Generation kill: la guerra en la que no pasa nada (y nada cambia)

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“Sé que esto puede sonar extraño, pero en el fondo, me gustaría saber qué se siente que te disparen. Digo, realmente no quiero que me disparen, pero no sé… me pongo más nervioso mirando un partido de fútbol en mi casa que acá en la guerra…”, Soldado James Trombley

“No va a durar mucho” decían los Marines sobre el periodista de la revista Rolling Stones, Evan Wright. Había llegado a Irak en marzo del 2003, en el momento de mayor violencia entre las fuerzas de resistencia de Sadam Husein y las tropas estadounidenses. Pero sorprendió a todos. Y duró. Por eso se ganó el respeto de los soldados (también por haber sido editor de la revista pornográfica Hustler, perfecto detalle para atraer la atención de todos), que tomaron al “reportero” como uno más.

Que Wright haya sido respetado no fue un detalle menor para lo que sería el resultado final: una serie de artículos publicados en la Rolling Stones, con el título The killer elite. En el 2004, el autor escribiría el libro Generation kill. David Simon y Ed Burns, creadores de The Wire y Treme, quienes ya pueden ser considerados como dos de los más grandes genios del siglo XXI, utilizaron las vivencias de Wright para crear la serie, presentada en el 2008 y de sólo siete capítulos.

A diferencia de los soldados cansados de la muerte y la sangre de la Segunda Guerra Mundial, los protagonistas de Generation Kill (el grupo de Marines de la unidad de reconocimiento, los más preparados, sanguinarios y guerreros de todas las especies que combaten para los Estados Unidos) piden por acción. Se enojan cuando sus superiores los mandan a misiones que no requieren tiros, bombas o matanzas. Y, para desgracia de ellos, la mayoría de las tareas no tienen demasiada adrenalina.

La serie relata el camino de este grupo, en donde el periodista Wright es mostrado dentro del relato (acompaña especialmente a los soldados Brad Iceman Colbert, Ray Persona, James Ransone, único que participa en The Wire, Treme y Generation, y James Trombley, en su destartalada camioneta Humvee).

La gran virtud de los productos de Simon es el despojo de los estereotipos. Los Marines piensan que los caramelos Charms traen mala suerte, cantan temas pop de los ochenta, con coros y percusión incluidos, o mantienen discusiones ideológicas mientras se dirigen a una misión. Todo está en los detalles, los acentos de los soldados, sus orígenes. El realismo puro (Simon decidió no modificar prácticamente en nada el relato del libro).

Hay dos cosas que podrían emparentarse a estos soldados con los de otra época, como podrían ser los de Band of brothers, de la SGM. La primera, es que no saben del todo por qué están en guerra. Para ellos, la invasión es más bien un deporte en el que matar o cumplir con las misiones son sus objetivos. La segunda, es su idiosincrasia. En general, provienen de familias de clase media baja, con poca educación y una infancia llena de traumas. Forman parte de un gran tablero de ajedrez, en el que se resignan a ser peones que cada tanto son movidos de un lado a otro por un grupo de personas, los políticos, encargados de tomar las grandes- y equivocadas- decisiones.

La guerra en Irak no sólo fue injusta sino también cruel. Generation kill denuncia la cantidad de personas inocentes muertas por la vehemencia incomprensible de los estadounidenses, que tiraron a todo lo que se moviera. Sobran los cuerpos de bebés o mujeres tirados en la calle. En Irak no existieron los “derechos de guerra”. Sólo hubo abusos y maltrato. El contexto genera en los soldados una conducta animal. Ya no tienen miedo. Tampoco lástima. Por eso Trombley, uno de los más jóvenes, reconoce que se pone más nervioso en un partido de fútbol que disparando a unos iraquíes.

Sorprende la insistencia en marcar la incompetencia, especialmente de los altos mandos. También la escasez de recursos (los soldados no tenían pilas para activar los aparatos para ver en la oscuridad, entre otras cosas). Y por último, la carencia de un objetivo. ¿Para qué están en Irak? ¿Para destruir a las famosas armas químicas, que nunca aparecieron, o para derrocar a Sadam? ¿Para llevar democracia? ¿Para establecer orden?

El último capítulo, cuando las tropas ya tomaron Bagdad y tiraron la estatua de Sadam, es el más revelador. Los Marines entienden que su presencia no cambió la vida de los iraquíes. En realidad la hizo peor, porque para llegar a ese lugar destruyeron medio país y los ciudadanos ahora no tienen luz, agua y viven con miedo por los saqueos.

Una vez más, Simon patea los paradigmas y los cambia. Cuando los Marines ven un video al final de la guerra (filmado por uno de los soldados, al estilo documental), con las imágenes de lo que fue la invasión, en donde hacen explotar edificios y aparecen cabezas rodando en las rutas, entre otras cosas, festejan y gritan. “Oooooh, ¿viste eso? Es espectacular. ¡Cómo voló ese maldito Hadji!”, se dicen unos a otros. Pero a medida que pasan los minutos se ponen serios. Miran el video y no dicen nada. Mantienen un silencio amargo. Y, de a poco, se retiran del lugar. El ruido de las bombas y los tiros sigue. También las imágenes de los soldados que festejan las muertes y posan para sacarse fotos con los cadáveres iraquíes. Ya no queda nadie frente al monitor. Se fueron todos. Ninguno se miró a la cara.

Este video, genial y al que recomiendo ver para entender la serie, contiene spoilers (en realidad, es el final de la serie, pero no creo que sea determinante si todavía no viste ningún capítulo).



There are 4 comments

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  1. Joaquín Bilbao

    Otra serie más de Simon que tengo en carpeta para enero. Una diferencia fundamental entre estos soldados y los de la Segunda Guerra es que los últimos en su gran mayoría eran civiles obligados a ir por el Gobierno, mientras los otros no. [Claro, existen matices, para eso ver Farenheit 9/11 de Moore}. Eso puede definir el tipo de historias que vas a encontrar en una y en la otra.
    Gracias por seguir actualizando el blog, una guía imprescindible en el ámbito cultural.
    A propósito, tengo para pasarte la primera parte de un documental sobre un saxofonista argentino muy bueno.

    • Lucas Bertellotti

      Gracias, Joaquín. Es verdad lo que decís con respecto a las diferencias de los soldados. Es un detalle que me olvidé mencionar. Será bien recibido el documental, hasta podríamos darle una mano y publicar algo al respecto (no sólo en este humilde blog, de pocos pero queridos lectores). Un abrazo!


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