Cuba, la isla del fuimos y del seremos (parte II)

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“Todavía nada acaba; más bien casi todo recomienza con este desembarco, estas duras marchas, pruebas, estas primeras batallas en las que, ahora lo sabemos, lo valiente no quita lo cortés”.
Ernesto Canteli, La Habana.

“Si la Revolución no hubiera triunfado, hoy seríamos como Las Vegas”. La autoría de la frase no pertenece a ninguna persona en especial. Es de todo el pueblo cubano. No hay nadie que no haya dicho alguna vez esto. Es el país del fuimos. El país que fue colonia estadounidense, que se llenó de casinos, hoteles cinco estrellas (a los que los cubanos tenían prohibido el ingreso aunque pudieran pagar una habitación) y prostitutas (que siguen estando, en el país del somos y del seremos). Es el país que se sacaron de encima gracias a la valentía y heroicidad de Fidel Castro, el Che Guevara y compañía, según dicen.

A esta altura, en Cuba nadie tiene miedo de criticar al Estado. Las carencias y necesidades son demasiadas. Pero para hablar de su país, primero inflan el pecho y después, sí, sufren. No les gusta comentar las cosas que están mal. Y siempre, digan lo que digan, aclaran: “Un hombre que ama a su país, no hablará nunca mal de él”.

“¡Malcriá, tu eres una malcriá! ¡Malcriá, dale ponte malcriá! ¡Llegó, llegó, llegó el chofer, tu timonel, esta noche yo quiero que tú seas mi mujer!”, suena la música a todo volumen del cantante de reggaetón más famoso de Cuba, Osmani García. En el almendrón, como le llaman a los taxis particulares compartidos, nadie se habla. El ritmo de la percusión y los coros de la canción acompañan el paisaje visual de La Habana: pintoresca, vieja, sucia, pero, principalmente, apasionante. Los almendrones son los Chevrolet y Ford de los 50, que aguantan el paso del tiempo con motores de jeeps rusos de la época de la Guerra Fría y la Unión Soviética.

En el almendrón viajan siete personas que por 10 pesos cubanos (unos 45 centavos de dólar) pueden cruzar la ciudad de una punta a la otra. Los caminos están trazados. Los choferes hacen siempre el mismo recorrido. Del Capitolio (el punto neurálgico de la ciudad) hasta la avenida 23, donde está la famosa heladería Copelia, lugar de filmación de una parte de la famosa película Fresa y chocolate. Del Capitolio a Alamar, en las afueras. Y así, con todos los puntos de la ciudad.

La madre les dijo a sus dos hijos que tenían prohibido entrar al cuarto de la abuela, que murió la semana pasada. “¿Por qué no podemos?”, le preguntaron Santiago, de 10 años, y Florencia, de ocho. “Porque no”, les respondió. Los hermanos se miraron y no dijeron más nada. Ese día, cuando su mamá fue a trabajar, se quedaron toda la tarde sentados sobre la puerta de la habitación. La tocaron, intentaron escuchar algo del otro lado o espiar por el pequeño espacio entre la puerta y el piso. De vacaciones en su casa de Buenos Aires, porque sus padres no tenían plata para irse a la costa, y sin demasiadas cosas para hacer, el misterio de la habitación rondaba sus cabezas la mayor parte del día. Sufrían por no saber qué había adentro. Un día, Florencia se cansó. Ya no aguantaba más. Caminó hasta la habitación y, cuando llegó, cerró los ojos. Abrió la puerta e ingresó sin mirar. Cuando abrió los ojos, vio el mismo cuarto en el que vivía su abuela. Nada había cambiado, salvo que las pertenencias de ella no estaban más, la cama no tenía frazadas y los objetos que solía haber en la mesita de luz (medicamentos, un collar con una cruz, aros de perla plateados y una enorme caja de bombones de fruta) ya no estaban. Ese día, el misterio para Florencia terminó. A la semana siguiente le tocó a Santiago, que tampoco se sorprendió. Los dos se sintieron desilusionados. Nunca le dijeron nada a su mamá.

