Historias de un taxista: “La vida me cagó, ¿me entendiste, flaco?”

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¿Sabés lo que pasa, flaco? Yo era colectivero. ¡Qué trabajo! Ese sí era un trabajo. Arriba del colectivo me sentía bien. Hasta que unos bolivianos hijos de puta me cagaron. ¿Sabés lo que hicieron? Subieron al colectivo y me dijeron que no tenían dinero. Era tarde, flaco. En esa época no había máquinas como las de ahora. Yo me encargaba de darle los boletos a la gente. Y a ellos los dejé pasar. Era de madrugada. Nunca pasa, flaco. Nunca. Pero ese día subió el inspector. Y esos hijos de puta le dijeron que yo los había hecho viajar gratis. Y me rajaron, flaco. ¿Me entendiste? Me rajaron.

Y acá estoy. Tengo 62 años y estoy arriba de este taxi de mierda. Ocho, nueve, diez horas por día. Es una mierda este trabajo. Me gusta la calle, sí. Soy un experto al volante, también. Pocos deben manejar tan bien como yo. Pero el colectivo…¡Ése era un trabajo! ¿Sabés cuánto ganan los colectiveros? Ocho o nueve lucas por mes. ¡Qué bárbaro!

Me gusta la música country. Johnny Cash, Hank Williams, Merle Haggard, Dolly Parton. Todos me gustan. Y no sé ni una palabra de inglés, flaco. Pero cuando las canto, es como si las conociera. Un pasajero me dijo una vez que en otra vida debo haber hablado en inglés. Estoy seguro que es así, porque las canto como si fuera el mismo cantante, ¿me entendiste? Y este gorro que llevo puesto desde hace muchos años, también. Es como el que usaban en esa época, ¿me entendiste? Bien bonito, a lo cowboy.

Cuando llego a casa, a la mañana, me esperan los perros. Vivo solo. Vos no sabés lo que es mi perro líder, Hueso. Podría ir a una competencia de perros que la gana tranquilamente. Tiene una pose, cómo camina ese guacho es impresionante, una elegancia tiene… los otros cinco guachos lo siguen a él, es el líder, ¿me entendiste? Cuando llego a casa, yo vivo en Lomas de Zamora, escuchan el ruido de las llaves y salen al portón. Ni bien entro se me tiran encima los guachos esos, para saludarme. Vos no tenés idea cómo los cuido, flaco. Les cocino. Todas las semanas gasto 150 pesos en la carnicería para su comida. Y bueno, ni miro en el tema de la plata. Cuando voy al super ni me fijo en las marcas tampoco. Compro lo que quiero. Y bue, los perros son mi compañía, flaco. Vivo solo.

A mí me cagan todos, flaco. Esa conchuda. Por Dios… qué tremenda hija de puta. Si la veo por la calle, la piso, que no te queden dudas, flaco. ¿Sabés cómo la conocí? Era verano, hacían como 45 grados. Estaba con el taxi y en la avenida Alem la vi con su hijo. Ella es cartonera. El pibito tendría unos ocho años. Frené porque lo vi muy mal, como deshidratado. Les di agua helada que tenía en el auto. Ojo, no te imagines que la piba es un desastre, eh. Tiene modales, es coqueta, una piba linda. Resulta que el pibe estaba para ir al hospital. Se caía, no se podía mantener parado. Y lo llevé. Los subí al taxi y fuimos al Hospital de Niños. Resulta que el pibe estaba enfermo, qué se yo qué tenía. Bue, desde ahí empezamos a salir. Una piba bonita, eh. A los seis meses, más o menos, me di cuenta que me estaba afanando cosas de mi casa. Yo soy mecánico y ella se choreaba herramientas y otras boludeces que no valen nada. La mandé a la mierda. ¡Qué hija de puta! Y ahora me llama. Me persigue por el barrio. No sé qué quiere. Yo no quiero saber nada con esa puta. ¿Qué querés, flaco? A mí me pasan todas.

A mí en la vida me fue muy mal, pero no me puedo quejar con el tema de las mujeres. Me enseñó el mejor. El Lobo le decían. Un maestro. Yo tenía 15 años y me puse a laburar en un restaurante para no ir a la colimba. El Lobo era un cliente del lugar. Tendría unos 40 años. Los 365 días del año venía a comer con una mina diferente. Pedazos de putas eran. Todas hermosas. Él me dio los datos para ser ganador. Una vez, mientras limpiaba los baños, me miró y me dijo: “Vos naciste para ganador”. Y ahí me dio todos los datos. Yo no soy lindo, feo no soy, pero me dio todos los datos. ¿Sabés cuántas minas me gané? Y arriba del colectivo más. Se volvían locas. No sé, el colectivo tiene algo especial. Es el club de la calle. Ya tengo mucha experiencia y me sigue yendo bien.

Ahora estoy con otra flaquita. ¡Qué hija de puta! Me la gané en la calle a la piba. La vi con una bicicleta y le dije: “¿Te puedo hacer una pregunta? ¿Quién fue el inconsciente que te dejó a esta hora solita?”. “Nadie”, me respondió. Y ahí le tiré la cáscara de banana, viste: “No te creo. Una belleza como vos no puede estar nunca sola. Un tipo como yo sí, pero vos no”. “¿Vos estás solo? ¿Con ese gorro? ¿Con la onda que tenés?”, me dijo. Y, para ganármela, le dije: “¿Te puedo hacer otra pregunta? ¿Querés ser mi novia?”. Y se acercó al taxi y se rió: “Me encantó lo que me dijiste”. Me dio su dirección y más tarde fui a su departamento. No sabés cómo me la garché, flaco. Tiene 31 años.  Pero me dejó. Ya no me responde los llamados y cada tanto paso por su casa pero nunca está. Esa hija de puta…

La vida es así, flaco. Algunos nacen con estrellas y otros estrellados. A mí la vida me cagó, ¿me entendiste? Eso sí, flaco. Ganar minas como yo y manejar, no hay muchos. Eso es seguro, je. Gracias por escucharme, la próxima te cuento más historias, flaco.

El relato, contado en primera persona, es la historia de un taxista que trabaja por el barrio de Constitución.



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