El hombre de traje que hacía preguntas: una de discriminación en el Colón

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Estaba vestido con un saco negro y mocasines del mismo color, camisa celeste y pantalón de jean. No me afeitaba hace un mes y medio, más o menos, por lo que mi barba estaba bastante crecida. Llevaba una mochila, porque venía directo del trabajo. Me encontré con mi novia en la calle Libertad. Estábamos listos para entrar.

-Hola, ¿con estas entradas se ingresa por acá, no?

Le entregué el par de tickets a un hombre de seguridad. No estaba dentro del teatro, sino en lo que sería el pasillo para acceder a una de las puertas de ingreso, por donde se deben caminar unos 35 metros, bordeando el edificio. Tenía un traje negro y llevaba un auricular en la oreja izquierda. A su lado, a unos dos metros, había otro hombre muy parecido a él que cumplía la misma función. Mientras miraba las entradas, dijo: “Aguarden detrás de los señores, por favor”. Delante de nosotros había una pareja de unos 80 años cada uno. No había más gente que dos hombres de seguridad, nosotros y la pareja, que ya caminaba hacia el teatro. Al llegar nuestro turno, el hombre del traje, con las entradas en la mano, dijo:

– ¿Qué tal? ¿Les puedo preguntar cuándo compraron las entradas?

–  Sí…hace un mes y medio, más o menos.

– ¿Les puedo preguntar dónde las compraron?

– Eh…acá. En la boletería del teatro.

Como había adquirido las entradas con bastante anticipación, me imaginé que podían llegar a estar viejas, que no correspondían al sistema de venta o algo por el estilo. El hombre, de unos 30 años, las miraba como si fueran un objeto extraño. Las daba vuelta, hacia un lado y otro. Observaba la parte delantera y trasera. Las alejaba de sus ojos y las acercaba.

-Y… ¿le puedo preguntar cómo se enteró del evento?

– Sí…hacía tiempo que tenía ganas de ver a Lavandera y lo busqué en la página del Colón.

Imaginé que el Teatro Colón intentaba hacer un registro de cuánta información tenían los espectadores sobre lo que van a ver. Cuánto se preocupan por las entradas, cómo se enteran del evento, etc.

-¿Le puedo preguntar qué toca Lavandera?

-¿Qué toca Lavandera?… el piano.

-Sí, pero, ¿podría decirme qué toca específicamente?

– ¿Qué?… ¿Te toman prueba para entrar?

-No, no señor. Simplemente no me informé y quiero saber qué es lo que toca.

– Y…no sé qué toca. Beethoven, Bach…

A esta altura, no entendía nada.  ¿Tan exclusivo es el Teatro Colón? ¿Cómo van a captar gente si, cuando alguien no es especialista del tema, le hacen todas  estas preguntas? ¿Qué hago con este tipo?

– Muy bien. ¿Puede mostrarme el contenido de su mochila, por favor?

-Sí…

– ¿Tiene algún elemento cortante?

-No. Vengo de trabajar.

– ¿De qué trabaja, señor?

– Soy periodista.

Estaba nervioso. Me había parecido lógico que me revisara la mochila pero todo el resto era demasiado. Y hasta tuve una reacción extraña: sin que él me lo preguntara, le dije que venía de trabajar. Fue un mecanismo de defensa, imagino. “Soy periodista, laburo en una redacción. No pienso hacer nada extraño”, pensé y fue lo que intenté demostrarle.

-Muy bien, puede pasar.

-…

Mientras lo miraba, cerré la mochila con fuerza y caminamos hacia una de las puertas del teatro, el acceso para las ubicaciones que teníamos. “¿Qué carajo le pasa a este tipo, esta loco”, le dije a mi novia, como para tantear si la situación me había parecido extraña sólo a mí. “No sé, es una locura lo que hizo. No puede hacerte todas esas preguntas”.