“Soy un afortunado, yo pude salir del país”, dice un taxista (este, de auto oficial y mucho más caro que los más divertidos y aventureros almendrones) mientras maneja a una velocidad que no parece la más recomendable entre los ciclistas, las motos y chicos que juegan al fútbol en la calle. En Cuba, el sueño de salir del país desvive a muchas personas. Como Santiago y Florencia, necesitan saber qué es lo que hay más allá y el hecho de que para ellos esté prohibido no hace más que aumentar sus ganas de quebrar lo establecido. Algunos, los de menor recurso y mayor desesperación, se escapan en balsa. Otros, como el taxista, que había ido a Venezuela y Puerto Rico, salen por invitación de familiares. Y, por último, parten también los profesionales (en su gran mayoría, médicos, que van principalmente a Venezuela). En Haití, quizás el país más maltratado del caribe, la bandera cubana es la primera en flamear cada vez que se necesita ayuda y los médicos hasta pudieron controlar el cólera, una enfermedad que azotaba sin piedad.

En las últimas semanas se corre el rumor de que en un futuro no muy lejano se abrirán las puertas de salida de Cuba. Aunque el Estado esconde información, el secreto a voces circula de boca en boca desde los que asisten a las reuniones del Partido Comunista al resto de la gente. Con los medios de comunicación resulta muy difícil enterarse de una realidad verdadera (¿acaso es muy diferente en otros lados?). La televisión tiene cinco canales, en los que casi nunca se transmite nada en vivo, y los diarios Granma y Juventud Rebelde, ambos de llegada nacional, funcionan como órganos propagandísticos. Hace cinco años que el blog de Yoani Sánchez, www.desdecuba.com, denuncia todo lo que no se dice en los medios oficiales, aunque lo que ella escribe, con cierto empecinamiento y pocas ganas de describir las virtudes, que las hay, es más leído por gente que no vive en su país. En Cuba, casi nadie tiene Internet.

En La Habana, Nivia, una mujer jubilada que alquila una habitación de su casa, recibe mails anti kirchneristas de una antigua huésped argentina, profesora de una escuela secundaria de Lanús. Los borra ni bien termina de leerlos, aunque mucho no entiende sobre la información que le envían. “Yo me doy cuenta que no hablan bonito de Cristina Fernández y no se los reenvío a nadie, pero me gusta recibirlos”, dice. La situación le genera adrenalina y parece disfrutarlo. Es su forma de transgredir, su manera de sentirse un poco más libre.

“Cuando los cubanos llegan a Miami o a otro lugar se dan cuenta que la cosa no es tan fácil, que en Cuba se estaba mejor. Muchos quieren volver, pero ya no pueden y se arrepienten toda la vida”, dice Elías, un hombre de unos 35 años de la tranquila, antigua y hermosa ciudad de Cienfuegos, casi en el centro de la isla. Para el Estado, no hay peor traición que escaparse. No permitamos que los traidores visiten después el país para exhibir los lujos obtenidos con la infamia”, escribió Fidel Castro luego de que un par de deportistas (los boxeadores Erislandy Lara y Guillermo Rigondeaux, que este año se convirtió en campeón mundial de la AMB) se quedaran en Brasil, tras los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro 2007.

Pero la cuestión patriótica y de lealtad parece ser menos fuerte que los sueños de partir para una gran mayoría. Sueñan con la hora de que el mundo, que sólo conocen por libros, la televisión o lo que les dicen los turistas, se abra para ellos. Sueñan con un país más libre, sin perder las esperanzas y las ganas de vivir. Sueñan con la isla del seremos.

(#) Todas las fotos son de Crónicas de calle, que lamenta que su autor sea tan mal fotógrafo.



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  1. Mare

    Muy buena la crónica y lo escrito por Ernesto, aunque con un poco de intención se podría mejorar tu situación como fotógrafo (y también así podrías mejorar tu relación con la tecnología).


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