Cuba, la isla del fuimos y del seremos (parte III)

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“Hay constancias de ciertas fijezas, razones y pasiones para ser. Hay constancias del ser que viene en unos y en otros y se da del pecho al pecho sin engaños. Sabiendo, entonces, que ahora, aquí, también el tiempo nos tiende una broma pesada y la vida sufre lo que viene de toda mala jugada; quedándonos sólo esta mala pasada como la mancha de sombra que nos queda luego de una tamaña puñalada por la espalda: ante mí se impone ser claro y tajante a la hora de asumir mis encuentros con un aire de verdadero entusiasmo por la vida, de un modo en ningún sentido manoseado”.

Ernesto Canteli, La Habana

Mirta se toma la cabeza con las dos manos y llora,  sentada en una silla desgastada con la que todos los días se sienta a ver las novelas brasileras y argentinas que transmite la televisión cubana. “Ay…Dios mío… nada ha cambiado, nada ha cambiado”. Trabajó toda su vida como voluntaria para el partido Comunista. Luchó y soñó con un país mejor que nunca llegó. Tenía seis cuando la Revolución tomó el poder, en 1959. Sufre porque no ve a su hijo hace diez años, cuando partió a Miami en busca de más oportunidades laborales y crecimiento económico. Yovani salió sorteado en la Visa de la Diversidad, una tarjeta verde de residencia permanente que entrega el gobierno de los Estados Unidos. Mirta, de 70, vive con su mamá, de 90, con el dolor de pasar los últimos años de su vida sin su hijo y sus nietos, que nunca conoció. Entre las lágrimas, respira, mira al cielo y dice, mientras esboza una sonrisa apenas reconocible: “Son hermosos mis nietitos. Ramiro, de ocho, y Yoel, de seis”. Saca la foto de uno de los muebles del living y la muestra con orgullo.

Cuba es el país de las contradicciones. De los grandes logros y las grandes derrotas. Es un reloj detenido que no avanza. Es un país pobre de un pueblo noble. Es un país digno, donde los chicos se preocupan por ir al colegio y divertirse. Cuba es el museo más grande del mundo. Es el país del orgullo, de la pena y la testarudez. Es el país de las distancias inalcanzables. Es el país en el que el dinero significa todo y nada a la vez. Es el país del fuimos (“Fuimos como Las Vegas”, “A principios de la Revolución fuimos un gran país”, “Fuimos los primeros en Latinoamérica en traer la televisión”) y del seremos (“Hay que ajustar un par de cosas para mejorar”, “Hay que permitir que la gente pueda salir para que vean lo que hay afuera”, “Hay que seguir en este camino”).

A pocas cuadras del centro de la ciudad de Santa Clara, a unos 280 kilómetros de La Habana, el tren que el Che Guevara tomó, el 29 de noviembre de 1958, para luego hacerse de la ciudad, es uno de los puntos que convoca a más turistas. Una mujer de unos 30 años camina de la mano con quien parece ser su hija, de ocho o nueve. Juntos suben a uno de los vagones del tren, donde hay fotos del grupo que comandaba el Che poco después de tomar la ciudad. La nena carga una mochila y tiene puesto el uniforme del colegio. Son cubanos. “¿Ves, hija? Estos son los revolucionarios, son los buenos”, le dice. “¿El Che es bueno, mami?”, le pregunta. “Sí, es muy bueno”, termina de responderle.

La historia del país se explica para los cubanos entre malos y buenos, como si se tratara de una película para chicos en la que rápidamente debe distinguirse entre héroes y villanos. El capitalismo es malo, el comunismo es bueno. Cuba es buena, Estados Unidos es malo. Fidel Castro es bueno, Fulgencio Batista no. Y así, las dicotomías se plantean en cada esquina, en cada pared pintada con propaganda, en los colegios, en cada persona con la que se habla.

Elías tiene 38 años y vive en una de las ciudades más tranquilas y apacibles del país, Cienfuegos. En el 2004 hospedó a un estudiante de medicina de Ecuador con el que terminaron siendo amigos. Cuando el ecuatoriano volvió a su país, en el 2006, le envió una carta de invitación para que fuera a visitarlo, pero en ese momento no tenía dinero para viajar. Cuando finalmente consiguió una suma para irse, la carta de invitación había vencido. Paciente, se mantiene a la espera de otra oportunidad.

“Hay valores de la Revolución que no deben perderse nunca, como la salud, la educación y el bienestar social, pero hay que cambiar muchas otras cosas”, dice en la terraza de su coqueta casa, mientras Yadila, su hija de tres años, camina para un lado y otro, mira con atención, habla con el chupete en la boca y pregunta sobre todo lo que escucha: “¿La Revolución es buena, papi?”. “Sí, es buena, Yadi”, le responde. Elías dice que conoce a muchos cubanos que abandonaron el país y luego se arrepintieron. Estudió hasta cuarto año de ingeniería naval y piensa al país desde todos los aspectos: político, social y económico. “Ya no es posible que un médico o un ingeniero cobre lo mismo que un obrero. Aquí hay más ingenieros que obreros y eso es un problema. Es hora de que se empiece a pagar por calificación”, dice. Él, que mantiene un buen negocio por hospedar gente en su casa, también quiere comodidades que siente que ganó a fuerza de capacidad y trabajo.

¿Cuáles son las necesidades? La revalorización de los sueldos (lo que se paga, unos 25 dólares mensuales, no alcanza para nada y lo que entrega el Estado en alimentos no es suficiente ni para una semana), libertad para salir del país (sólo se puede por invitación de alguien que esté afuera o por trabajo, bajo la aprobación del gobierno) y que haya una mejora en los suministros de productos (un día falta la harina, otro el aceite, otro la manteca, etc). Pero, principalmente, que se mejore la calidad de vida. Aunque siempre va a haber una escuela y un hospital en buenas condiciones para recibirlos, los cubanos parecen cansados de los malos transportes, de la imposibilidad de acceder a computadoras, televisores de buena calidad, zapatillas para hacer deporte, etc. La gran y más importante escasez es, por supuesto, la libertad.

“Si aquí protestas contra Fidel, los vecinos saldrán con palos, te pegarán y te gritarán gusano”, dice Elías. Se trata, según él, de un pueblo orgulloso de su líder. Él también admite su admiración por Castro, aunque reconoce con amargura que le gustaría saber muchas cosas que se mantienen en silencio. “Nunca se supo nada de su vida privada. Todo lo que sé es por la televisión estadounidense”, dice. Es la isla de las contradicciones. Los cubanos se las arreglan para ver canales “del enemigo” para enterarse de cosas que en su país están vedadas.

“Fidel vive en una casa humilde, en Santiago de Cuba”.  “Tiene una mansión de cuatro pisos, llenas de lujos y riquezas”. “Por seguridad, no tiene vecinos y toda la manzana de su casa le pertenece”. “Nadie sabe dónde vive”. “Se cambia todo el tiempo de casa por cuestiones de seguridad”. En Cuba no hay información directa y mucho se esconde, también se inventa.

(#) La primera foto pertence a www.traveladventures.org y la segunda a jaquesmaudyphotography.com.



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