Lo que no quiere y lo que quiere Bob Dylan

La chica, de unos 27 años, saca la cámara de la cartera, desesperada por captar el momento. Suena Leopard-Skin Pill-Box Hat pero ella no le presta demasiada atención a la música ni a los artistas en el escenario. Filma y mira todo lo que pasa a través de la cámara. Pero, de pronto, ya no puede ver. Se le cierran los ojos mientras recibe una fuerte luz verde en los ojos que la apunta sin cesar como si hubiera cometido un grave crimen. El fino y llamativo hilo verde cruza todo el Teatro Gran Rex y parece tener forma de amenaza: “Bob Dylan no quiere que lo filmes, tampoco que le saques fotos”.

Bob Dylan no quiere muchas cosas. No quiere que haya fotógrafos en sus espectáculos. No quiere dar notas, tampoco hablar con periodistas. No quiere que se sepa en qué hotel se aloja ni tener contacto directo con sus fanáticos. No quiere mirar al público ni saludarlo. No quiere fuegos artificiales ni enormes pantallas de video. No quiere hacer elogios a la Argentina ni conceder saludos forzados.

Faltan quince minutos para el segundo de los cuatro shows en la Argentina y un vendedor ambulante comienza a poner unas tazas blancas con la cara del artista estadounidense sobre una manta, al lado de un puesto de diarios, sobre la avenida Corrientes. Sabe que está tarde y se apura en sacar los productos de una caja de cartón. Pero nadie mira las tazas. Tampoco las remeras que se venden dentro del teatro, a cien pesos. Bob Dylan no tiene marketing. No quiere marketing.

A Bob Dylan no le interesa que la gente que lo va a ver coree sus canciones ni que aplauda mientras toca. Cambia el ritmo, los tonos y hasta el orden de las letras. Desconcierta, atrae, seduce. No quiere tocar la misma canción tantos años seguidos. La reinventa, se reinventa. No quiere aburrirse ni aburrir al público.

Bob Dylan no pretende ser distinto, simplemente lo es. No quiere ser clásico ni moderno, es las dos cosas a la vez. No quiere grandes ovaciones. Toca, se queda unos segundos frente al público, un par de metros delante de sus músicos, y se va. No quiere enamorar, pero lo hace. Los jóvenes se sorprenden por ver al artista-leyenda. Los grandes se emocionan porque sienten que las canciones que escuchaban en vinilo se mantienen vivas, pero de otra manera.

Bob Dylan quiere tocar la guitarra. Caminar al teclado con paso lento mientras se toca parte del pelo que no cubre su sombrero y desquitarse en algún solo con su legendaria armónica. Quiere sentirse joven en un cuerpo viejo. Quiere mover los piecitos para un lado y otro, sin despegarse del piso. Quiere darles indicaciones a sus músicos, cambiar, innovar, ser. Quiere cantar como puede, con la voz rasposa como si tuviera clavada una espada en la garganta. Quiere ser feliz sin pretender que alguien lo sea  con su música.  Bob Dylan sólo quiere tocar.



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  1. Anonymous

    La tuve que volver a leer. Me encantó la verdad. Una gran descripción de este indescifrable y enigmático enorme de la música y poesía!


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