Cuba vive otra revolución: los gritos de gol reemplazaron a los del home run

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Agarra la pelota con confianza y la mira con seriedad, como si estuviera a punto de iniciar un enorme desafío. Tiene unos doce años y lleva puesta la camiseta del Barcelona con la 10 de Messi. Es su turno de hacer jueguitos: derecha, derecha, cabeza y la pelota cae al piso. Con él hay otros cuatro chicos de su edad que forman una ronda y resoplan por el fracaso de su amigo.

Ahora le toca al que tiene la camiseta del Real Madrid. Es zurdo: izquierda, rodilla, izquierda, rodilla y al piso. No le va mucho mejor. Pero que no sean del todo buenos no parece importarles demasiado. Disfrutan, ríen, insultan, intentan superarse. Juegan al fútbol de todas las maneras posibles hasta que no se ven ni a ellos mismos por la oscuridad de la noche.

Al lado hay otro grupo que hace lo mismo y, más atrás, otro. El lugar de la escena no es un potrero de Buenos Aires ni algún campito del interior de la Argentina, sino en La Habana, Cuba. Es una plaza cercana al famoso malecón, a pocos metros del Museo de la Revolución, donde se exhibe, entre otras cosas, el yate Granma con el que Fidel Castro y otros 81 revolucionarios llegaron a la isla en 1956 para tomar el poder tres años más tarde.

La secuencia del grupo de chicos se repite en cada rincón del país. Aunque el béisbol es el deporte nacional y aún cuenta con muchos seguidores, los bates, guantes y gritos de home runque hasta hace no más de diez años se veían y escuchaban en cada plaza y esquina, perdieron terreno de manera vertiginosa y sin aviso por el fútbol. En Cuba se vive la otra revolución.

El sitio web de la emisora cubana Radio Coco publicó el 18 de abril de 2011 una encuesta entre 2000 personas, que debían elegir qué evento deportivo les interesaba más.

Los resultados fueron contundentes: un 45,7% prefirió un clásico entre Real Madrid y Barcelona, un 25,2% un partido de béisbol entre Estados Unidos y Cuba y un 13,6% un choque de las selecciones de fútbol de la Argentina y Brasil.

El resto de los votos se repartió en el béisbol: un partido entre Industriales (el equipo de La Habana con más popularidad del país) y Santiago de Cuba, un cruce entre Cuba y Japón en el Mundial y la final de la Serie provincial.

Ernesto abre bien los ojos y escucha con atención. Tiene 25 años, es profesor de educación física y vive en Baracoa, un pueblo que vive del café y del cacao en la provincia oriental de Guantánamo. Un turista español le habla sobre el famoso primer contrato que Carlos Rexach redactó en una servilleta para asegurarse el pase de Lionel Messi, que en ese momento tenía doce años.

Cuando termina el relato, le pide que lo repita y, esta vez, lo anota. Al final, sonríe y dice: “Es increíble esa anécdota, se lo voy a contar a todo el mundo. No van a poder creer esta historia. Sí, muchacho, voy a ser bastante popular por un tiempo”.

Ante el limitado acceso a Internet y la dificultad para llegar a la información, el relato de los turistas es fundamental para que los cubanos aprendan cosas nuevas sobre el fútbol.

Por momentos, la situación parece representar una radiografía de lo que pasa en el país: una generación, los de más de 45 años, que defiende los valores antiguos, realza la tradición del béisbol y no quiere saber nada con cambios o fugaces apariciones de otros deportes.

Los de menos de 30, se desviven por ver lo que pasa en el mundo y revientan los bares o se juntan en las casas de algún amigo cada vez que transmiten un partido de la Liga de España. Compran la camiseta de su jugador favorito en el mercado clandestino y la lucen todo el día, en cualquier situación. Se interesan por saber cuánto dinero ganan los jugadores profesionales que compiten en España, Italia o la Argentina. Son historias del presente que bien podrían tener un significado para el futuro del país: las prioridades de los jóvenes están puestas en cosas que antes no figuraban en el panorama.

“Si Messi y Cristiano Ronaldo se han colado en el lugar más recóndito e ignoto de este mundo, ¿por qué no lo iban a hacer en Cuba? Cuba es un país distinto en muchos aspectos, pero no tanto como para que no se cuele el fútbol “en HD” que se promulga hoy en el mundo. Es un fenómeno mundial el fútbol, que ha alcanzado cotas inimaginables de rating con el fútbol “champagne” de Barcelona”, dice Juan Manuel Álvarez,  Ingeniero en Ciencias Informáticas de 24 años.

Las causas por las que el fútbol tomó vuelo son muchas, pero no más que los motivos por los que el beisbol, o la pelota, como le dicen en Cuba, perdió fuerza. Las proezas de históricos jugadores, como Orestes Kindelan Olivares (el Tambor Mayor) o Luis Giraldo Casanova (el Señor Pelotero), de las décadas del 70 y 80, se recuerdan como leyendas únicas que no volverán a igualarse. El nivel de la liga local, de 16 equipos que representan a las ciudades más importantes, perdió prestigio y ya no quedan grandes figuras. La fuga de más de 300 jugadores a otros países dejó heridas que todavía no sanaron.

