Deportistas discapacitados: la realidad de vivir en dos mundos

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Son las 12 del mediodía y Jorge Díaz se acerca con su silla de ruedas a la calle Giriborne, esquina Avenida Forest, en el barrio de Chacarita. Es un lugar tranquilo, varios árboles lo ayudan a protegerse del sol y cada vez que el semáforo se pone en rojo no deben acumularse más de 10 autos. No se escuchan bocinas ni hay congestiones de tránsito. Había ido a visitar a un amigo que vive en el Tigre, y un retraso en el tren de la línea Mitre, que lo dejaría en Barrancas de Belgrano para luego tomarse un colectivo, lo demoraron, por lo que su jornada laboral comenzaría una hora más tarde de lo normal.

Es diciembre, falta una semana para Navidad, y la temperatura en la ciudad de Buenos Aires debe superar con facilidad los 30 grados. Hace calor. Pese a eso, nunca deja de sonreír. Como si fuera el anfitrión de cada una de las personas que con su auto pasa por “su” esquina, les pide, mientras lidia con el asfalto deteriorado, una moneda con amabilidad. Saluda a la gente que pasa caminando. “¿Cómo anda, Doña?”, le pregunta a una señora, que lo mira e inclina la cabeza con una leve sonrisa. Parece querido por los vecinos. Intenta conquistar a los automovilistas con su tonada del interior, les desea un buen día y les agradece, aunque ni siquiera le ofrezcan una mirada. Juntará entre 30 y 60 pesos, en una jornada de unas nueve horas.

Su cara tiene rasgos marcados, con nariz ancha, ojos grandes y rulos desprolijos. Lleva una musculosa azul que muestra sus brazos anchos y robustos, y  unas bermudas de color claro que exponen sus piernas escuálidas, consumidas por la falta de movilidad que desde hace 37 años lo aquejan. En la cintura lleva una riñonera donde guarda las monedas que le dan y su celular, del que cada tanto recibe alguna llamada que atiende con cierto malhumor, dispuesto a cortar la conversación lo antes posible, excusándose porque está trabajando.

Su cuerpo está dividido en dos partes, reflejo de la dualidad con la que convive. El abdomen es fuerte y los pectorales logran marcarse a través de la ropa; muestra una forma y entereza digna de alguien que pasa muchas horas entrenando en un gimnasio. En cambio, sus cuádriceps apenas son perceptibles a la vista. Sus piernas están colgando, sin estabilidad, y sus pies, vestidos con un par de zapatillas gastadas, y apoyados en el soporte de la silla de ruedas, están volcados hacia adentro, mirándose entre sí. Como si hubiera pasado su vida postrado en una cama.

Con la misma habilidad que esquiva los pozos en la calle, se mueve por el parquet de la cancha de básquet que el club Cilsa, de Buenos Aires, utiliza para jugar sus partidos como local, en el Centro Nacional de Rehabilitación, en la calle Ramsay, en Belgrano. Su equipo sale a la cancha y hace el calentamiento previo. Unos cinco jóvenes, que suelen concurrir a los entrenamientos del equipo durante la semana, tienen un bombo y banderas verdes, el color que usa Cilsa. Alientan y, como si fueran barrabravas, les gritan a los jugadores: “¡Esta tarde cueste lo que cueste, esta tarde tenemos que ganar!”. No parece nervioso. Realiza algunas bromas con sus compañeros.

Empieza el partido y Jorge es la voz de mando. Juega de alero, es aguerrido, no da ninguna pelota por perdida y, con su experiencia, maneja los hilos del partido. Con sólo una mirada, toma distancia al aro. Le basta con eso. Prueba un tiro, emboca. Recibe los aplausos del público, unas 100 personas, entre familiares, “hinchas” y curiosos. Practica una cortina y habilita con un pase de faja a uno de sus compañeros. Choca su silla ante la de un rival que cae al piso. Ganó varios campeonatos de la Liga Nacional de básquet adaptado, en diferentes equipos de Tucumán y Santiago del Estero, y hasta formó parte de la Selección argentina.

Para algunos deportistas discapacitados existen dos mundos. El del deporte los ayudó a conseguir la gloria deportiva, a sentirse incluidos, a fortalecer su moral y ser reconocidos.  El del exterior, donde ya no son vistos como iguales o hasta son ignorados, con una infraestructura pobre y un nivel de inclusión bajo, los lleva inevitablemente a ser parte de una dicotomía visible y dolorosa. Son deportistas discapacitados y todos los días viven la realidad de vivir en dos mundos.

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(*) En la foto, uno de los protagonistas de la historia, Dante Tosi, con su kayak.



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