Ingresamos al teatro. Estábamos en la planta baja y todavía teníamos que subir las escaleras para llegar a nuestros lugares. Mi novia quiso ir al baño antes de la función y yo me senté en un asiento que estaba a unos metros. Sentía calor en la cara, como si estuviera a punto de explotar. El corazón me latía fuerte. “Tengo que ir a hablarle. Si no voy, me quedo con la espina y no creo que pueda disfrutar del concierto” pensé. Sin pretenderlo del todo, me levanté y caminé hacia afuera. Los hombres de traje seguían en sus posiciones, con poca actividad. “Disculpáme”, le dije.

-¿Sí, señor?

– Sí, mirá…quiero saber por qué me hiciste todas esas preguntas.

– Por una cuestión de seguridad, señor.

-Sí, pero.. ¿no te das cuenta que no me podés hacer todas esas preguntas?

– ¿Por qué no, señor?

Noté en su forma de hablar un grado de sarcasmo, burla y algo de preocupación, mientras miraba de reojo a su compañero.

– Porque todas esas preguntas que hiciste resultan muy agresivas. Tenés que tener más cuidado con lo que decís. ¿Quién sos vos para preguntarme en dónde trabajo o qué toca Lavandera? ¿No puedo venir a verlo si no sé qué toca? Sos muy agresivo.

– No, discúlpeme, señor.  Le pido mil disculpas si usted piensa que fue así.

-Sí, pienso que fue así. Fuiste muy agresivo. Aparte, ¿a mí sólo me hacés las preguntas?

-No, señor, a todos.

– Pero a los señores que estaban adelante mío, antes de entrar, no les preguntaste nada.

-Sí, señor, le hacemos preguntas a todos (miraba para los costados y se tocaba la cara).

-Entiendo que tengas que revisar mi mochila por una cuestión de seguridad. Pero no me podés preguntar qué toca Lavandera. ¿Y si no lo sabía no me dejabas entrar? ¿Qué te pensás? ¿Que te voy a poner una bomba? (me arrepentí de decir “bomba”. Recordé las películas en las que la palabra “bomba” representa una seria amenaza a la seguridad).

– No, señor. Le pido mil disculpas.

Volví al teatro. Cuando ingresaba y un empleado estaba a punto de cortarme las entradas, hablaba con mi novia sobre lo que había pasado, en un tono elevado, para que todos me escucharan. “No. No es así. Fui a hablar con el tipo. ¿Cómo me va a hacer todas esas preguntas?”, decía. Noté que dos de los empleados me miraban con atención. Cuando empezaba a subir las escaleras, uno de ellos se acercó y me preguntó: “Disculpe, señor, ¿puedo preguntarle qué pasó?”. Con calma, respondí: “Sí, el tipo que está en la entrada me mató a preguntas de manera irrespetuosa”. Empezó a mirar a su compañero y a moverse nervioso. Se tomó la frente y me dijo: “Uy, no, señor. Le pido mis disculpas. Por favor, usted tiene que saber que los hombres esos de seguridad de afuera no tienen nada que ver con el Teatro Colón. Son empleados de la gente que organiza el concierto”. Mientras subía las escaleras, dije: “Está bien, no se preocupe”.

Disfruté mucho del concierto. Había elegido especialmente la función: concierto como solista de Horacio Lavandera, un joven pianista argentino. Lo había visto en televisión, en una entrevista. Me compré un par de discos suyos. Lo escuché. Entendí un poco más la música. Me sentí contento.

Mientras esperaba que empezara la función, leí el programa que repartían los acomodadores. El concierto, me enteré, no formaba parte de la programación habitual del Colón, sino que era el “Ciclo 3 Conciertos” del abono DAIA 2011.

Dentro del libro, la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas) se presenta de la siguiente manera: “Nace hace 75 años para luchar contra toda forma de discriminación y específicamente contra el antisemitismo. Es la representación política de la comunidad judía argentina y tiene como misión contribuir a la diversidad, el diálogo interconfesional, el pluralismo, los valores democráticos y los Derechos Humanos”.



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  1. El hombre de traje que hacía preguntas: una de discriminación en el Colón « Crónicas de calle « Habitués del Teatro Colón

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