“La ausencia de estrellas en el beisbol hace que los chicos busquen sus ídolos en Messi, Ronaldo y Xavi”, dice René Morales, empleado público de 25 años y fanático del fútbol.

La historia de Orlando El Duque Hernández es quizás la más emblemática de los casi 300 beisbolistas que abandonaron la isla. Ganó la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 y fue campeón en dos oportunidades de la Serie Nacional con Industriales. En la Nochebuena de 1997 se escapó en una balsa a Bahamas y luego, mediante una petición de asilo en Costa Rica, consiguió una visa para ir a Estados Unidos. Con dolor, dejó el país que amaba, cansado de las precariedades (viajes de 14 horas en ómnibus sin aire acondicionado, comida o música) pero, principalmente, de la imposibilidad de tener ambiciones, de crecer. Es el único cubano que consiguió cuatro veces la Serie Mundial (tres veces con los New York Yankees y una con los Chicago White Sox). En el 2011 se retiró de la actividad, a los 45 años. Actualmente entrena un equipo de juveniles en Miami. A su país, por ahora, no podrá volver. “El atleta cubano que abandona su delegación es como el soldado que abandona a sus compañeros en medio del combate. No permitamos jamás que los traidores visiten después el país para exhibir los lujos obtenidos con la infamia”, dijo Fidel Castro durante los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro 2007, cuando los boxeadores Erislandy Lara y Guillermo Rigondeaux, actual campeón mundial profesional de la categoría supergallo de la AMB, desertaron y se quedaron en Brasil.

“El increíble avance del fútbol se presenta en Cuba, pero también en muchos otros países de larga tradición en el béisbol, como Nicaragua, Panamá y Venezuela. Se trata de un fenómeno mediático. Aunque el béisbol no dejará de ser nunca el deporte nacional, la juventud cubana y universitaria se prendió mucho al juego de la pelota. Es casi una religión”, dice Renier González, periodista cubano y fundador de Gol, el programa televisivo de fútbol más popular del país. González admite que en Cuba muchas veces se presenta el tema de manera antagónica, como dos formas de ser diferentes e irreconciliables. Dos deportes que no pueden convivir: fútbol vs. béisbol.

“Viva el fútbol.  La revolución del fútbol siempre ha existido. Las barreras a visualizarlo por encima del beisbol y a acrecentarse esta opinión de superioridad pasional desde el gobierno hacia el pueblo, también”, dice Javier Ernesto, un estudiante universitario.

Disfrutar con el fútbol no requiere mayores gastos. Basta con una pelota. Jugar al béisbol es más difícil. A la necesidad de contar con, por lo menos, tres jugadores, se suman los enormes costos: un bate cuesta 42 CUC (unos 30 euros) y un guante, 9 CUC (6,50 euros).

La cifra representa dos sueldos completos de cualquier trabajador (el salario de los cubanos es de unos 25 CUC mensuales). En el béisbol callejero, los palos de escoba, desgastados e inutilizables, suelen funcionar como bates y las tapas de botellas de gaseosas como pelotas.

No cuesta reconocer que los cubanos llevan en la sangre el ritmo de la salsa. Bailan en cada esquina, generan música con cualquier elemento y lo disfrutan con una naturalidad y espontaneidad únicas. Pero todo el talento y la destreza que poseen en el baile no parecen tenerla en el fútbol. Con la número cinco, la historia es otra.

La liga local tiene un nivel bajísimo, con 16 equipos divididos en dos categorías con un sistema de partidos ida y vuelta y playoffs poco atractivo. Los estadios, con varias deficiencias, no tienen capacidad para más de 15 mil personas y nunca se llenan.

“El nivel es muy bajo. La imposibilidad de que sea un deporte profesional, cuando en el resto del mundo sobra el dinero y las condiciones, y la falta de roce internacional perjudican mucho”, agrega el periodista González. El calendario del campeonato nacional, de no más de cuatro meses (el resto del año se dedican a entrenar en centros deportivos), no se publica y la difusión de los resultados es prácticamente nula.

Aunque hay unos diez mil jugadores federados, entre los de primera y los juveniles, y la cifra va en aumento, hay factores negativos que aún no mejoraron: los campos de juego, duros y con poco pasto, también complican la práctica.

Para muchos cubanos, el bajo nivel del fútbol es una cuestión dolorosa porque admiten que les será difícil destacarse ante circunstancias repletas de dificultades. Sufren, porque por ahora no pueden jugar de igual a igual ante otros países, aunque también sueñan. Y cuando los chicos que en la plaza de La Habana no podían hacer más de cinco o seis jueguitos escuchan los relatos de algún turista futbolero o ven a Messi por la televisión, renuevan las esperanzas de ser mejores. “Algún día voy a jugar como él”, piensan. Y vuelven a ilusionarse.

(#) En la primera foto, de Calixto N. Llanes, unos jóvenes cubanos juegan al fútbol en La Habana. En la segunda, de Crónicas de calle, un grupo de gente mira el partido entre Real Madrid y Villareal, por la Liga de España. En el video, un partido de beisbol en plena calle, en Santiago de Cuba.

(#) Esta nota, con algunos menos testimonios, fue publicada en el diario La Nación.



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