender un vivaz viaje a través de mis recuerdos reviviendo momentos, personajes, sensaciones y hasta olores.
    Espero ansioso por la parte II.
    Seguí así! Un fuerte abrazo.

    P.D: Saludos de parte de Sebastián de Edison.

    • Lucas Bertellotti

      Muchas gracias por el comentario, Chunky. La segunda parte ya está escrita. Increíblemente, Sebastián, de Edison, tiene un rol protagónico (boicoteaste el intento por mantener el anonimato del despreciable “jefe”). Abrazo!

  2. Graciela Noli

    Me gusta mucho lo poco que lei de vos. Parece que empezaras contando algo trivial, sin mucha importancia, y de repente, das el golpe, el zarpazo, llegas al corazon.Decis palabras sabias. La segunda parte tambien muy buena!

  3. dario

    no es asi en todos los super como cuentan la historia hay super higienicos y con buena lana gente con educación y ganas de trabajar,……… y no vaga por mas plata q tengan sin educación en fin … es mejor q cualquier fabrica, saludos dario

    • Lucas Bertellotti

      Alex: Sí, está claro que es mi punto de vista. No, la cadena no es Coto.
      Andrés: estas crónicas las escribí a partir de lo que me tocó vivir. Mito es otra cosa, no estoy inventando nada.
      Saludos, gracias por los comentarios.

  4. Dario Diaz

    El relato que diste, me parece excelente, me hiciste prácticamente vivir el momento, estoy informándome para buscar trabajo, y este relato me muestra la realidad a la que me puedo enfrentar, muchas gracias por compartir tu experiencia sirve de mucho a nuevos trabajadores como yo.

    Diaz, Dario Emanuel
    Lic en Comercializacion

    • Lucas Bertellotti

      Muchas gracias por el comentario, Darío. Me alegra que la crónica te haya servido para tu propia experiencia de vida. Saludos.

  5. javier

    Estoy por trabajar de repositor externo en la ciudad cba estoy viendo si encuebtro bien en que consiste sus labores y algo me ayuda tu relato. Ya tengo experiencia en un super de carlos paz como empleado comodin de temporada y concuerdo con algunas cosas como la gente que te trata mal, gente amargada de mierda que tuve que enfrentarme en la temporada que fui cajero, en la 2da temporada me toco repositor con la atencion de los sectores. Sacar bolsas de basura con carnes,verduras o otras cosas podridas es muy feo el guardia que te.tiene que acompañar a tirar basura se reia de las arcadas que yo hacia jaja pero yo era nuevo asi que me tenia.que bancar muchas tareas desagradablea enfin lo hacia no tenia drama, como limpiar los.miles de gusanitos blancos debajo de conteiner de basura,etc me colgue si aun estas en actividad y puedes ayudarm en decirm bien que hace un repositor externo y diferencias con el ropositor del super te agradecería hermano. Saludos !

    Pd: a que trabajo pasaste despues?

    • Lucas Bertellotti

      ¡Hola, Javier! Desde mi punto de vista, ser repositor externo es más divertido: vas de un lugar a otro y se escapa un poco de la rutina. De todas maneras, no tengo idea cuál es mejor en cuanto a condiciones laborales. Más allá de lo que se pueda deslizar de esta crónica, tengo un buen recuerdo de este trabajo. Al fin y al cabo, todo se remite a la gente y yo tenía un jefe extraordinario. Después de eso empecé con el periodismo, que era lo que estaba estudiando en esa época. Un abrazo,


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